Era un solitario y era consciente de ello. Pero no envidiaba en absoluto a todas esas personas que vivían en la realidad y que decían que disfrutaban de la vida. ¡Qué va!
A él le bastaba sólo con imaginar, con crear en su imaginación algo que probablemente nunca se realizaría. Es más, lejos de envidiar a todas esas personas, las tenía lástima en el fondo, porque no sabían vivir. Para él sería imposible vivir como vivían todos ellos. No era su estilo. Aunque ellos se empeñaran en lo contrario, él sabía vivir mejor que los demás. Con sus creaciones imaginarias, no palpables pero reales allí donde importaba, en su imaginación.
Su trabajo era inacabable, porque a cada creación que realizaba sentía la necesidad de realizar otra, aún mejor, y así en una cadena interminable, infinita.
Pero claro, ese montón de creaciones, mientras aumentaba a cada instante, también disminuía, porque siempre había alguna creación imaginaria que se derrumbaba, no porque él quisiera, sino porque la situación impedía que se sostuviera en pie.
De todas formas, la destrucción de creaciones no suponía ningún problema. Es más, era una ventaja. De ella se aprendían formas de no volver a caer en los mismos errores. Además, siempre hubiera sido un trastorno tener demasiadas creaciones.
Pero siempre que se derrumbaba una creación, él sentía un poco de pena. Al fin y al cabo era algo que había hecho él, y su hundimiento debía suponer tristeza: esa creación al principio parecía algo grande, y después se hundía. Tarde o temprano pasaba con todas.
Él se preguntaba qué ocurriría el día que no hubiera una creación nueva para sustituir a la que se derrumbaba. Probablemente le tocaría vivir como los demás: ¡qué asco! Pero este pensamiento se veía contrarrestado por otro más fuerte aún: la esperanza de que un día una de sus creaciones en vez de ser hundida por la situación, fuera aumentada, que creciera como la espuma, que no tuviera fin: entonces ya no tendría sentido seguir haciendo creaciones, porque el objetivo de las creaciones era llegar a cuajar, y una creación imaginaria real llenaba el espacio de todas las creaciones imaginarias derrumbadas, por derrumbar o por crear.
Y mientras llegaba esa creación que no se derrumbase, que podía ser cualquiera de las creadas y podía llegar en cualquier momento, él no se desanimaba y seguía haciendo creaciones, cada una con más ilusión que la anterior, con más fuerza.
Podría pensarse que esto llegaba a ser un aburrimiento, pero no. él nunca se aburría, porque era su vida. Y era feliz esperando la felicidad. Podía estar en cualquier creación, por eso al tiempo que hacía una, contemplaba todas las que había hecho anteriormente, a ver si se derrumbaban.
Y su final, el de sus creaciones, el de su contemplación y el de todo lo que le rodeaba, llegó cuando una creación imaginaria se hizo real. Había esperado tanto ese momento que tuvo miedo, pero enseguida se lanzó a por ella, la cogió en sus manos y ambos desaparecieron, o mejor aún, no desaparecieron, sino que lo llenaron todo. Pero aquellos pobres hombres no se dieron cuenta, y siguieron viviendo a su manera. Era igual. Eran felices y lo serían ya para siempre. Lo demás y los demás no importaban. Sólo ellos tres: él, ella y la felicidad.
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