21.2.13

Bajé con los colegas...

Bajé con los colegas como todos los días, por pasar el rato más que otra cosa, porque sustancial, lo que se dice sustancial no sacaba (yo por lo menos, no sé los demás) lo que se dice nada.
Y aquello era un puto rollo. Así, como suena. Y ya que ha salido el primer taco en esta cuestión, no vamos a dejar este aspecto para más adelante. Que quede claro, y lo digo con toda honestidad, que esta historia no pretende moralizar. Pero no estoy yendo por donde yo quería. Iba a decir que el que yo use tacos no significa que a mí me guste hacerlo. Considero, y esto es un punto a tener en cuenta, que lo único que significan es una ruptura con lo tradicional, y me refiero principalmente a lo que se llama "moral cristiana". Para resumir, que si yo uso tacos es simplemente por lo que tienen de escándalo, y se acabó.
Bueno, pues decía que aquello era un puto rollo. Y lo era porque mis colegas y yo no éramos un grupo como todos, sino que teníamos peculiaridades (bastante peculiares, por cierto). Una de ellas era la de estar siempre tirándonos los trastos a la cabeza. Y cuando digo siempre quiero decir precisamente eso: siempre.
En resumen, que a aquello no se le podía llamar grupo, porque se supone que un grupo tiene lazos que ligan a sus componentes. Yo más bien a lo nuestro lo llamaría desgrupo. Era raro, mejor dicho, no había nadie que se hubiera llevado bien siempre con otro. Puede parecer normal esto, pero es que allí el ritmo de buenas relaciones-malas relaciones era aceleradísimo. Por decirlo de alguna forma, las relaciones entre personas eran tan cambiantes como lo pueda ser el carácter de los adolescentes, y con eso ya está dicho todo.
Puede que ese ambiente de desasosiego reinante entre el grupo, y ese "estar siempre a la defensiva", fuera lo que reafirmaba en aquella época mi teoría de que la vida no vale la pena vivirla. Este ambiente unido a que yo nunca había tenido esa etapa, que suelen tener todas las personas, de travesuras, esa etapa infantil tipo "Guillermo el travieso", que da lugar a unas ganas de vivir de la hostia.
El caso es que en aquella época yo tenía esa idea de que la vida no merece la pena ser vivida, que es un puto asco, y que en sí la vida no es mala, sino que ha habido un montón de hijos de puta a lo largo de toda la historia, montón cuyo número tiende a infinito, que se han dedicado a hacer putadas al prójimo, y el prójimo quería devolvérselas, lo que ha dado lugar a un pifostio tal que esto en lo que vivimos no se puede llamar mundo, sino exmundo, si es que alguna vez lo fue, que lo ignoro.
Pues bien, estas cavilaciones junto con otras de cualquier tipo que se puedan imaginar eran las que yo tenía un día normal, y ¡claro! con una empanada mental que te cagas, aunque había cosas claras como el agua (en la época en que la gentuza no se dedicaba a cargarse peces y cosas de estas tirando a ríos y mares cosas que se tenían que haber metido por el culo). Y ya que hablamos de esto, digamos que en esa época yo era ecologista radical, y esta era una de las cosas que tenía clara como el agua. Por cierto que hubo un tiempo en el que pensé dedicarme a la política, aunque esto esté un poco en desacuerdo con lo que he dicho antes de que la vida no merece la pena vivirla. Por una parte, yo pensaba que si a mí no me gustaba vivir, ¡qué cojones! no todo el mundo tenía que pensar como yo, así que si yo contribuía a arreglar el mundo para los demás, podía ser que los demás se alegraran de vivir (aunque con lo puta mierda que es el mundo ahora, todavía hay gente que se alegra de vivir; sinceramente, no me lo explico). Pero por otra parte yo pensaba, no por egoísmo, que si yo no quería vivir, lo mejor era mandarlo todo al carajo, y allá cada cual que se busque la vida. Todavía no sé qué hubiera hecho si hubiera sido político. Pero ¡alto ahí!, que si yo me dedicaba a la política no sería lo que normalmente se entiende por político [=hijoputa que está deseando llegar arriba, al poder, mediante una imagen de honestidad, para chupar la sangre a todo dios y ser tan cabrón como el que estaba antes que él en la cima del poder]. Yo, sinceramente, pasaba mucho de política en el sentido de los partidos que quieren aprovecharse jodiendo al prójimo o joder al prójimo aprovechándose, que viene a ser casi lo mismo. Desde que en cierta ocasión tuve edad electoral y voté, no me quedaron ganas de volver a hacerlo, aunque lo volvía a hacer para no apoyar al más cabrón. Dicen que los políticos están influidos por las circunstancias, pero yo soy de los que piensan que uno tiene que ser uno siempore, y que no vale eso de "yo soy yo más mi circunstancia", sino que uno tiene que tratar de mandar a tomar por culo a la circunstancia para que quede simplemente el yo y obrar conforme a una conciencia sin influencias circunstanciales. Así pues, para mí no tiene disculpa ninguno de los políticos que no obra por el bien de todo dios.
Suficientemente aclarado ya, creo, este punto, digamos que yo hablaba de este tema, de que la vida no merece la pena vivirla, con gente de este grupo, pero no siempre que yo quería, sino cuando nos poníamos en plan de charla existencial, pues ¡qué coño!, esta scosas no son de las que uno pueda programar, salen de uno, y dos tíos no se pueden poner a hablar de una cosa si no quieren hablar de ella los dos. Bueno, pues en estas conversaciones habían salido a relucir temas tan importantes como teología, metafísica, existentes en cualquier conversación de este tipo, digo yo.
El caso es que un par de veces me enrollé a hablar de esto con la misma persona, y nuestros puntos de vista eran muy contrapuestos, lo que no me extrañaba por una parte porque soy más raro que la hostia, por lo visto, ya que al parecer mis opiniones sólo las comparten personas que tienen reblandecimiento cerebral; por otra parte, me alegraba esta disparidad de opiniones, pues no hay mejor diálogo que el de dos personas que no opinan lo mismo, digo yo.
Pues en una ocasión, mediante lo que Sócrates llamaba mayéutica llegué a convencerle de que no existe Dios, pero al día siguiente se rajó y me dijo que se había equivocado en un punto, crucial para mi demostración. Lo que ni me impresionó demasiado porque era la autojustificación para la búsqueda de una razón vital, ni me importó, porque me suda la polla convencer a nadie de lo que yo pienso. Pero el caso es que este tío y yo nos pegábamos unas parrfadas legales de vez en cuando acerca de temas de este tipo. Por lo demás, y esto para mí suponía el descojono padre, la gente del grupo se creía que yo era listo, y me lo decían tan convencidos, como si yo por haber estudiado ya fuera a ser listo. Y esta es una de las cosas que quiero aclarar: para mí ir a clase y aprobar cursos no supone nada, se vaya los años que se quiera.
En esos asquerosos edificios en los que se reparten cates y aprobados avoleo, no aprende ni dios, y eso está clarísimo, que el que quier aprender, lo último que tiene que hacer es ir a un instiputo. Lo verdaderamente importante se busca uno la vida para saberlo, y si no, a tomar por culo, no lo aprende, pero lo que no es legal es tener que estudiarlo para no aprendérselo.
Bueno, pues esta gentita, diciendo que yo era listo, y yo pasando de ser listo, ¡a mí qué cojones me importa ser listo! ¿Para qué? "Para ser alguien en la vida", como diría mi vieja, ¡anda y que le den por culo a la vida!
Lo cojonudo del caso es que toda la gente del grupo era lo que yo llamo "cristianos de la nueva ola", que ni les interesa la religión, ni van a misa ni hostias de esas. Son, como quien dice, unos bobos de los cojones, porque es como el tío que está suscrito a una revista, y cuando le llega todos los meses, se la vende al trapero sin leerla; ¡joder!, para eso, digo yo, mejor borrarse de la revista.
Pues así es esta gente, que nunca se han planteado el probelma de qué es lo que hacen dentro del cristianismo, y, claro, prefieren no planteárselo porque la incoherencia de una doctrina aburguesada y deformada les llevaría al absurdo de lo que han vivido hasta ese momento, y viven de puta madre sin planteárselo, pero no se dan cuenta de que cuando más tarde se lo planteen, más grande será la etapa absurda de su vida, y si no se lo plantean nunca, toda su vida habrá sido tan absurda como la de un ateo de nacimiento que nunca se ha planteado su ateísmo.
Par amí es fundamental plantearse algo por lo que se vivie, y en aquella época yo me lo planteé y decidí ya que lo mío no era el cristianismo ni nada en lo que hubiera que tener un ápice de fe, y así llegué a mi ateísmo, que yo no digo que sea la postura más cómoda pero desde luego que para mi punto de vista no hay otra más racional. Y haciendo gala (un tanto morbosa, por cierto) de esa teoría expuesta antes de que hay que eliminar las circunstancias y sus influencias de la vida de uno y de su actitud y pensamiento, en este momento soy igual de ateo que siempre. Pero no adelantemos acontecimientos. Todo llegará en esta historia.
Pues aquella gente era del montón, y buscaba ávidamente emociones mundanas sobre todo en el mundo de los sentidos, y no puedo decir quién las buscaba más ávidamente, si el "playboy" o el que nunca se ha comido una rosca en su puta vida. Y yo allí, en medio de aquel mundo artificial creado por nosotros para nosotros, en el que yo respiraba una atmósfera irracional y extraña a mis principios.
Aquel mundo en evolución y que paradójicamente era epicúreo –con lo que esto supone de vuelta al pasado-, podía haber sido "el jardín de Epicuro" tranquilamente, y era un espectáculo ver a toda aquella camarilla en acción, en la cual me incluyo pues tengo que reconocer que en aquella etapa yo pertenecía a aquel mundo aunque a cada momento, y no sé si por suerte o por desgracia, me desasía de él una micra, hasta que por un hecho circunstancial, y que era ajeno a mi voluntad, me desasí por completo.
El hecho es el que hace que ahora esté aquí escribiendo, pues lo considero más productivo que tocarme los cojones, y si a alguien le vale mi experiencia, de puta madre.
La situación se desarrolló de la única forma que podía hacerlo. Para empezar diré que yo estoy en contra de la pena de muerte. Sí, porque aunque esta vida es un asco, me parece que si algún masoquista quiere vivir no tiene derecho a quitarle lo que es suyo ni dios. Y el que esté leyendo esto puede pensar que esta opinión está influida por mi actual situación, pero no es así. Para continuar diré que estoy a favor del aborto, aunque parezca contradictorio. Pero es que en esta cuestión tiene que ser así, ya que la vida es un puto muermo, y si se le puede ahorrar a alguien la molestia de venir, es un favor que le hacemos. Y en este sentido tomo un poco la actitud que tanto odio en los carrozas cuando dicen: "¡Ya te darás cuenta dentro de unos años de que tengo razón!"; así pues, y tomando una decisión a todas luces beneficiosa para los nonnatos, me inclino a favor del aborto y de los métodos anticonceptivos, tanto es así que si personalmente hubiera encontrado una tía a mi medida, no hubiera tenido hijos. Por último, en lo que se refiere a los suicidas, considero que su valor es superior a lo que la getne cree, pues corren un riesgo que yo no me atrevería a correr: el de que haya un dios que les castigue con la reencarnación infinita.
Y todo esto para dejar claras mis posturas ante la muerte antes de empezar con el relato de los hechos.
Dio la casualidad de que bajó también el colega de las parrafadas filosóficas, y me encontró hablando con otro; y le dije que tenía una proposición que hacerle: matarnos mutuamente. Yo pensé que se lo iba a tomar a broma, pero en tono jocoso me dijo que sí, que uno de esos días, y fijamos fecha, y quedamos en que el método sería ponernos uno al otro un cuchillo en la boca del estómago, contar hasta tres y apretar sin pérdida de tiempo. Eso si antes del día fijado no habíamos muerto.
A todo esto el otro tío que estaba con nosotros se descojonaba todo lo que quería, pero para mí si aquello se llevaba a cabo, iba a ser lo mejor de mi vida. Estoy en contra del asesinato y la pena de muerte, que viene a ser lo mismo, pero si un tío me pide que le mate porque le hago un favor, se lo hago con la condición de que sea recíproco.
Y llegó el día señalado, y a una hora que habíamos convenido, nos dispusimos a llevar a cabo la ceremonia. Cada uno con un cuchillo en su mano, la punta señalando la boca del estómago del otro, los segundos se me hacían minutos, los minutos horas y las horas días.
Silencio absoluto y los dos contando al unísono: "Uno… dos… y… tres".
Al pronunciar esta última palabra mágica yo hundí el acero en el cuerpo de mi compañero y vi brotar su sangre, alegre, sobre mi mano. A mi vez esperaba sentir el frío de su acero penetrando en mí. Pero no fue así.
¿Qué más puedo decir? Ahora sólo espero sentir pronto el calor de la electricidad recorriéndome.

Prisión Provincial, 15 de agosto de 1983

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