29.4.11

CADÁVER EXQUISITO 1997

Con Gilo y Silvia
Roberto tenía el alma sucia de nervios, y ella no le había tratado nada bien. Se iba subiendo por las paredes del escalpelo hasta llegar a la aurícula derecha, su lugar favorito para acomodarse, acurrucarse hasta que llegara otra vez la lluvia de estrellas hiriendo de arriba abajo el alma, las lengüetas… todo lo que se movía.

Sabían que Cristóbal había oído la voz de su conciencia, y había marchado aquella noche que había cogido la barca entre la bruma y había salido a cruzar el río. Estaba amaneciendo y seguían circulando por la derecha; se resfriaron, pero a pesar de todo seguían. Y entonces apareció el cuarto. Era un cuarto creciente que al salir de la curva dijo:

-No os creáis tan felices, que todavía es de noche y Cristóbal puede regresar.

Y sin rumbo fijo, continuaron. Cristóbal, el temor de las barcas sin rumbo; Cristóbal, el que acecha en el umbral, Cristobál.

Cristóbal había salido porque había oído la voz de su conciencia; la voz de su conciencia le llamaba desde la otra ribera, porque Cristóbal siempre va a la otra parte del río a cruzar a alguien.

De negro y gris, Cristóbal es Caronte. Caronte es Cristóbal. Sin embargo, Cristóbal y Roberto nunca se han llevado bien. De hecho, a Cristóbal le gustaría asesinar a Roberto, pero ella se lo impide. Ella los quiere a los dos, y le dice:

-Cristóbal, si matas a Roberto te mataré.

Y por eso Cristóbal cruza tantas noches el río en busca de su duda, que le llama desde la profundidad del bosque, al otro lado del río, y se monta encima de sus hombros, y la duda le pesa y Cristóbal siempre regresa al amanecer. Y ella –la duda y también la noche, les envuelve y les confunde, les vuelve locos.

El cuarto creciente se reflejaba en el seno del río de ida y vuelta, donde Cristóbal habita. Enfrente una orilla, debajo la otra: en la otra, ella; enfrente, Roberto. Hay una daga con dos filos esperando que la noche deje de caer. Como cada mañana, Cristóbal se levantó tarde. Había dejado escrito en una nota: “he regresado. Llámame a menos cuarto”. Se sentó a la mesa y se comió unos croissants de nata: mmm… delicioso, como la otra noche. Murió la noche con su contenido, y el alba dejó entrever cómo Cristóbal, relleno de nata, estaba panza arriba en un plato.

Panza arriba, como un gato con tres patas, maloliente como un camión de la basura. Entonces volvió la noche y les envolvió, y apareció ella, pero ella era la noche. No había cuatro, eran tres: el menguante y los otros dos.

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