25.2.13

TENGO UN TESORO ESCONDIDO

Tengo un tesoro escondido. Y algunas veces se lo digo. Él sonríe, entonces tengo un tesoro sonriente. Es el amor. La prueba de que muy poco basta para conseguir la felicidad. Ambos sabemos que nunca se va a acabar, porque todo está bien así. Yo le doy cuanto necesita para cubrir sus necesidades materiales y nos complementamos para todo lo demás.

Antes todo era difícil: nos veíamos escasamente un par de veces a la semana, porque vivíamos en diferentes ciudades y su familia se oponía a nuestra relación. Sobre todo su madre, y eso que no me conocía: sólo me había visto una vez, sin saber que se trataba de mí. Pero era absorbente, le quería sólo para ella y él pretendía compartir su corazón. Al fin, no tuvo más remedio que elegir y se vino a vivir conmigo. Cuando rompió con su familia definitivamente, supe que nuestro futuro sería dichoso. Les dijo: “No me busquéis. Ahora empieza realmente mi vida” y colgó. El beso inmediatamente posterior me supo a eternidad, pensé en un futuro juntos y solos. Únicamente un problema podría separarnos, era la sola razón por la cual algún día existirían diferencias entre nosotros, y yo lo sabía: su bisexualidad. Siempre habría algo que yo no podría darle, algo que sólo tiene el otro sexo, no el mío.

Por eso se quedó ciego. Ahora ya nada puede interponerse entre los dos. Afortunadamente mi trabajo lo realizo en casa y sólo salgo cuando debo enviarlo o hacer compras. Él no sale  nunca, aunque yo le insisto en que debería hacerlo, pero sabiendo que no cambiará de opinión. Dice: “Todo lo que necesito lo tengo aquí, a tu lado. Juntos somos felices, no quiero nada más”. Al oír eso, yo sé que se ha esfumado el peligro de ese otro sexo que no tengo, y él también lo sabe.

Durante mucho tiempo pensé una solución para ambos y esta fue la única. Puede parecer cruel, sin embargo nos condena por igual. Sólo yo podía dar ese paso, tomar esa decisión. Al hacerlo asumí la carga de una vida, responsabilidad infinita.

Lo único que necesito son unas cuantas estratagemas y su inconsciente complicidad. El principio fue lo más difícil, pero estuve practicando mucho tiempo. Cuando él salía solo por ahí, yo aprovechaba y me recorría toda la casa con los ojos cerrados; afortunadamente siempre he tenido la costumbre de colocarlo todo en el mismo sitio y eso me ayudó mucho.

Aquel día me aseguré de que iba a dormir mucho más tiempo y lo preparé todo: aislé la habitación, inutilicé todas las luces e hice del resto de la casa una cámara oscura. Por eso al despertar, él gritó como un loco y yo fui corriendo a su lado, pero sin tropezar con nada. “No veo, me he quedado ciego”, era lo único que repetía. Le consolé durante mucho tiempo con mis palabras y él puso en mí toda su confianza. Él siempre ha sabido que quiero lo mejor para nosotros, por eso todo va bien, confía en mí.

Después, sólo fue necesario ir cambiando las costumbres: yo le guiaba al baño de la mano y accionaba el interruptor como si para mí todo fuese normal. No sabía el pobre que también compartimos la oscuridad, pero mis ensayos habían sido un éxito. Nunca entra en la cocina, pues es peligroso y él lo sabe (pero ¿quién podría cocinar sin luz? ¿se ha inventado un fuego negro?); también le tengo prohibida la habitación donde trabajo, es mi reducto. El resto de la casa es oscura para ambos.

Todo esto fue al poco tiempo de haberse venido a vivir aquí, por eso no conocía a nadie en la ciudad. Otros detalles también me ayudaron, por ejemplo que él no fumara o no viese la televisión, a pesar de gustarle ante todo la casa. Sus dos grandes pasiones: la lectura y yo. Ahora tiene todo el día para las dos y es feliz. Somos felices. Aprendió en seguida el braille y yo le facilito cuanto quiere, incluso alguna vez he memorizado un cuento para poder “leérselo”.

La cuestión de los médicos fue un poco más complicada, pero le dije: “Déjalo en mis manos. Yo me ocupo de todo”. Él ya me había dicho que todo dependía de mí y así fue. Me grabé las películas de ciegos con antelación y elegí los diálogos idóneos. Impotente desde su habitación, él escuchaba las conversaciones que yo mantenía con los doctores y todo fue sobre ruedas. Yo le mentía que sus revisiones era necesario hacerlas bajo anestesia y siempre fueron mis manos quienes monopolizaron su cuerpo. Más adelante preparé su salida de casa con un par de conocidos haciéndose pasar por enfermeros y
–por supuesto– vendándole los ojos. Hicimos un teatro de revisión clínica; al volver a casa me dijo: “No quiero volver a salir de aquí, prefiero nuestra guarida, este nido de amor, a cualquier otro lugar”. Yo le besé. Pasamos todos los días muchas horas haciendo el amor a oscuras, devorándonos en la negrura de una cueva que nos acerca a las raíces del ser humano; somos la esencia del paraíso, no tenemos ni necesitamos nada que no seamos nosotros.

“Tú” y “yo” son palabras que no tienen sexo, y en esta casa hay dos seres que se aman constantemente, sin ningún otro interés que no sea la felicidad mutua. Cuando esto acabe, nos suicidaremos juntos. Es el amor.

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