A Sonia, por imposible
Suave el suelo, el mundo parece de corcho bajo mis pies. Sube el fresco desde las plantas, pero he de ponerme las zapatillas y bajar a casa del vecino.
El timbre suena tras mi dedo y en la manga la literatura, como un as.
Es la madre, desde el umbral.
-¿Está Rafa?
-No. ¿Quieres algo para cuando vuelva?
-Sí, mejor. Le he estado buscando para darle esto -alargo el escrito, una nota.
Se vuelve. Su espalda es un túnel; al fondo del pasillo hay un impulso eléctrico: el deseo. Es la misma mujer con veinte años de distancia.
-¿Se lo das?
-¡Mamá, que estoy desnuda!
Veo en unos ojos sin importancia que no soy el pozo, peligro de virtudes sin importancia. Cuando los ojos cierran, mi prudencia ya se ha apartado de la educación de las puertas.
[La nostálgica sonrisa es un recuerdo en mi rostro: durante diez años fue una miniatura preciosa, aislada de tiempos y espacios. No crecía: era la realidad quien iba encogiendo a su paso.]
Sale ella al encuentro de la desaparición de su madre.
-Mira: Rafa y yo estuvimos hablando el otro día... es una narración sobre el tiempo, dijo que tenía interés...
-¿El tiempo? -la toma en sus manos. Baja la vista. Se relame.
EL PELO BAJO EL AGUA
Movimiento detenido sin sentido, tan solo el silencio de un reloj inmóvil.
Vivir fuera de la materia, vivir en el centro de la nada; significar vivir disfrazado, desnudo, escondido y agazapado.
-¿Sabes dónde puede estar ahora?
-Ni idea, a estas horas es difícil encontrarle.
Ser difícil no contaminarse de alrededores, mantener las ideas claras y sentir en la piel esa brisa del vacío. Pero él buscar el secreto del tiempo, no una máquina o la eterna juventud –meras quimeras- sino un misterio ancestral guardado en caja fuerte de hueso. Buscar combinación y poder abrir esa caja: la mente del dios mortal en cada uno.
...
-¿Cómo te va?
-Bien, ahora trabajo en el súper
-¡Ah!
mercado. ¿Y tú?
-Como siempre, nada...
La inmortalidad no existir y tampoco la muerte, si el tiempo desaparecer como secreto. La liberación del ser humano venir si alguien poder alzar en el extremo de su brazo ese jabón azul: él saliendo de la nada y gritar: “EUREKA”.
Tecnología chirriante y obsoleta, óxido de la mente que alguna vez servir de algo. ¿Dónde estar cuando minas, fábricas y astilleros sólo ser infortunios para asesinar o morir a manos de otros?
El cuadro se amplía. A mis espaldas se une José Manuel, hermano y vecino suyo. No es quien busco, pero su presencia facilita las cosas.
-Creo que tengo por aquí la nota que le iba a dar a Rafa...
Abre la libreta. En una hoja puede leerse: “NOTA”. Lo tacha y vuelve a escribir la misma palabra: “NOTA”.
-No hay problema, cuando le vea se lo recuerdo.
Gente aletargada mirando al monstruo salir de la caverna, ya sin sombras. Contagiando la luz, azul el día, azul el aire que él respirar hoy por primera vez tras su hallazgo.
El monstruo saliendo de un subterráneo con el tiempo entre las manos, buscando a la Humanidad para regalar el secreto: una bomba de relojería reluciente y atractiva; regalar el primer paso de un camino largo cuya meta ser uno mismo: socavar la realidad, estar prohibido.
Siempre ser delito abrir los ojos a los demás, terrorismo descubrir al mundo cómo poder cambiar las cosas. Ahora favorecer a quienes querer atar la humanidad a un reloj.
José Manuel saca un periódico, busca el reportaje. Ahí estamos, plantel de fantasmas en la ciénaga: mi hermano, mi primo y yo entre una maraña de carroñeros retratados en color. Casi admirable verme entre tanto espécimen importante. Me miran para asegurarse de que soy yo, el vecino.
-La quiero, ¿me la podéis conseguir? -digo señalando la foto.
-Sí, claro -dice José Manuel.
-También -dice ella.
Deseo, pasado, promesa, barba, momentos... vagones de este tren sin vida, el tiempo. Traqueteo inmóvil hacia una estación inexistente.
José Manuel desaparece como lo hizo su madre, como lo harán sus hijos: aún no los tiene.
Ella abandonó sus gafas en la niñez, se lo recuerdo.
-Sí, eran feísimas -ríe, canta, vuelo.
Me recuerda que yo dejé la barriga y la cara de pan de pueblo.
-Es cierto, parecía una albondiguilla -digo y ríe-¡Quién diría que eres tú! Es como si estuviera hablando conmigo de ti, entonces.
-¿Qué?
-Nada, un juego de personalidades.
-La ilusión colectiva es una energía cósmica que viene a parar aquí -se señala la nuca. -Por eso me gusta formar parte de ella.
-Tú y yo somos una colectividad, ¿sientes algo?
-Todavía no, falta la ilusión.
-Estar hablando es ilusionarse por el mensaje -miento con su complicidad.
-Pero hablar no es la mejor comunicación.
Brilla una chispa natural, crepitan sus ojos... o los míos y es el reflejo.
-Está también la de los gestos -comienzo a subir de espaldas la escalera.
-Es más gesto agarrar algo que utilizarlo -coge la barandilla con su mano libre.
-Utilizar es un poco como agarrar -sigo subiendo.
De dos saltos felinos, merodea, me rodea, está a mi espalda, me adelanta. Dice en mi nuca:
-Agarrar viene de garra, fiera -ríe.
Roto, me traslado alrededor del planeta de su cuerpo. Es la gravedad, gravitación.
-En mi jaula nunca se pone el sol -subo.
-Te pierdes el crepúsculo -toma mi mano. Ya no hay escaleras, el portal desaparece y no es una casa, sino un hotel cuyas paredes podrían arder en este instante, o en cualquier otro. Crece el deseo como los pináculos, acaricio su brazo, la escalera cambia, su falda se acorta. Ella, de un salto, me invita a un paisaje de curvas prohibidas: el vuelo de su falda es el vuelo de mis ojos hasta ese culito, precioso en el centro del Universo. Estampado de cerezas en un blanco almibarado me transporta hasta otra ropa interior; mi novia vuelve hasta mí en la visión de sus bragas. Desde esta contemplación, zambullido entre dos aguas.
Se multiplican las caricias en nuestros cuerpos, florecen entre los poros como animales que vuelven a la vida. Tonteamos, corremos en una danza de ritos vetustos y ansiosos. La seda es mi mano deslizándose por su espalda, en esa curva de suavidad y placer mutuo, mas detenida por ella al llegar a la inflexión que anuncia la armonía de las esferas.
-¿Qué crees, que nunca he tocado un culo?
-No.
Se acarician nuestras extremidades, incluso hay una caricia de cuatro labios rozándose por momentos. Temo hacerle daño con la cotidiana falacia del crecimiento en mi rostro... Sus labios: promesa de futuro arrastrándome hacia un recuerdo de eternidad que nunca existió.
Bajo el agua: el pelo lento como al viento, el pelo al agua, otra dimensión. Así nuestra vida en la cabeza, con el recuerdo. Ser y tiempo: pelo ondeando al agua.
Son caricias corporales, llamas del espíritu fusionadas en ese monumento gótico, el flamígero del alma. Nos besamos todo, en todo, nos queremos todo revolcándonos en ese hotel imposible de abrasadores muros.
Si tú descubrir secreto, no decir.
A él, tras gritar eureka, dos inspectores ¿hacienda, policía? en ambos flancos, a buscar al descubridor. Decir: “Acompáñenos”.
La gente aplaudir.
Las carcajadas resuenan en cavernas de mi interior: soy dueño del tiempo, domino la situación en una inminente verdad: dos cuerpos que se unen, más allá desde la carne. Si en verdad fuera dios prolongaría el momento, la antesala del placer; encuentro de dos intimidades desbordantes en un anhelo más placentero que el placer mismo. Lo convertiría en otro mundo.
Voy a lograrlo o a darme cuenta de que no puedo y viene el hecho: ilusorio dominar la situación, solamente soy un sueño de ruinas en medio de un mundo que se derrumba a mis pies.
¿Dónde está ella? Sólo en mis sueños.
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