Para Alfonso
«Vengan a ver...», y Lusía -dehándose yevar por la inersia- continuó shamuyando el tango para sí. Sólo siseaba la letra, como yamando a quien -sin saberlo- yevaba esperando toda la noshe. Se le asercó un compadrito bien paresido que le diho a la orehita, muy quedo:
-Turrita, ¿querés marcarte vos esta piesa commigo?
Y tras la frase le dio un mordisco suavesito en el lobuliyo. Todo el veyo del cuerpo se le puso a arder en un segundo. Le miró a los ohos y vio el guiño, entonses él lo sabía, el volcán en erupsión que sólo él le abía sabido despertar no era extraordinario sino para eya. «¿Y qué?», se diho. «Soi yo la que gana en eyo». Cuando le vio el rostro y reconosió al más pendensiero de los que en ese momento paraban en lo de Hansen, vino el escalofrío. El latigaso de su cuerpo arrohó sus pobres uesos en los brasos del bacán.
-¿Pero sabés bailar, Sebastián?
-Así me conosés. Calsate bien la poyera, que vamos a enseñar al malevahe cómo se simbrean los amantes.
Casi se arrastraron mutuamente al torbeyino sexual, se susedían los cortes en un frenesí extático, y las quebradas no las abría mehorado el propio Vasco. Algunas lusesitas de colores lograban yegar a los ohos de Lusía, sumerhida como se ayaba en unos brasos que prorrumpían estreyas. Pero eya también bailó como nunca, ¡a saber qué fuersas estaban tras aqueya piesa! Rosendo les miraba de tras el piano con una admirasión que ninguno de los dos podía apresiar, tan ebrios de sus propios efluvios.
Ni oyeron los aplausos ni volvieron hamás a bailar de la misma forma. Mientras bebían unas grapas y selebraban hadeos felises, se les yenó la boca del otro, se comían como posesos, igual que asía un momento bailaban. Aqueya noshe isieron el amor, inventaron amarse.
Después Lusía conosió sin comprender la violensia del masho, animal en su cariño y en su odio. Temía perderle: temía lo más fásil, lo inevitable. Sabía que cualquier día otro cumpliría en él las amenasas que él pronunsiaba contra eya. Sabía que cualquier día él no volvería a reclamar las ganansias para después gastarlas en timbas y bacanales, con pendensieros como él. Sabía que cualquier día deharía de mirarla porque se la sabía ya de memoria.
Mireya contemplaba a Lusía desde un rincón [Dejo la pluma un rato, como si yo pudiera desde mi piedad decidir que dure un poco más la chispa de Lucía, su felicidad. Es la única que conocerá en su vida, en esa porqueriza de sinsabores que es su vida. Prolongo ese éxtasis, busco un rebote de ese brillo ínfimo en medio del universo. No sé si puedo. Lucía lleva diez años esperando la vida en unas líneas de mi libreta amarilla, borrados ya los trazos de lápiz que también han ido marcando mi vida. Somos viejos conocidos. Ella nació vieja en su mente porque mi mente así lo quiso. Ahora nace. Ahora muere inmortal en el papel. Es la víctima de una apuesta con Alfonso; sin esa apuesta, la desidia de mi mano la habría condenado al limbo. Viene a sufrir en las pinceladas estáticas con que la pinto en medio de su felicidad, ¡eironeia! Decido su sino, pero no soy yo; ella no podría ser de otra manera. Sin desdicha, ella no podría ser.] del cabaret, inundado de umo rohiso nasido en los sigarros apasionados. Todos apurando la vida, Mireya también. Está viendo las arrugas en la piel del alma de Lusía, ya derretida en angustias del presente. La conosió sinco años atrás, poco antes de «su baile» con Sebastián: era losanía en ebuyisión, era la huventuz esha beyesa; la mala vida no podía arrebatar a la vida una sonrisa. Desfilaban los ombres dentro de eya sin que los sintieran más que el bolsiyo o el dolor de los pies tras bailar toda la noshe en la academia. Aora, desesha por el amor, cuando fue en-amor-(h)ada.
Mireya no se pregunta cuánto, sino de qué vale el amor: si somos sus marionetas, porque no puede evitarse el desasosiego en la vida; si desembocamos en él buscando estabilidad a la vista de las mediocres familias desentes; o si lo buscamos a denteyadas para salvarnos de nosotros mismos. Se lo pregunta cuando siente la mano de su ombre entrando en su consha, violándola sin avisar, y le espeta:
-Sos igual de ijueputa que Sebastián.
-¿Qué pasa, loca? ¿También Sebastián te ase esto?
La mano del ombre encuentra aora el rostro de Mireya con violensia, pero abandonemos ese recodo del camino...
Lusía, briyaba en la época que las muheres estrenan vida; se veía briyar en aquel pasado esplendor con una sonrisa burlona y autocompasiva, sintiéndose así como una vieha. Lusía tiene muy pocos años, es posible que menos de veinte, pero sus arrugas no son físicas. Hay cosas que arrugan el alma, y la vida es una de eyas; tan sierto es ese futuro como es imposible que pueda existir un amor artifisial. Después vendrá la muerte (o antes), a Lusía se la yevará el romántico mal de Margarita Gotier... pero ¡qué más da! Seguirá la inhustisia, porque «esa igualdad ante la muerte que pregonan los pensadores y cantan los poetas, se parese demasiado a la igualdad ante la vida que prometen los políticos». También Lusía se a visto rodeada de revolusiones sin sentido, también a sentido el ambre y su rencor, que vienen con la sed de hustisia.
Para eya siempre a sido demasiado tarde, y aora sólo puede soñar en do menor.
«Fueron hace mucho las románticas proletarias del amor. La noche les puso nombres con seducción de insulto: paicas, locas, milongas, percantas o grelas. Era frecuente verlas al alba desayunando un chocolate con churros en la confitería Vesubio de la calle Corrientes. Salían de trabajar a esa hora del Chantecler, del Marabú, del Tibidabo, con un arranque loco de Madame Bovary de Barracas al Sur se jugaron la vida a los tangos. Alguna se enamoró de aquel bandoneonista y por amor ganó. Para otras la derrota fue mucha: terminaron atendiendo los guardarropas de damas de esos mismos cabarets.
Acaso se fueron todas juntas un día como si fueran una pequeña y extinguida raza con ojeras. Este tango relata la última de las grelas, descubre su definitivo paso fantasmal sobre el asfalto recién amanecido de una Buenos Aires espectral, y lo cuenta así:
‘Del fondo de las cosas
y envuelta en una estola de frío
con el gesto de quien se ha muerto mucho
vendrá la última grela fatal, canyengue y sola,
la que andó (sic) entre la pampa tiniebla de los puchos
con vino y pan del tango dulcísimo que Arolas
callara junto al barro cansado de su frente.
Le harán su misa rea los fuelles y las violas
llorando a la sordina tan misteriosamente.
Despedirán su hastío, su tos, su melodrama
las pálidas rubiolas de un cuento de Tuñón
y atrás de los portales sin sueño las madamas
de trágicas melenas dirán su extremaunción,
y un sordo carraspeo de esplín y de macanas
tangueándola en el alma le quemará la voz
y muda y de rodillas se venderá sin ganas
sin vida y por dos pesos a la bondad de Dios.
¡Qué sola irá la grela tan última y tan rara!
Sus grandes ojos tristes trampeados por la suerte
serán sobre el tapete raído de su cara
los dos fúnebres ases cargados de la muerte.
Despedirán su hastío, su tos, su melodrama
las pálidas rubiolas de un cuento de Tuñón
y atrás de los portales sin sueño las madamas
de trágicas melenas dirán su extremaunción.’»
Susana Rinaldi
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