A Ella. A Ti
Hay mujeres que son más dulces que su mirada; otras, en cambio, no poseerían dulzura sin sus ojos.
Conocí hace tiempo a quien ahora provoca estos pensamientos. Al principio no pensé que fuese a cobrar tanta importancia en mi vida. Para ser sincero, he de confesar que al principio no tuve conciencia de haberla conocido.
Fue uno de esos encuentros casuales que sólo el paso del tiempo consigue agrandar hasta convertir en un suceso colosal. Hablar de «tiempo» no es exacto, ya lo sé, pero no quiero perderme en marañas conceptuales que sólo consigan enredarme. Espero ser comprendido sin la necesidad de estas aclaraciones.
Recuerdo la primera vez que la vi. Yo estaba de paso en una ciudad (no recuerdo cuál); componente de una excursión organizada. Me invadía una especie de hastío, como si todo pudiera saberse antes de experimentarlo o no hubiese nada nuevo, ni el sol.
Con esa sensación y la del peso de mi equipaje, me acerqué al viejo puente de piedra para contemplar el agua gris, siempre atractiva.
Ahí me pierdo en la memoria. Nos cruzamos en la calle y su mirada se clavó en mis ojos, casi con provocación. Quizás era el único modo de captar mi atención. Sé que hablé con ella y me contó mil historias de su risa, pero no soy capaz de recordar más; tampoco me inquieta. Nos despedimos. Conservo el calor de su mano, aunque no llegamos a tocarnos. Era el principio de la guerra, del amor.
Me fui, henchido de ilusión, a buscar otros parajes, pero sin saberlo. Yo pensaba que aquella mirada no tenía nada que ver con lo que ocurrió más tarde.
Desde entonces las cosas no han sido fáciles y cada vez, estoy seguro, nos encontramos más cerca. En otra ocasión -cuando era famoso- vino a entrevistarme, mas con el disfraz de un rostro diferente. Con sus preguntas fue capaz de exasperarme, por no comprender cómo mi pensamiento podía liberar su incomprensión. La amargura de mi paladar sólo es comparable al sonido del portazo con que la despedí. Contemplando su espalda, eso sí, adiviné su sonrisa irónica y ladina. Quería verme fuera de mis casillas, y cuando saqué medio cuerpo por la ventana para gritarle que había descubierto su táctica, ya se hallaba a años-luz de mi intelecto.
Al principio parecía limitarse a algunas apariciones inverosímiles cuya inexplicabilidad sólo podía desembocar en ella. La imaginaba riéndose a solas...
En la época posterior, cuando me sumergía en los libros, encontraba también en ellos esa mirada. Pero eso lo sé ahora. Pensaba que era sólo un personaje de una novela, inexistente y apetecible, pero sólo un personaje.
Recuerdo cómo fue capaz de entrar en mí hasta convertirse en el más mullido habitáculo de mis noches. Aún no sé si fue coincidencia o regalo, pero conservo la musicalidad de su voz. Sí, sí, su voz. No miento. La tengo aquí, en la mesilla. ¡Ah! Si pudiera hacérosla escuchar... comprenderíais.
¿Y en el extranjero? Seguirme hasta allí fue una osadía, pero no cabía duda, era ella. Estar en un sitio donde sabía que sólo iba a estar un rato, colocarse en el lugar adecuado y mirarme; siempre me mira, no sé si lo he dicho. Tenía que ser ella, para poder provocarme así. Aprovecha las ventajas que le otorga su inexistencia (en el sentido «clásico» del término) para utilizar recovecos sorprendentes a mis ojos.
El paso del tiempo fue abriéndome los ojos, paulatinamente. En cada ocasión que nos encontramos fingimos no reconocernos: eso nos otorga un tesoro cómplice cuya espiral no tiene fin. Por supuesto, hace tiempo ya he comprendido que se trata de un juego, y me gusta. Sobre todo porque así tenemos que arriesgar más cada vez, los dos. Pero eso es lo de menos; ¿qué puede importarme la muerte si conozco su ausencia?
Tengo ahora delante de mí un retrato suyo que me hizo llegar de una forma curiosa. Pretende escandalizarme, ya os habéis dado cuenta. Es decir, provoca que al contemplarme me escandalice de mí. Y sabe cómo lograrlo. En esta ocasión, con la excusa del suelo, me regaló su foto. Para mí un periódico tiene dos funciones: una, envolver el pescado (besugo, principalmente); la otra, extenderlo en el suelo húmedo para que nadie lo pise. Colocó su retrato alrededor de unos zapatos que yo tenía para arreglar, y así me sobresaltó. Una función del papel amarillo que no conocía; pero, siempre buscándome las cosquillas, en la fotografía tiene los ojos cerrados y se ríe de mí mientras brindamos.
Ésa es una de las que más me gustan; tengo muchas, y cada cual con diferente rostro pero siempre su mirada. Es tan coqueta como lo sería yo si fuese ella.
A esas alturas ya los libros no me satisfacían, porque habían cumplido su misión: hacerme ver que también es real lo que no existe. Sus consecuencias en la realidad son tan grandes…
Antes de que se me olvide, voy a contar cómo una vez casi rozó el límite. Me conoce suficientemente, y sabe que la evoco mejor con las nubes del alcohol, o la neblina del tabaco. En aquella ocasión casi me hallaba inconsciente cuando se puso a caminar junto a mí y me pidió que la acompañara, para buscar a otro. Típico de su táctica, pues sabía que a la mañana siguiente no sería capaz de rehacerla ni con retazos de resaca; consiguiendo hacerme respirar su éter sin poder explicarlo.
Sus disfraces favoritos, sin embargo, son más equívocos. Casi siempre aparece como novia de un amigo; o chico con apariencia de mujer. En ambos casos no sólo me lleva a terrenos «prohibidos», además me hace pisarlos descalzo.
No es necesario que diga: «anhelo el día que esté siempre conmigo», pues además de ocurrir ahora, sé que ese día no llegará. Es, por tanto, una delicia su compañía. Temo sólo escribir, y aunque habita estas líneas encontrarla de nuevo está tardando demasiado. Pero el sabor de una comida, o un bosque, incluso la televisión, son capaces de traerla. Diré más: dibujo, melodía, crepúsculo, viento, rechazo, sexo, desilusión, sabroso, texto, fracaso, ventana, domingo... cualquier vocablo es su sinónimo.
Me pregunto (sin querer saber la respuesta) por el motivo que un día te hizo bajar del ejército angelical y esperarme en el puente de aquel sueño.
¿Descubriré tal vez que eres mi disfraz escondido tras los espejos? Es mi única esperanza.
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