Un día cualquiera en tu ciudad. Como de costumbre, vuelves de clase a comer a casa. Piensas en tus cosas, vas andando automáticamente, sin ver por dónde pisas, pero no importa. Vas pasando por todo tu barrio, y al doblar la esquina, donde tendría que estar tu casa lo que hay es un edificio en construcción, bastante avanzado. Te ríes y piensas: «¡Vaya! Me he equivocado».
Entonces miras a tu alrededor, para ver si reconoces las casas y orientarte, y te encuentras allí aquello, frío, inmóvil, aterrador: es la placa en la que pone el nombre de la calle. Pestañeas, pero da igual, el nombre no cambia: es el nombre de tu calle.
Ya no te ríes, ahora miras nerviosamente los edificios y reconoces lo de siempre: los edificios que hay alrededor de tu casa. Vuelves a mirar al lugar donde debería estar tu casa y allí está ese edificio, al que le faltarán poco más de seis meses para estar terminado. Te pellizcas para despertarte, pero no. Estás despierto. Muy despierto.
En ese momento sale un albañil y te dice: «¿Qué pasa, chaval? ¿No tienes nada mejor que hacer que mirar a los que trabajan?».
Tú no reaccionas. Querrías contarle toda tu historia, para que te ayudase; se te ocurre que podrías estar en otra ciudad. Sí, es cierto. Has oído casos de gente que de repente estaba en otra ciudad, o en otro país. Y le preguntas al obrero: «Oiga, ¿en qué ciudad estamos?».
Esperas su respuesta. Pero no te responde; se agacha y te tira un ladrillo a la vez que dice: «¡Malnacido!».
Tú intentas retirarte, pero te da en un pie. .
Te vas cojeando, con los libros en la mano, pero cuando has andado un poco, piensas: «¿Dónde vas, chaval?».
Te acuerdas de que no tienes familiares en la ciudad, nada más que tus padres. Piensas en llamar al sitio donde trabaja tu padre, pero no tienes ni un duro. Así que decides ir a casa de algún amigo a pedirle dinero.
En tu misma calle, un par de manzanas más arriba, vive uno. Subes, llamas y aparece en la puerta una señora mayor. «¡Qué raro!», piensas IF vive solo ".
Preguntas a la señora por él y no le conoce. Amablemente te despides y te vas.
Decides ir al sitio donde trabaja tu padre, a ver qué pasa. Pero allí no le conocen. Ya no sabes qué hacer. Tienes hambre. Vas paseando y se te ocurre algo.
Creyendo que has encontrado la solución, te diriges alegremente al censo. Allí preguntas por tu nombre como si fuera el de otra persona, y te dice el policía: «Aquí no aparece nadie que se llame así».
Y te vas.
Ahora te das cuenta: es tu gran oportunidad. Llevas años esperando, años en los que estás harto de monotonía. Necesitas empezar una vida nueva; has estado mucho tiempo pensando cómo lo harías: ahora tienes tu oportunidad.
Nerviosamente te palpas los bolsillos. Pero no. No tienes tu documento de identidad. ¿Qué vas a hacer? ¿Cómo vas a salir de ésta?
Una tras otra, todas tus esperanzas se van disipando. A medida que paseas piensas algo nuevo para salir de la pesadilla. Cuando te quieres dar cuenta, ya es de noche. No sabes dónde dormir. Decides irte a una boca del metro, y allí pasar la noche. Mañana por la mañana pensarás de otra forma: encontrarás la solución, seguro. Con esta esperanza, te duermes.
...
Cuando despiertas, estás en la cama de tu casa. Respiras tranquilamente, todo ha sido una pesadilla. Te incorporas en la cama, y vas a ir a contárselo a tus padres alegremente. Te intentas poner de pie, pero no puedes. Un dolor agudo te lo impide. Miras hacia el suelo y ves en tu pie derecho una herida.
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