29.4.11

T (SUBLIBELLO)

Con Mesy

Ella seguía apretando el acelerador. Las líneas discontinuas de la autopista se difuminaban para convertirse en una suave bruma a ras del suelo y bajo sus pies. El paisaje árido de la bella Castilla la envolvía en un cálido manto de infinitos matices de ocres. Más deprisa, más deprisa. De repente y como si de una aparición se tratara, un gran letrero de color esperanza y letras de nieve le comunicó que haba entrado en la provincia de Soria. Un golpe súbito azotó su corazón y éste se puso a latir de manera descontrolada. Ya estaba en Soria. Era cuestión de media hora o poco más, para llegar a la capital....pero ya estaba en Soria. Un fuego efímero y caprichoso rozó sus mejillas y ella bajó las ventanillas del automóvil para sofocarlo. Incertidumbre. Una ojeada casual a los pilotos del salpicadero, le indicó que la gasolina llegaba a su fin. Llevaba 2 horas conduciendo, con un solo pensamiento: hoy voy a conocer a mi amor. Y ante esta revelación, nadie ni nada abstraía su atención. Ni siquiera los indicadores del coche que era conducido por una mano mágica y desconocida a un solo destino: Soria. El joven de la gasolinera le indicó amablemente el acceso a la ciudad. Ella subió de nuevo al coche y tras un hondo suspiro, continuó el viaje al paraíso.

Un sol deslumbrante lucía allá en lo alto. El aire era frío, helado. As lo sintió al descender ante las puertas del Parador Nacional. El conserje comprobó la reserva y la acompañó a lo que sería su altar en aquellos cuatro das. Un paisaje otoñal se poda vislumbrar tras los cristales del gran ventanal. El Duero, chico y tranquilo, transcurra suavemente en aquel lienzo, para aportar su color azulado. Sus ojos apenas alcanzaban aquel horizonte soriano, majestuoso y embriagador, emisario del rey que estaba a punto de llegar. ¡Dios!, exclamó para sus adentros al mirar el reloj. Faltaba media hora. Solo media hora. Salió apresuradamente de la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Aquella puerta que tan solo se volvería a abrir para dejar pasar a dos. Un estremecimiento recorrió su mediastino.

- La estación de autobuses, por favor? Un chaval con pantalón azul y montado en bici le indicó el camino. Algo desorientada, (la orientación temporo-espacial siempre le había jugado malas pasadas) consiguió llegar al lugar de la cita.

Un paseo frenético por el hall de la estación. De un lado a otro. En la cafetera. En el kiosco. En la ventanilla de información. Faltaban 5 minutos. Sus pies continuaban danzando sin cesar. De pronto un autocar inició las maniobras de aparcamiento. Su corazón se detuvo. Desfallecida, apoyó la marioneta de su cuerpo en una columnata del hall. El encuentro había llegado.

CAPITULO II

Él miraba desde más allá de la ventanilla del autobús, pensando el paisaje como una pantalla traslúcida a cuyo través intentaba rastrear, buscando entre su belleza unos rasgos sólo conocidos en la apariencia de las dos dimensiones. Quien puede distinguir entre sueño, ilusión y realidad se encuentra más cerca de la muerte de lo que pudiera parecer; seguía pensando en su rostro, buscando rizos entre la hierba y los árboles frutales, columbrando una sonrisa en la mirada de ese horizonte que le iba comunicando la cercanía del punto de encuentro.

La suave cadencia de las sinuosas líneas, el entorno vegetal, semejaba una promesa de abrazo en su imaginación siempre presta a convertir la materialidad en un espíritu afín; esa especie de “panteísmo romántico” le resultaba imposible de evitar y simultáneamente le convertía en cándido y vulnerable ante cualquier mortal.

“La distancia se retuerce por las carreteras”, decía la canción en su oído, tan necesitado de otros susurros sólo escuchados a través del hilo telefónico durante el último mes. Ciertamente el sol lucía en lo alto, mas su calor resultaba tan insuficiente comparado con ese otro calor que anhelaba... Pensamientos de búsqueda, pero al contrario que otras veces no anticipaban un desencuentro: desde la intuición deshabitada sentía crecer en su interior otra ilusión tan nueva como impensable, la de una vida distinta junto a un ser hasta ahora desconocido. Los vuelcos de corazón provocados por estas reflexiones sólo eran aplacados por el paso del tiempo -acelerando un encuentro- y potenciados por la cadencia de los kilómetros, que se iban sucediendo tan cálidamente...

SORIA 38, decía el cartel.

Parecía imposible que ya hubiesen transcurrido cinco horas desde su partida, imposible la inevitabilidad de esta tormenta sentimental presta a desatarse en su interior como un río de lágrimas felices por el deseo cumplido: verla, a ella, por fin. El sueño de tantas noches, personalizado en un cuerpo físico; el anhelo de tantas vidas, aromatizado por una presencia.

Cuando el autobús culminó con éxito su aparcamiento, a través de la ventanilla pudo distinguir una silueta inconfundible, familiar y sin embargo nunca antes contemplada. Aguardaba a que el resto de los viajeros descendiese por la escalera (pensaba: “Vamos, daos prisa, está a punto de comenzar mi vida”) y desde el pasillo sentía que el centro del universo se encontraba allí -¡aguardándole a él!-, en aquella figura femenina cuyo aroma ya impregnaba toda la atmósfera: todo girando alrededor de ese instante y ese lugar en que una sonrisa le saludó al acercarse.
 

No hay comentarios: