Con Chapman
Gotarrocío es un pueblo que está en Cuenca. El nombre del pueblo, todos tienen su porqué: la temperatura hace que las gotas de rocío duren más tiempo, toda la mañana. Uno del pueblo de al lado, que un día iba a vender unos huevos, lo vio desde lejos y dijo:
"Parece una gota'errocío".
Es un sitio con microclima. De hecho, está cerca de la "Ciudad encantada". Se condensa el agua en todas las estaciones del año. Tiene pocos habitantes, unos 200. Pero no hay ninguna gallina, el microclima hace que se condense el rocío y por eso no pueden vivir. De ahí que el paisano le pusiera el nombre cuando se dirigía allí a vender huevos.
Una mañana el paisano (camino del pueblo) encontró un papel arrugado, en él había una nota que apenas se podía leer, porque la humedad del rocío había emborronado las letras. La letra era pequeña y redondeada, parecía escrita por una mujer, sólo pudo leer esto:
“Te espero en la subida del monte que está a la entrada del pueblo. No tardes, te esperaré allí siempre.”
El hombre que vendía huevos en Gotarrocío -que se llamaba Tomás- sabía que la nota no era para él, pero pudo más la curiosidad que otra cosa; así que a primera hora de la tarde, Tomás se escondió junto a la subida del monte que está a la entrada del pueblo: el monte se llama Tejeda.
Tomás esperó escondido durante un rato, cuando estaba a punto de marcharse vio que alguien se acercaba; era una chica, caminaba descalza sobre la hierba fresca, llevaba los zapatos en su mano izquierda; era más bien flacucha, su pelo caía a un lado de los hombros y caminaba cabizbaja tarareando una canción que no entendía. Se tumbó en el suelo, sacó un papel y un lápiz de la bolsa que llevaba y comenzó a pintar lo que veía. Desde el sitio en el que se encontraba, comenzaba a verse al sol aceptar la derrota de cada día: ella empezó a dibujar.
La silueta de dos piedras, a lo lejos, con la luz incidiendo tan abajo, asemejaba una pareja dándose un abrazo en medio de las montañas del fondo. Dibujaba con frenesí, como si le fuera la vida en ello. Sin darse cuenta de que a su espalda venía alguien... no era Tomás, que seguía agazapado, sino un anciano del pueblo que todos los días iba a ese lugar. Sabía que ella, Alba, estaría allí; era como un ritual para ella: todos los días subía al mismo lugar, porque allí es donde su amor perdió la vida. Cada tarde acudía allí este anciano, Albert. Era un periodista británico que se retiró y buscó un lugar tranquilo para vivir los últimos años de su vida.
Albert le acompañaba durante algunas tardes, de silencios compartidos con Alba. En el pueblo decían que estaba loca, tan sólo Albert hablaba con ella durante algunos momentos, ésos en los que Alba parecía recobrar la cordura.
El papel que Tomás encontró, emborronado, era una nota que cada mañana Alba escribía al alba. Albergaba la ironía de su nombre, que amanece eternamente aunque su corazón esté cegado por la oscuridad de la ausencia.
Alba lanzaba la nota al viento, que la llevaba a través del rocío permanente del pueblo mágico. Sin duda nadie sabía que Albert era el padre de Alba: la madre se llevó el secreto a la tumba.
Sus ganas de acompañarla en estos momentos, que sabía duros para ella -y de los que quizá nunca se repusiera- no tenían como razón su secreta paternidad, sino la repetición de la historia que el viejo sentía como suya. Pues también la madre de Alba murió y él la amó eternamente.
Albert pasó la mano sobre la cabeza de Alba, acarició su pelo y se marchó. Tomás seguía escondido, pensó en acercarse cuando de pronto la chica se levantó, cogió el cuaderno donde había dibujado, sus zapatos y siguió caminando descalza sobre la hierba. A Alba le gustaba sentir el frescor de la hierba en sus pies. Tomás se acercó despacio para no asustarla. Sin embargo, ella se sobresaltó al sentir su mano en el hombro.
La suavidad de su piel contrastaba con las manos bastas de Tomás, que a pesar de estar curtidas aún tenían suficiente sensibilidad para acariciar.
Alba se volvió y miró a Tomás; en su rostro se reflejó sorpresa, casi incredulidad. Era el rostro de su amado, a quien ella creía muerto desde hacía mucho tiempo. Los ojos se le inundaron de lágrimas, felices y llenos de amor.
Le abrazó sin decir una palabra, estremeciéndose entre aquellos brazos tantas veces deseados. Tomás no salía de su asombro; la mente enferma de Alba había imaginado a Tomás y allí estaba. Tomás pudo contemplar los ojos más brillantes, la mirada más dulce que jamás hubiera podido imaginar: estaban allí, frente a él. Alba decía: “¡Vaya! por fin la montaña escuchó mi plegaria. Te esperé durante muchos días, mira las gotas de rocío, aún no se secaron. ¿Sabes? son las lágrimas que he derramado por ti, me gusta pisarlas sobre la hierba, están frescas… ¡quítate los zapatos!
Tomás estaba muy callado, se descalzó y caminaron juntos sin decir nada. Él pensaba, no hacía más que pensar... Estaba confuso y sin embargo le parecía tan familiar estar allí, paseando con Alba al anochecer entre los pinos...
No la conocía, al menos eso le parecía, pero ya comenzaba a dudar. Quizá sí que la hubiera visto antes, quizá sí... Pero ¿por qué había cogido aquélla nota? ¿Qué impulso había seguido para llegar hasta allí? ¿A qué obedecía todo? Le parecía que nada era fortuito, que cada casualidad había sido algo previsto desde hacía mucho tiempo.
La memoria juega malas pasadas, pensaba si no era su amada y él no lo recordaba. Quizá los dioses se habían empeñado hasta entonces en negarle el recuerdo de la felicidad. Si no ¿qué explicación tenía haber llegado a esta situación? ¿Cómo explicarlo? Tomás acarició el rostro de Alba, la miró y le dijo: “Sabes...creo que siempre estuve caminando hacia ti sin saberlo, algo me trajo hasta aquí”.
Es una de las miles de historias que hacen de Gotarrocío un pueblo especial.
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