"Llega un día en que ya no pasa el tiempo", Louis Aragon.
Hubo una vez una personita (de esos hombres que no quieren definirse, ni siquiera por oposición) que vivía feliz debajo de su seta. Transcurrían las noches, y las plantas trepadoras se contaban por miles, como las mujeres. El almíbar resbaló por entre mis pezuñas, y fue ese momento de lucidez el que me sirvió para saber que soy eunuco.
Soy eunuco. Paso por los bares como un viento indescriptible que no tiene molino para ser aprovechado por quijote alguno. Mi madre fue un topo en celo fornicador de vegetales, y por eso mi cerebro es la ablación de alguna virgen que no llegó a nacer, porque siempre la injusticia toma carta de ciudadanía. Hablar de política no me estremece, ya.
Sé que hay una palabra no pronunciada, la que me llevará al infierno si en el momento preciso alguien se acuerda de que tengo cuerpo.
Hay hoy hen mi hatillo cien hincomprensiones, hun hiato de hamor que sigo buscando en las cloacas.
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