Lo haré de dos formas: versión prosa, versión verso.
Volvíamos de la aventura, compañeros
cómplices con la mirada,
un gesto para entendernos.
Todo salió bien, sorpresa improvisada
de huidas y actos heroicos.
El ángel voluptuoso acarició mis labios
con el suave y furtivo beso
llenándome la mirada. Yo contento
no por el privilegio del amor en un instante
sino por encajar en el hueco, personificándo-
me, siendo millones de deseos
hechos carne para un ángel.
- ¡Hey, eres bueno! – y lo dijo con deseo.
Ni bueno de bondad ni ángel sin sexo.
No me conformé con eso.
Añadí mi alma pensante
para que tuviera en sus dulces manos
otra cara del icosaedro.
Y le gustó nos gustó,
nos fuimos de la mano
a investigar otro tiempo.
Hoy sólo me quedan
el recuerdo y el poema
para conservar aquel beso.
Nunca he sido partidario de separar realidad y ficción: como signo y símbolo, para mí son lo mismo. Sólo se trata de rascar en la superficie de nuestra ignorancia para acceder al núcleo que es la sabiduría. Todo en nosotros, todo en uno. Soy por eso un devoto de la Rosa púrpura de El Cairo. Estuve enamorado de la Tomb Raider cuando sólo era un juego, antes de las películas.
En mis sueños yo también puedo ser una película, guión que escribo yo.
El drama psicológico de hoy: la vida en una ciudad castellana, repleta de especuladores. La heroína y yo íbamos recorriendo ambientes sórdidos en los que abunda la raza humana de mezquinos y avaros, puros materialistas. Desenmascarar ancianos aparentemente indefensos explotando a inquilinos en pisos de estudiantes, primera tarea. En un mundo desvencijado y carcomido (amarillo por eso, como la prensa o la luz) hay mil pasadizos en los que acechan las fieras, nosotros esquivando peligros y saliendo ilesos de agresiones y conspiraciones, chocando los cinco en cada misión de éxito.
También el montaje alienante de la vida ociosa como trampa y negocio, a costa y salud de la juventud inconsciente; para la hostelería sólo es una masa de consumidores que hay que exprimir hasta la muerte. Nunca cerebros o personas. Esta era casi la misión más peligrosa, la última: la lucha con el monopolio de la droga legal, cómplices de los corruptos políticos, policías y demás autoridades autorizadas.
En una taberna decimonónica, con brillos amarillos de latón y falsas gentes de etiqueta (mafiosos y giles todos, bandidos de guante negro y manos blancas), me vi acorralado, una encerrona, una emboscada. Eran ellos y yo solo en su territorio: estaba perdido. me iban arrinconando cuando empezaron a salir los créditos: se adivinaba el final (¿mi final?) y yo pensaba (como si fuera un espectador) que no podía acabar así, porque el guión... miré hacia la televisión. Mi nombre y el de la heroína enlazados en letras de lujo, era mi oportunidad: aprovechando el despiste de los matones, de un salto me colé en el monitor y ya estuve fuera de su alcance. Éste sí era un buen final: un ángel recibiéndome en sus brazos y el beso que anuncia un millón de nuevas sensaciones. El beso que todo lo tambalea, haciendo temblar los pilares de la vida. Ese beso me dio y después:
- ¡Hey, eres bueno! –casi como una sorpresa por la solución final, felicitándome por ser yo, por besar como lo hago... Le expliqué que cualquier viejo es mejor que nosotros, con más vida y más sabiduría. Me miró (¡ay!) con cara de enamorada, ojos de cielo, labios de esponja, cuerpo de miedo.
Nos fuimos (como las letras) enlazados en la noche, paseando como dos héroes lo hacen mientras se van de copas.
Alguien nos advirtió en la calle: vienen a por vosotros... los matones. Nos dimos la mano y de un salto, al espacio.
- ¿Dónde vais?
- A una película de vikingos.
El epílogo perfecto, una promesa de futuro, continuidad viviendo en otro tiempo.
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