25.2.13

EL SABOR DEL TRIUNFO

Salió de la casa con aquel único objetivo, pero sin decírselo a nadie de la familia porque sabía que si les iba a interrogar la policìa tendrían que decir dónde había ido.
Nervioso pero con paso firme iba pasando por calles y plazas ni muy deprisa ni muy despacio, a un paso normal, intentando no dejar traslucir su nerviosismo. Le habían informado de dónde podía encontrar la mercancía que ahora iba a recoger, y no había esperado más de dos días para ir a por ella. El deseo era más grande que la prohibición o el temor a ser descubierto portando esa peligrosa mercancía. La verdad es que nadie sabía por qué en una sociedad tan liberal como la que había en el país se seguía prohibiendo tanto el tráfico como el consumo de ese producto que por otra parte no era demasiado peligroso, aunque ¡eso sí! creaba adicción, y su consumo frecuente podía tener consecuencias que nadie deseaba. Incluso si alguien lo consumía con demasiada frecuencia podía convertirse en un peligro para los demás (porque el precio era muy elevado y cambiaba los hábitos del consumidor habitual).
Claro que también podría pensarse que era prohibido para que se disfrutara de él en menos ocasiones pero más profundamente, añadiéndole así al sabor particular que de por sí tenía, el sabor de la clandestinidad, de lo peligroso, lo proscrito. La verdad es que aquello ¡para qué negarlo! era un manjar de dioses, y así lo afirmaba quien lo había probado.
Pero no hablemos ya del delito de su elaboración, que suponía la privación de la libertad para siempre; sí, parecería mentira pero las penas relativamente menores que suponía la distribución, la compra o el consumo, llegaban a la cadena perpetua en el caso de la elaboración.
Por ello cuando de tanto en tanto aparecía en los medios de comunicación la noticia de la captura de una planta de elaboración, las reacciones se interiorizaban.
La mayoría de los que decían algo al respecto era para condenar a los "fabricantes" por su labor ilegal. Pero los que interiorizaban su postura, en la mayoría de los casos apoyaban secretamente esa labor de los "fabricantes" aunque no fueran consumidores porque consideraban injusto que alguien con un trabajo como otro cualquiera fuera sancionado a tan gran escala sólo porque aquello estaba prohibido. No hacían daño a nadie, en todo caso el perjudicado era el consumidor, pero ya sabía a lo que se arriesgaba. En fin, que nadie le había pedido opinión a la gente antes de prohibir algo que a todas luces era innecesario prohibir. Pero quien dijera esto podía ser acusado de consumidor, y las leyes del país, que en otros aspectos eran tan tolerantes, en éste eran inflexibles. No había vuelta de hoja, la situación seguiría así indefinitamente porque nadie se atrevía a ponerle el cascabel al gato, y, es más, nadie se atrevería.
Siguió andando y poco a poco se adentró en el barrio con peor fama de la ciudad. En su garganta se unía ese sabor aún no degustado con el de lo prohibido, dando como producto un estado de ansiedad que pocas veces se experimenta y que resulta a la vez tan extraña y tan familiar. Penetró en una calle de mala muerte, que por las noches debía de ser intransitable, y en un portal que estaba cerca del final de la calle, que no tenía salida, entró mirando hacia atrás, como para asegurarse de que nadie le seguía. Y verdaderamente nadie lo hacía, porque nadie sabía dónde iba.
Bajó unos cuantos escalones y llegó a un pasillo tan oscuro que más bien parecía tétrico. Se preguntó si hacían falta tantas precauciones y enseguida recordó las mazmorras horribles que poseía la policía. Dio dos golpes fuertes en la puerta que tenía frente a él, esperó un poco y dio tres más flojos.
No obtuvo respuesta; no obstante, no insistió, sino que esperó allí, de pie en la oscuridad, frente a la puerta, hasta que oyó ruido dentro. Iba a golpear la puerta otra vez cuando se oyó una voz procedente del interior:
-¿Quién es?
-Vengo a cobrar la luz- contestó.
-Vuelva mañana, aquí hay un enfermo.
-¿Qué tiene?
-¿Es también médico usted?
-Sí, por supuesto.
Se oyeron ruidos de cerrojos moviéndose y más tarde de una cerradura. La puerta se entreabrió.
-¿Qué quiere usted?
-Ayer dejé aquí mi sombrero.
-¿Sólo uno?
-Sí.
Sacó un fajo de billetes del bolsillo del abrigo y se lo entregó a la mujer, que estaba en el umbral de la puerta, expectante.
La mujer hizo un movimiento rápido dentro de la casa y sostuvo un pequeño paquete en la mano ante el visitante. El lo cogió rápidamente, como intentando esconderlo.
-¿Va a llevarlo así?
Entonces el se dio cuenta de que no había caído en ello.
-¡Qué remedio!
Con otro movimiento, la mujer sacó de la casa un maletín y se lo dio. El lo abrió, guardó el paquete y lo volvió a cerrar.
-¡Muchas gracias!
Casi no le dio tiempo a decirlo porque la mujer ya estaba cerrando la puerta. Según subía las escaleras oyó de nuevo los ruidos de los cerrojos.
Ya en la calle, intentó salir cuanto antes del callejón, y siguió presuroso devorando baldosas bajo sus pies. Después se dio cuenta de que si iba demasiado deprisa se podían percatar de que huía, de que era un fugitivo, así que aminoró un poco el paso.
El tiempo que tardó en llegar a su casa le pareció interminable, y todos los policías que veía por el camino le daba la sensación de que se fijaban en él y que le iban a parar en cualquier momento, pero a pesar de ello no perdió la serenidad.
Y por fin llegó a su casa. Merecía la pena aquel "manjar", aunque hubiera pasado tantos malos tragos para conseguirlo. Todavía no estaba a salvo, ya que en cualquier momento la policía podía presentarse en su casa. A pesar de ello, lanzó un suspiro cuando cerró la puerta tras de sí.
-¿Dónde has estado?- le preguntó su madre.
-De compras. Ahora vas a disfrutar verdaderamente de la vida- contestó él.
-¡Qué dices!- exclamó su madre mientras se abalanzaba sobre el maletín, que él ya estaba abriendo.
Y allí, solitario en medio del maletín, estaba el paquetito que llevaba tras de sí ansiedad, tristeza, gozo y calamidades.
Enseguida lo reconoció su madre por el olor.
-¿Es "eso"?
-Sí. Verás, verás.
-Te has arriesgado mucho.
-Merece la pena.
-¿Lo has probado ya?
-No, pero lo intuyo.
Muy nervioso, desenvolvió el paquetito y ambos se apresuraron a consumirlo a dúo, sin trabas de ningún tipo.
Disfrutando cada gramo, cada molécula de aquello, ambos supieron que la vida encerraba un placer más de los que cualquiera podía disfrutar normalmente. En silencio ambos degustaron aquel manjar sin cohibirse, y cuando terminaron con todo lo que tenían, todavía con el especial sabor de lo que habían tenido momentos antes entre sus manos, con el peculiar olor en el ambiente, se arrellanaron en el sofá y terminaron de saborear el "manjar de dioses".
Tras ello, él reflexionó aún sobre la prohibición de los pasteles debido a su peligrosidad metabólica.

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