Como todos los días a esa hora, el Lince había salido a cazar. El caso es que hoy no había tenido mucha suerte, pero no había por qué desanimarse. Pensó en bajar a beber agua al riachuelo, pero antes creyó oportuno saciar el hambre.
Estaba en estas cavilaciones cuando se paró, miró a su alrededor y puso las orejas rígidas: "¿Dónde estoy?" –pensó. "Este no es mi territorio". Con la agilidad que le caracteriza, el Lince subió a una pequeña loma, desde donde escrutó su alrededor en busca de algo conocido. Pero no. No fue capaz de ver nada. "Me estoy haciendo viejo" –pensó. Y bajó otra vez al lugar donde estaba antes. Avanzó unos cuantos kilómetros y se paró. Le había parecido oír ruido de agua. "Bueno –pensó- ya que no puedo calmar el hambre, calmaré la sed". Y avanzó hacia donde estaba el agua. Antes de poder divisar el riachuelo, cosa que le impedía la vegetación, encontró una pequeña rata en el suelo. Sin pensarlo dos veces, saltó sobre ella, y cuando ya iba a empezar a devorarla, detuvo sus colmillos, apenas a unos milímetros de distancia del cuerpo del roedor. Tenía un hedor pestilente del que no se había apercibido el Lince. Con sus vivaces ojos escrutó más minuciosamente aún la rata, y vio que tenía la lengua verde. Instintivamente y de un salto se echó hacia atrás. ¿Qué pasaba allí? Se fue hacia el riachuelo. Lo que podía haber sido dulce música del agua era amargo canto de la Naturaleza. El agua no podía verse. Sólo se veía una espuma marrón que cubría la superficie. El Lince se marchó de allí.
Tras otros cuantos kilómetros de carrera, "Lynx" oyó de nuevo el ruido del agua. Ahora la necesitaba de verdad.
Esta vez no era un riachuelo, sino un río de considerable caudal. No había espuma, el agua era clara en la superficie. Ya estaba alargando la lengua para deleitarse con su frescura cuando divisó un pez en la orilla, inerte. Ahora vio claramente que la superficie del agua era clara, pero el lecho del río era azul. "¡Maldita sea!" –pensó.
Otra vez sin agua y sin comida. Siguió adelante sin reconocer todavía el terreno. "¿Dónde demonios habré ido a parar?" –pensó el Lince, que ya estaba poniéndose de mal humor.
Se detuvo. "¡Maldita sea!" –pensó. "Ya sé dónde estoy". Frente a él, un cartel decía: "COTO PRIVADO DE CAZA". "¡Vaya si lo sé! ¡Y qué mala suerte la mía! ¡Precisamente en los dominios del hombre!".
Siguió andando, pensando que al menos por allí habría agua. Cuando ya había recorrido un buen trecho distinguió, a lo lejos, las inconfundibles construcciones humanas. "Nunca hubiera deseado acercarme hasta aquí, pero espero encontrar por lo menos agua potable" –pensó el Lince.
Allí, cerca de la ciudad, estaba el río, pero su agua no podía llamarse ni mucho menos potable. Subió por la orilla del río dirigiéndose a su nacimiento, y no muy lejos vio que en un pequeño espacio el agua pasaba de estar limpia a estar turbia, más bien era opaca. Buscando una explicación, el Lince escrutó con su mirada la orilla, donde había un tubo por el que salía la suciedad. Antes de poder ni siquiera pensar en beber el agua, el Lince tuvo que salir a toda marcha para salvar la piel.
-Te digo que he visto moverse un lince por aquí –dijo una voz.
-¿Y qué iba a hacer por aquí un lince? –interrumpió otra voz.
-¡Yo qué sé! Pero lo he visto.
No había acabado todavía de pronunciar la frase cuando disparó su escopeta hacia un arbusto cercano.
El Lince lo oyó de lejos y sin dejar de correr. De repente se detuvo. Allí, frente a él, estaba el inicio del tubo que desembocaba en el río. Procedía de una factoría o algo parecido, presidida por un cartel: "DEPURACIÓN DE AGUAS".
"¡Qué ironía!" –pensó. Y siguió corriendo. Cuando ya no podía más, se detuvo y sintió una fatiga inusual en él. Intentó respirar hondo pero no pudo. Aquel aire no era el mismo que había respirado esa misma mañana. Se dio cuenta de que tenía la boca reseca. Casi sin darse cuenta, se desplomó. No tenía fuerza para levantarse. Mientras agonizaba, el Llince se decía: "¡Menuda ironía, maldita sea! En pleno dominio del hombre y en vez de morir a tiros, como sería lo normal, muero deshidratado. ¡Maldita sea!".
-¿Ves como yo tenía razón? ¡Ya te dije que no iría muy lejos! Seguro que le di –dijo una voz.
-Pues no le diste, pero es igual. Verás qué buena pasta nos dan por la piel de este bicho –dijo la otra voz, acercándose al lince.
Le dio un par de patadas para ver si todavía estaba vivo, y como vio que no se movía, lo cogió de una pata, se lo echó al hombro y dijo:
-¡Vámonos!
Y los dos hombres se alejaron de allí con el lince a cuestas.
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