15.4.11

MINEROS Y ESFINGES

Érase una vez un hombre que vivía entre piedras negras, hurgaba en las entrañas de la tierra y sufría una ceguera artificial; érase un minero con vocación de amante del planeta, a quien gustaba penetrar en el interior de quien le dio la vida... sin embargo se debatía en un dilema: la necesidad de luz natural (tan querida para quien se siente unido a todo lo que le rodea) y el afán de penetrar en lo más profundo de las cosas (investigar la realidad nos lleva en ocasiones a su parte oscura). A lo largo de su existencia, el descubrimiento de la vida había ido llevándole a partes iguales al desengaño y la ilusión, mas en su última época descubrió una magia nueva: compartir las dimensiones oníricas de su entorno gracias a un alma complementaria, a la par que gemela. Ella era para él, en fin, todo.

Así, la lucha cotidiana por la supervivencia (material y espiritual) había recibido un aliento antes nunca imaginado... para él ahora las cosas adquirían una nueva dimensión, algo así como un destello de luz que nos hiciera apreciar detalles que no habíamos percibido en los objetos que cotidianamente nos rodean. Cuando compartía con ella el mundo exterior, se sentía impulsado por un motor interno que le llevaba lejos, volando imaginariamente, hasta paisajes cuya ternura sólo era comparable al tacto de la mano que compartía su visión: la de ella era suave como una primavera, adolescente y sin edad, como el curso de un riachuelo cantarín entre la hierba y los rayos del cielo, irisando cada gota de color. Cuando bajaba hasta su trabajo, al pozo donde la fe se disipa entre sudor y nubes de polvo mineral... en el fondo jugaba con la materia, buscaba los rizos de su pelo entre las vetas de aquel claroscuro de luz artificial, que hacía acudir a su memoria, su mente y su vista paseos inolvidables por parques, pueblos y atardeceres dorados. Allí, bajo el manto acogedor y vengativo de una tierra agradecida y resentida contra quien le arranca el corazón, inventó una nueva forma de recuperar la presencia de su amada en los instantes que el cuerpo desfallece. Con su martillo hidráulico, tensando los músculos y apretando la mandíbula, esculpía sobre las paredes de las galerías el rostro de quien habitaba su corazón.

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