15.4.11

REVELIÓN

¡Bisagras de todo el mundo, uníos!

Era el grito de guerra pacífica en aquella revolución que se estaba viendo venir desde hacía mucho tiempo.

No podía ser que persistiera por más tiempo aquel absurdo. A este grito respondieron enfervorizadas no sólo puertas y ventanas, sino también algunas clases elitistas, como podían ser las verjas o similares. La respuesta fue abrumadora y la toma de conciencia se debió a la clase más sufrida, las bisagras dobles.

Durante muchos, muchísimos años, las bisagras, aun contra su voluntad, habían sido obligadas arbitrariamente a doblarse y desdoblarse, mostrando su interior sin más recompensa que algún portazo y claro, cuando se imponía una reforma en una casa, por ejemplo, no sólo se sustituía a las puertas, increiblemente también a las bisagras, con lo que esto tiene de injusticia, pues bien está que una puerta sea antiestética y se cambie (aunque también eso tenga algo de injusto), pero si las bisagras hasta ese momento habían cumplido con su misión ¿por qué cambiarlas, precisamente ahora que se habían acomodado perfectamente y se llevaban a las mil maravillas con la puerta (dentro de lo que cabe)?

Inexplicable una vez más la postura humana. Así se lo intentaron hacer comprender a los humanos innumerables veces las resignadas bisagras en revueltas pequeñas pero significativas, chirriando de vez en cuando, reclamando justicia. Pero no. Sus reivindicaciones eran acalladas con pequeñas concesiones para contentar a los disidentes, tales como echarles aceite.

La toma de conciencia de las bisagras de su condición tuvo lugar muy tardíamente, era una tradición la pérdida de identidad entre dos elementos tan opuestos como el marco -muerto e inmóvil siempre- y la puerta, tan vivaracha que incluso era agobiante.

En un principio se creyó que los acontecimientos iban a discurrir así: con la toma de conciencia, las bisagras más radicales resistirían los incentivos y acabarían sacrificadas inútilmente, derribando con ellas a las puertas o a las ventanas respectivas, tal era el abandono de la clase humana a estas bisagras en concreto; ante esto los humanos reaccionarían poniéndose más rígidos en sus condiciones y tendría lugar la guerra abierta y declarada.

Pero no fue así. Se equivocaron quienes lo predijeron, ya que al hacerlo pusieron sobre aviso a los humanos y entonces empezaron los sobornos, que al principio sólo aceptaron algunas bisagras materialistas; más tarde eso se convirtió en práctica generalizada y las bisagras cada vez vivían mejor: ahora eran plateadas o doradas, tan brillantes... incluso en ocasiones no eran escondidas y se les daba más realce que a las puertas, y el aceite, eso era lo que había perdido su ansia de reivindicaciones, ya nunca gritaban. Los humanos les daban aceite cuando intuían que podían empezar a hacerlo y acallaban así sus gritos antes de que éstos comenzaran.

Pero llegó el día de la movilización general, todas las puertas y ventanas y demás utensilios con bisagras se cerraron a cal y canto. La maniobra de sorpresa resultó espléndida, incluso al llamamiento se unieron las cerraduras, parientes lejanos pero íntimos de las bisagras. Los humanos estaban ahora desconcertados, en principio fueron incapaces de reaccionar y esperaban que las bisagras chirriaran pidiendo las mejoras deseadas, pero no fue así: estaban encerradas en sí mismas, la revolución era lo primero.

La reacción humana fue más sangrienta de lo previsto. En vista de la ausencia de diálogo, se sembró la muerte y la destrucción, las puertas y ventanas sucumbían por doquier como mártires de aquella infeliz revolución. Las cerraduras y las bisagras en ocasiones atacaron a los humanos (desesperados por la falta de comida, por la claustrofobia, por la falta de “libertad”) abriéndose voluntariamente cuando sobre las puertas se cernía un hacha o sobre las ventanas un martillo y cerrándose con todo el rigor posible en el momento justo, de tal forma que por parte de los humanos también hubo bajas (aunque menos cuantiosas).

La situación se agravó cuando las puertas y las ventanas, en la Comisión Conjunta de la Junta Revolucionaria, quisieron hacer valer sus privilegios “naturales”, porque según decían aquella revolución les incumbía menos que a las bisagras, además de que -siempre según puertas y ventanas- las bisagras eran meros instrumentos al servicio de las puertas y las ventanas, porque ¿qué iban a hacer las primeras sin las segundas y las terceras?, y no obstante esto, eran ellas quienes sufrían el mayor número de bajas.

La postura de las bisagras ante esta afirmación se radicalizó, llegando a oirse frases como que «puertas y ventanas no eran sino extensiones contingentes de las bisagras, sin las cuales ambas serían inútiles». La disensión fue tan grave que nunca se tuvo ya la unidad inicial tan necesaria para el éxito de la revolución.

En plena guerra dialéctica y material, surgió lo que se estaba temiendo y que sin embargo no se sabía por dónde vendría: el poder autoritario.

Los tornillos, muy hábiles y a los que se desestimó en principio por su superficialidad (aunque sus raíces eran hondas), habían llegado con sus reivindicaciones ante los humanos a los que exigieron y por supuesto consiguieron su propósito, que bisagras, marcos, puertas, ventanas e incluso personas estuvieran a su disposición, amenazando si no con llevar al suelo cerraduras, puertas, ventanas y todos los demás objetos de su jurisdicción. Por este bando consiguieron su propósito.

En cuanto al bando de bisagras, puertas, ventanas... a raíz de la escisión, las dos corrientes existentes -cada una por su parte- tuvieron que claudicar: las bisagras por miedo a ser arrojadas al suelo cuando atacaran a los humanos; las puertas y ventanas por miedo a los humanos y a ser perforadas en lo más íntimo.

En esta etapa se encuentra la Excelsa Revolución Contra los Humanos, de la que no podré seguir narrando el desarrollo porque los tornillos están por todos lados, amenazando de muerte. Su caudillo está en la bisagra del mundo y se ha prohibido toda comunicación que no sea oficial. Es el terror, pero ¿qué ocurrirá después?

HORGÜEL

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