"El tango es un pensamiento triste que se baila"
ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO
Hay un destello en la penumbra: es el sonido delirante del grito metafísico, un clavo hiriendo la sien. En el centro del universo, un cuerpo amenazado; en derredor giran los anónimos muñecoides de sonrisa inmortal y labios amortajados.
Los peleles discuten enfebrecidos sobre el futuro del cadáver:
-Hay que ponerle cerillas en los dedos, quizá sea una catalepsia...
La escena, desdibujada y febril, es el reflejo de otro siglo sobre una superficie pulida y posmoderna: no se distingue nada porque la niebla empaña el alma. Sin colores en el vacío o la razón del éxtasis, aparece en la puerta un gigante gris: es el centro de un resplandor inmenso. Ignora a la viuda, los hipócritas ocasionales y el resto de la comparsa; alrededor de un muerto se despiertan los engranajes que le han aguardado toda la vida. El coro, sin embargo, reconoce al visitante: es Max Estrella, el caballero inexistente, quien grita alzando los brazos:
-¡Álex, levántate y anda! Vamos a salir en viaje de recreo.
Ya están ambos embarcados en la nave de los locos; recorriendo espacio y tiempo, surcando aprioris inaprehensibles entre ese contraluz de ideas. Son dos cruces de la misma moneda: desdoblamiento papirofléxico cual enrevesada idea unamuniana. Nadie comprende a nadie, mucho menos a un genio que se contradice inventando heterófagos, en una geografía ibérica inservible ya para otras batallas.
Hay una cadencia desesperante, como viento o imprevisible marea: es la que anima este barco desquiciado, la única aventura capaz de dar fuerza a Álex, ahora irguiéndose ante la atónita contemplación de todas las moscas y alimañas concurrentes, pues el festín de putrefacción es interrumpido por otro viaje eterno.
Alejandro Sawa se incorpora, toma de la mano a Max Estrella y ambos, alucinados en su ceguera, funden las espaldas hasta formar un mítico animal con dos pechos (capaz de luchar ya contra todo tiempo) y ninguna espalda (nunca ha de irse, no precisa despedidas).
Entre la bruma de un tiempo que no existe -porque no puede medirse con esferas- surge la 'stultifera navis' cuyo único pasajero de doble rostro está condenado a no poder encontrarse jamás a sí mismo; se investiga en el resto, alentada esa barca por un ritornelo... es la única energía rítmica que traslada a los infelices a través de un mundo helado, sordo a sus preguntas.
ÁLEX.- ¿Dónde estamos, ciego y loco que me escuchas?
MAX.- Sobrevolando tu inexistencia; tiene forma de máquina del tiempo.
ÁLEX.- El tiempo es la máquina y tritura los huesos de sus habitantes. Siento cien años cabalgándome en la frente. ¡Dime qué es esto!
MAX.- Una bruma, no se distingue bien... parece una galería de personajes amargos.
ÁLEX.- Dame un trago: este humo de fantasmas sólo se disipa disolviendo el espíritu.
MAX.- Luengo y asimétrico, aquél es Valle-Inclán.
ÁLEX.- Valle y yo somos dos mitades de una misma víscera, el corazón de la literatura y tú nuestra perficción.
ÁLEX.- ¿Qué hace?
MAX.- Tiene algo en la cabeza y entre las manos. Parece una lámpara maravillosa.
ÁLEX.- ¡Siempre fue un genio de la mística! ¿Dónde ha ido a parar su semilla? ¿Acaso no hay en España una Universidad que lleve su nombre?
MAX.- A la universidad le ponen el nombre ahora los ricos y los reyes, para después llenar de bazofia sus libros y con carne de obrero los bancos apolillados de sus aulas. Pero cerebros no quedan ni en formol...
ÁLEX.- ¡Viva el rebuzno institucional!
MAX.- Con Valle, igual que hacen cuando quieren acabar con alguien, cometen la mayor tropelía: ¡como si le entendieran! tergiversan su pensamiento hasta convertirle en una persona normal, como ellos.
ÁLEX.- ¡Asesinos! ¡Cien veces asesinos, porque matan el futuro! Frótame el alma, Max: este frío no termina nunca.
MAX.- En España el talento es una maldición. Primero te ignoran y después te escupen en la boca, por hablar. Aquí campa por sus dominios una máxima: ¡que piensen ellos!
ÁLEX.- No quiero ver esta ignominia, sácame de estos pensamientos.
MAX.- ¡Espera! Se perfila otro rostro, más macilento y oscuro. Parece un paleto venido a más: asemeja su rostro el de un nuevo rico, especulador y estúpido como un constructor o un ganadero.
ÁLEX.- Me parece estar viendo a Baroja.
MAX.- ¡Es él! Eterno retorno del español cavernícola.
ÁLEX.- ¡Qué tiempos! Cuando le conocí, no era más que un pobre hombre, pero luego ¡qué militancia! Un ácrata de postal.
MAX.- Sus progresos fueron innúmeros: de anarca de cartón-piedra medró hasta convertirse en defensor de los opresores.
ÁLEX.- Siempre me pareció un fantoche, un vacío en medio del vacío.
MAX.- Álex, te has perdido tantas cosas que todo sigue igual que antes. Por España no pasan los siglos. Los muertos se cuentan por millones: no se conforman con haberse asesinado entre sí, ahora se suicidan en una sociedad que no les ofrece sino muerte política y hambre de dinero. Aquí no se quiere saber nada del hombre.
ÁLEX.- Me duele, porque en esta inmensa superficie helada sólo el azul ensueño de la pureza puede salvarnos de la nada. Me estás mintiendo ¡dime que sí!
MAX.- La sinceridad sólo lleva a la negación. No soy yo quien miente. La mentira es la vida cotidiana, la canalla no sólo es la prensa: todos los medios de comunicación están comprados y censurados por la ceguera de un pueblo incapaz de ver más allá de las cuentas de colores. La historia oficial es una leyenda blanca, cuya albura sólo es comparable a los huesos de los muertos tras cien años de sol. Pero la leyenda negra se ha convertido en la historia real: se sigue matando impunemente, tras la coraza irreconciliable de un pueblo siete veces hipócrita y mezquino.
ÁLEX.- ¡Vámonos! No quiero saber nada de un sitio donde no me quedan hermanos.
MAX.- Sí los hay, pero ahogados entre una multitud de reumáticos incapaces de sentimientos nobles. Aquí la sensibilidad resulta la peor de las enfermedades, una lepra en medio de alimañas ávidas de sufrimiento ajeno. Sentir es morir de pena.
ÁLEX.- ¡Remontémonos a las estrellas! Desde su luz podremos encontrar algún oasis en esta tierra yerma.
Ascendiendo en un cadalso de abyección, el mito del ideal -personificado en un animal de dos pechos- entona el canto de la ascesis en una mística pagana cuya prosopopeya resulta ser la metáfora de su propia sublimación. Desde allí, en ese limbo sin fe que es la estratosfera del espíritu, contempla el orbe completo y busca nuevas saetas de dolor para sentirse vivo con esas llagas.
ÁLEX.- ¿Qué hay ahora? ¿Florece el planeta en un vergel de sueños? ¿Hemos abandonado ya el lodazal humano?
MAX.- Desgraciadamente aquí también se cuecen habas. La antropología no está de suerte.
ÁLEX.- ¿Despuntaron ya los pueblos cuyo dolor se llamó 98?
MAX.- Tan sólo cambiaron de chacal asesino y si no escucha por ti mismo, loco de ideales...
CORO CUBANO.- Esto no puede seguir así a menos que continúe.
ÁLEX.- ¡Son palabras de lágrimas! Agua salada formando un mar donde se ahoga la ilusión. No existe un crimen merecedor de este oprobio, como no hay en la eternidad un lugar de descanso para semejantes verdugos.
MAX.- Te equivocas, Álex. Son los jueces, no los verdugos; ellos dictan las normas de conducta y luego las ejecutan.
ÁLEX.- ¿No hay nadie que alce la mano contra el opresor absoluto? ¿Es que a nadie le quedan entrañas?
MAX.- Espera, aún te falta escuchar a una horda de desheredados.
CORO FILIPINO.- Si no nos encuentran, estamos perdidos.
ÁLEX.- No sabía que el ruido del hambre pudiera ser modulado en estertores; estos desgraciados claman por otro verdugo: uno que prolongue su agonía con migajas de cinismo. Lo justo para poder seguir viviendo, la mínima limosna necesaria para prolongar la esclavitud. ¿Qué pasa aquí? Parecería que no soy yo el loco, sino la humanidad completa.
MAX.- Es otro mundo, lejano: el tercero.
ÁLEX.- ¿De qué me hablas? No quiero creer en un mundo dividido, donde los seres humanos sean clasificados con fría burocracia y abandonados a su suerte.
MAX.- Por esta dimensión de la estepa también pasó la dama de la guadaña. Se han visto los muertos en almacenes, guerras y revoluciones han ocupado más años que el pensamiento. El último reducto de la piedad es la conciencia, pues sobre la tierra no quedan sino alimañas carroñeras.
ÁLEX.- No es posible, no cabe tanto horror en mi conciencia humana. Me duele todo, Max. Tengo un terremoto en las sienes.
MAX.- Así es ahora, por todas partes la crueldad fomentada como negocio. La sangre se cotiza más que la carne, pero tampoco falta el tráfico de ésta. Se venden niños al despiece, mujeres en canal y las razas son exterminadas por decreto-ley.
ÁLEX.- ¿Dónde están los animales que así sojuzgan a sus hermanos? ¿Quién es el culpable de este infierno sin fin?
MAX.- Todos. Se muere el planeta entero, habitantes incluidos. Pero nadie mueve un dedo para evitarlo. Unos cuantos son incapaces de abandonar sus privilegios y para conservarlos han de aplastar a los demás; la mayoría se complace muriendo como si así pudiera redimirse.
ÁLEX.- ¡No aguanto más! Quiero ver un ejército de hambrientos arrasando este mundo insoportable. Clamo por el apocalipsis porque no concibo tanta sinrazón impunemente.
MAX.- Ése sería un final dulce como un orgasmo universal, esa emoción colectiva permitiría al fin regalar al universo la desaparición del hombre, cuya energía dañina no es sino un error de la naturaleza. Demasiado bonito para ser cierto.
ÁLEX.- ¿Y el beso? Aquí sólo veo brillar la dentellada, pero el hombre también es ternura; ha de aparecer por algún sitio.
MAX.- Nada más en el arte puedes ahogar momentáneamente tanta desdicha carnal. Muévete, voy a regalarte una reencarnación.
ÁLEX.- ¿Hacia dónde me llevas? ¿Qué suena?
Inunda el éter una avalancha de sonidos vivos y desgarrados: es un corazón hecho música, el dolor de existir es una sinfonía. Sólo el sufrimiento es capaz de hacer brillar estas iluminaciones en la sombra, porque sólo la pasión desata lágrimas sinceras y conmueve a la empatía. Álex, los ojos desorbitados, es mecido por estas puntiagudas olas: la música de Mahler.
ÁLEX.- ¡Qué horror tan bello! Quiero hundir mi cabeza en este abismo, atractivo y maldito como la oscuridad de un alma.
MAX.- Ésa es tu reencarnación: haber compartido con Mahler una visión del mundo sin conoceros. Quizá París fue para ambos el mismo café; o pisasteis las hojas de un solo parque y fuisteis embriagados por incomparables flores del mal, sin llegar a saber que existíais.
ÁLEX.- Así que soy él: me haces participar del paraíso, Max. No quiero nada más si tengo el paraíso. Estoy perdiendo el contacto con una realidad tan marchita... ya no sé quién soy... Pero tú, ¿quién eres? ¿Quién me habla así en la nuca?
MAX.- Tu otro yo.
ÁLEX.- No tengo ningún yo, imposible que seas el otro.
MAX.- Tras definir a España y al hombre sólo resta una cosa; la esencia que vemos tras la evaporación de conceptos acuosos, eres tú. Pues yo soy el otro.
ÁLEX.- España no existe. El hombre tampoco. Para ser el otro, deberías ser Dios. Tampoco existes.
MAX.- Ése soy: el dios de los sindiós. Tú estás muerto, yo nací así.
Hay una dolorosa disección de dos héroes en esa eterna oscuridad que es la incomprensión humana. Un cuerpo baja hasta el hueco que le corresponde y ocupa su lugar en la caja. El otro cuerpo -astral- vuelve a fundirse en el dolor de no ser más que una imaginación ajena eternizada entre este infinito dolor, la vida.
Sobran cien años.
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