29.4.11

ZIPI Y DELIA 1995

Con Delia
[Érase una vez dos niños ilusionados por un mismo objeto; miraban alrededor buscándolo, porque no lo conocían aún. Zipi, así le llamaremos, de repente lo encontró después de introducirse en un bosque frondoso, y quiso comunicárselo a... Zape. Ambos se sintieron deslumbrados por lo incomparable del descubrimiento, y desde ese momento se quedaron mudos. Por eso, al intentar comunicar su "felicidad" recíprocamente, elegían el medio cómo hacerlo, y mientras uno elegía las manos el otro elegía los gestos faciales. Ambos sintiendo lo mismo, pero haciendo creer al otro lo contrario.] Al fin lograron ponerse de acuerdo con el objetivo de hacer partícipe a toda la humanidad de su descubrimiento. Comenzaron por inventar un lenguaje íntimo a su situación y cuya ambivalencia residía en designar de la misma manera "privilegio" y "desdicha" (por ejemplo). [Y poco a poco fueron creciendo, dándose cuenta de que Zipi era Zipi, pero Zape, era ¡Dafne!] Del asombro Zipi recobró el habla justo el día de su mayoría de edad. Daphne, en cambio, tuvo su rehabilitación al contemplarse en el espejo. Eso sí, continuaron con sus prácticas comunicativas (aunque también se hablaban amorosamente), pues la carga de erotismo de éstos floreció con el despertar de sus cuerpos. [Y buscaron las flores, y el arroyo para que les hablaran de lo que parecía imposible: la necesidad y el amor.] Descubrieron con el tiempo que el mundo al que debían comunicarle su descubrimiento era sólo el suyo, el de ellos dos, pues -como todos lo estamos- habitaban una isla desierta. [Y empezaron a hablarles a los cocoteros y a las libélulas, para decirle que ellos eran dueños de su amor y de su tiempo, lleno de flores, arroyos, sol y árboles frutales, y se deleitaban en saberse juntos y solos, con toda la eternidad para amarse y jurarse amor eterno, sin obstáculos que impidieran su amor, pues sólo estaban ellos y un entorno inanimadamente animado.] Un día divisaron en el horizonte la estela de un barco que se acercaba. No le hicieron señales, pero llegó hasta la playa y de él bajaron. [Bajaron, sí, tres damas deslumbrantes en un perfección acompañadas por tres sirenas que les rendían pleitesía y dos tritones sorprendentemente deificados por las olas y los habitantes del mar. Daphne y Zipi se escondieron tras una zarza. En su curiosidad, Daphne se pinchó su dedo índice mientras observaba las desconcertantes maravillas que paseaban por las orillas del mar y en su interior.] Tras unos matorrales damas y tritones se aparejaron con sin igual pasión, mientras las sirenas acariciaban los esculturales cuerpos con escurridiza lascivia. El picor de Daphne se fue extendiendo por su cuerpo, hasta alcanzar al de Zipi. [Zipi y Daphne aún mantenían esa atmósfera etérea entre ellos que les unía y como una invitación, desviaron la curiosidad hacia sus cuerpos redescubiertos, amándose como sólo lo hacen dos desconocidos.] Cuando despertaron del dulce sueño que sigue al amor, ya los intrusos habían abandonado su isla de felicidad; por fortuna, la semilla de pasión ya no les dejó nunca, y disfrutaron de ella como complemento para su perfecta relación. [Y colorín, colorado, este cuento se acabó.]

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