15.4.11

BALE

Fueron penetrando pausadamente en la habitación, con la lentitud inapelable de las maneras de los hombres de negocios; aunque hubieran ido aplastando inocentes bajo sus pies no se habría notado, tal es su semejanza con las apisonadoras. Era una típica reunión-a-puertacerrada.

El que semejaba ostentar la presidencia tomó la palabra, mientras los cinco restantes se escrutaban entre sí con soslayo contenido y alguna mirada en fuga se detenía como por azar en el sillón vacío:

-Camaradas, ¿o debería decir compañeros?, el hecho de que estéis aquí sin conoceros de nada y sea yo el único punto de conexión tiene su explicación.

Se abrió la puerta principal, con el correspondiente efecto de miradas convergentes hacia el rostro rojizo de sudor y rubor; el joven vestido de negro se sentó en la silla vacía mientras miraba la sonrisa de la única persona que le resultaba conocida, quien volvió a hablar:

-Bien, como decía, os debo una explicación. Hace tiempo yo escribía regularmente en un periódico progresista, casi revolucionario; mis críticas corrosivas a las instituciones y a las deleznables ideas de represión me iban creando una fama creciente. Un día, mientras paseaba por un parque, se acercó un desconocido y me dijo: «Yo a usted le conozco», pero no con cara de reproche o aprobación, sino de urgencia. Casi se confundían unas palabras con otras al salir de su boca. No le entendí nada y me interesé por la prisa que le sobresaltaba. Le quedaba una semana de vida. Le pedí calma, pues le sobraba tiempo para hablar. Me dijo: «Sintetizaré. Sé que usted desea cambiar el mundo. Hay que hacer revolución. Reúna no menos de cinco personas como usted antes de un año. Cumplido ese plazo pásese por esta notaría y descubrirá cómo un puñado de almas puede cambiar el mundo. Buena suerte». Me entregó una tarjeta firmada ilegiblemente y se fue a todo correr. No he vuelto a verle. Hoy se cumple exactamente un año de la fecha en que ocurrió aquello y aquí tengo lo que esta mañana me entregó el notario.

Mostró un sobre con siete sellos de lacre, al tiempo que los asistentes se relajaban y se miraban a los ojos con aire complaciente; estamos entre amigos.

Cada uno de ellos quebró un sello de lacre y el que presidía la reunión hizo lo propio con el último; después, procedió a leer en voz alta:

-«Hoy es un gran día. Bienvenidos todos, desde ti, Caronte, que estás leyendo, hasta Sísifo y Psique; acabáis de entrar en la senda de los innombrables. Este es el primer documento de los que vais a poder tener noticia a partir de ahora. Sólo si todos los presentes acuerdan apoyo unánime y sin condiciones ni precios materiales al siguiente ‘Esbozo del Nuevo Mundo’ podréis seguir adelante en la senda de la luz».

Miró a todos los presentes que, quien más quien menos, aprobó con la mirada para que Caronte siguiera leyendo.

Fueron penetrando pausadamente en la habitación, con la lentitud inapelable de las maneras de los hombres de negocios; aunque hubieran ido aplastando inocentes bajo sus pies no se habría notado, tal es su semejanza con las apisonadoras. Era una típica reunión-a-puerta-cerrada.
El que semejaba ostentar la presidencia tomó la palabra, mientras los cinco restantes se escrutaban entre sí con soslayo contenido y alguna mirada en fuga se detenía como por azar en el sillón vacío:
-Camaradas, ¿o debería decir compañeros?, el hecho de que estéis aquí sin conoceros de nada y sea yo el único punto de conexión tiene su explicación.
Se abrió la puerta principal, con el correspondiente efecto de miradas convergentes hacia el rostro rojizo de sudor y rubor; el joven vestido de negro se sentó en la silla vacía mientras miraba la sonrisa de la única persona que le resultaba conocida, quien volvió a hablar:
-Bien, como decía, os debo una explicación. Hace tiempo yo escribía regularmente en un periódico progresista, casi revolucionario; mis críticas corrosivas a las instituciones y a las deleznables ideas de represión me iban creando una fama creciente. Un día, mientras paseaba por un parque, se acercó un desconocido y me dijo: «Yo a usted le conozco», pero no con cara de reproche o aprobación, sino de urgencia. Casi se confundían unas palabras con otras al salir de su boca. No le entendí nada y me interesé por la prisa que le sobresaltaba. Le quedaba una semana de vida. Le pedí calma, pues le sobraba tiempo para hablar. Me dijo: «Sintetizaré. Sé que usted desea cambiar el mundo. Hay que hacer revolución. Reúna no menos de cinco personas como usted antes de un año. Cumplido ese plazo pásese por esta notaría y descubrirá cómo un puñado de almas puede cambiar el mundo. Buena suerte». Me entregó una tarjeta firmada ilegiblemente y se fue a todo correr. No he vuelto a verle. Hoy se cumple exactamente un año de la fecha en que ocurrió aquello y aquí tengo lo que esta mañana me entregó el notario.
Mostró un sobre con siete sellos de lacre, al tiempo que los asistentes se relajaban y se miraban a los ojos con aire complaciente; estamos entre amigos.
Cada uno de ellos quebró un sello de lacre y el que presidía la reunión hizo lo propio con el último; después, procedió a leer en voz alta:
-«Hoy es un gran día. Bienvenidos todos, desde ti, Caronte, que estás leyendo, hasta Sísifo y Psique; acabáis de entrar en la senda de los innombrables. Este es el primer documento de los que vais a poder tener noticia a partir de ahora. Sólo si todos los presentes acuerdan apoyo unánime y sin condiciones ni precios materiales al siguiente ‘Esbozo del Nuevo Mundo’ podréis seguir adelante en la senda de la luz».
Miró a todos los presentes que, quien más quien menos, aprobó con la mirada para que Caronte siguiera leyendo.
-«¡Persignarse tras las cortinas, astutas beatas!
Mientras infinidad de inocentes se restriegan en la inquietud,
los monstruos inexistentes usan palillos, que sirven
tanto para limpiarse los dientes, o torturar por las uñas,
o atravesar niñas, inocentes de ojos, rosas de alma, de pulmones y
de vestidos los domingos, en la misa matutina.
¡Arrastrarse sobre las ojivales ventanas, monumentos inmóviles!
El espacio no será un salvavidas para las vidas desastrosas,
ni las flores perecerán cabizbajas expiando culpas ajenas.
Puede creerse que el descanso vendrá gratis en las chucherías
cándidas, en los tristes carros de la noche ciega,
pero es una equivocación.
Quinientas sacerdotisas son nada en comparación con nosotros,
que ahora juzgamos tres almas en contubernio. Somos
invencibles e incuestionables. Nuestra absolutez se basa
en la relatividad con la que inexistimos, pero no
servirá como excusa. Hay que sufrir, porque nosotros
también sufrimos en la caverna y estamos ciegos ante la piedad.
Sólo intentando un suicidio gaseoso y escondido,
los topos podrán sustraerse a nuestra legalidad injusta.
Dichos problemas son nimios en la balanza de la buena vida,
se trata tan sólo de la dimensión de las paredes,
en las que oníricos mensajes resbalan manchando
un terciopelo carísimo, pero que sólo se ve picoteando aceras,
arrastrando cadáveres que se dejan en las estrellas
jirones de piel sangrante y azulada.
Es sabido cómo inexorablemente aplicamos códigos hasta que
suena un despertador y nos diluimos en café y tostadas,
en nudos de corbatas que persiguen
sexos femeninos con la avidez frustrante de quienes ven la vida
como una factura.
No hay peligro para nadie, se nace, es sabido, cuando se abandona
el tibio lecho, en el que se sufre, se goza y se muere. Por eso esta noche
que calibramos no es más que muerte desangrada en camisas
blancas que se desparraman en una silla, a la vez que unos camisones
gritan ¡culpable! y se ríen con lazos de memorias retorcidas,
donde aguarda repetirse la primera noche de placer y
dolor dulce, recónditamente guardado durante siglos de relojes y muslos».

Rostros extraños se dibujaban alrededor de la mesa.
-Bien, vosotros diréis. Os recuerdo que se mencionaba antes la necesidad imperiosa de adhesión unánime e incondicional al documento; eso sí, cada uno lo entiende de una forma y es necesario el apoyo a lo que se entiende, es decir apoyo subjetivo para un entendimiento subjetivo, ¿de acuerdo?

-¿No habría que elaborar unos puntos comunes y decidirse acerca de ellos? -habló Sísifo en versión democrática.

-Así se eliminaría la subjetividad y no me parece conveniente -dijo Psique que convenció a Sísifo con el movimiento de sus pestañas como beso de mariposa, más que con sus palabras.

Se hizo un silencio aprobador y Caronte, arqueando las cejas, esperó unos instantes a que alguien contradijera lo que no había sido dicho; por lo tanto, habló:

-Entonces, hay acuerdo.

Balanceos de cabeza en sentido vertical, como para eliminar el tedio a través de la curiosidad. Nadie se opuso.

En ese momento el teléfono sobresaltó apenas, casi nada, la reunión. Atendió Caronte, por supuesto y su rostro se fue transformando blanquecinamente. Cuando colgó, el estupor pendía de su maxilar inferior.

-El segundo mensaje está a punto de llegar.

Se abrió la puerta y un conserje le entregó un sobre lacrado siete veces. Se repitió la operación con manos temblorosas.

-«Este es el último mensaje; si como habéis demostrado estáis dispuestos a darlo todo por la revolución, es imprescindible que en el plazo de un año cada uno de vosotros convoque una reunión como esta en la que estáis, pero sin asistir a ella. Vuestra misión es la misma que la mía: sacrificaos para llevarla a cabo. Debéis hacer exactamente lo mismo que he hecho yo y escribir exactamente lo que habéis leído. Cuando le hayáis comunicado cada uno de vosotros a una persona lo mismo que yo le comuniqué a Caronte, os quedarán exactamente siete días de vida. Si antes elegís a la persona adecuada, antes sigue adelante la revolución, pero también antes moriréis. Ése es el precio de cambiar el mundo. Si alguien se arrepiente de la adhesión que ha prestado hace un momento, tenga por seguro que no saldrá vivo de este edificio. Ya habéis tenido oportunidad de comprobar la eficacia con la que actúa la organización que se ocupa de los nimios detalles materiales.

Llegará un día en que el mundo entero quiera cambiar el mundo: es la verdadera revolución, la única. Hasta entonces, seamos discípulos humildes de Cicerón: ‘Esperemos lo que deseamos, pero soportemos lo que acontece’. VALE».

L’HONDON

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