26.2.13

SOBRE EL SENTIDO DE LA EXISTENCIA HUMANA – C'EST LA VIE

Amanece un nuevo día. Un hombre, tumbado en la cama, meditabundo, mira a su alrededor: ve una habitación completamente vacía, sin adornos. Las cortinas blancas impiden que la luz del sol entre por completo. La cama, hecha con barrotes blancos, sostiene un colchón recubierto por sábanas también blancas.
El hombre comienza a pensar. Se pregunta ¿para qué? La existencia humana ¿para qué? Toda una vida de frustraciones, ilusiones, sacrificios, satisfacciones… Este mundo no tiene sentido. La vida es asquerosa.
Tú intentas ser feliz, pero ¿qué es la felicidad? ¿Las pequeñas sensaciones placenteras que preceden y suceden a las depresiones?
Y para conseguir la felicidad tienes que luchar largo tiempo, infinitamente, hasta que consigues eso que deseabas, y cuando lo tienes, enseguida se te va de las manos.
El trabajo, la música, los hijos, los estudios, el matrimonio, el tabaco, la familia, los libros, el sexo, el dinero, la religión, el fútbol, la política… ¡todo!, la vida, en fin, ¿para qué? ¿Qué ganamos con vivir? Nada. Es más, incluso perdemos. Perdemos la posibilidad de no haber sido desgraciados, porque vivir al fin y al cabo es una desgracia.
Tarde o temprano llega el momento de abandonar la vida, y entonces no nos queda nada de lo poco que hemos logrado mientras vivíamos. Pero no nos damos cuenta en ese instante crucial de esa realidad palpable, sino que nos aferramos a los gratos recuerdos (pocos) que tenemos de la vida para intentar con todas nuestras fuerzas seguir viviendo, para volver a sufrir y a luchar, para volver a perder una y otra vez la oportunidad de ser felices, pues la vida es como la historia del jugador que una y otra vez pierde, pero sigue apostando hasta que se le acaba el dinero.
Al fin y al cabo el hombre es como un muñeco tentetieso, que nace feliz y vertical, y a cada golpe de la vida pierde la verticalidad-felicidad, pero desde abajo, desde su posición infeliz y horizontal, piensa: "¡Ah, si hubiese logrado ponerme totalmente vertical sería feliz!". Y una y otra vez vuelve a intentarlo, y una y otra vez sale derrotado de la batalla, y no lo consigue, y si lo hace, la verticalidad-felicidad dura solamente un instante, una milésima de segundo, lo bastante como para que el muñeco tenga fuerzas para volver a intentar ser feliz, lo suficiente como para que el hombre recobre el aliento y tenga esperanzas de volver a estar vertical.
Pero llega un momento en el que ese hombre-muñeco no tiene fuerza física, aunque sí moral (el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra) para volver a intentarlo ¡otra vez! Y es en ese momento cuando el muñeco se deshincha y el hombre muere. Y en ese instante, cuando se está en la frontera vida-muerte, uno piensa que ha merecido la pena. Lo piensa porque es el único consuelo que le queda: la autosatisfacción mental. Pero también piensa, sólo un momento, y aunque nada más sea en su subconsciente, que si ahora mismo estuviese asistiendo a un parto, lo mejor que podría hacer por el ser que acaba de venir al "mundo", no sería precisamente darle unos azotitos, sino que lo mejor sería acabar con su vida.
Y ese pequeño, sano y fuerte, sería el único que podría decir: "Yo, durante toda mi existencia, fui completamente feliz".
Pero claro, si a ese niño se le pidiera opinión, diría: "No, yo prefiero vivir". Y la gente le daría la razón. Porque la gente piensa que después de esta vida hay otra más feliz, y el que no vive esta no tiene posibilidad de vivir la otra. ¿Y por qué lo piensa? Porque a la gente le conviene. Porque si no fuese así, la humanidad no existiría. Habría detonaciones continuas, cuerpos que caen al vacío, cuchillos que se hunden en los cuerpos, y, en fin, toda clase de suicidios.
¡Ah, la otra vida! ¡Cuántas conjeturas se hacen en torno a ella!
Si y sólo si hay dios que premia y castiga, entonces, entonces el premio es la nada y el castigo… ¡el castigo! El peor castigo que puede tener un ser humano, peor que el infierno, peor que la desaparición total, peor aún que toda una eternidad dando clases de Latín, ese castigo es la reencarnación continua e indefinida, morir y volver a nacer en un ciclo repetitivo y odioso, ¿quién se imagina a una persona inmoral, que cada vez que muere vuelve a nacer y no puede interrumpir esa cadena sin fin?
Es inimaginable. Es aterrador. Es monstruoso. Es… es ¡en fin! como la vida misma.

En ese momento se abrió la puerta de la habitación y entró una enfermera vestida de blanco, con una placa de plástico en la solapa que rezaba: "Hospital Psiquiátrico".

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