Al Marqués de Argüébanes
Iba a toda prisa, pero sin huir. Al llegar al puente de madera vi su inmensa figura, mirándome fijamente. Me sobresalté. Aleteó un instante la gabardina marrón (quizás fuera el viento, o su sombrero) y se desmoronó como un edificio, los ojos en blanco. Después el remolino de gente -quién sabe si queriendo ganar su favor o desinteresadamente- y las caras de película, negando. Mi grito se confunde con el rumor de los pueblos, como mi blanco vestido salpicado por el cadáver al caer al barro. «Murió por tragarse un paraguas». Su bigote y mi dentadura también se reflejan en el azul de los recuerdos; llevo en los ojos ese momento, y una sensación que sólo he sentido: yo: tenía un paraguas en la garganta.
Posiblemente el texto anterior no signifique nada para quienes nunca estuvieron al corriente de los hechos; me corresponde arrojar luz sobre un asunto que lleva demasiado tiempo siendo silenciado. A quienes no sean de por aquí, quizá les sorprendan las costumbres del lugar... Lo cierto es que yo conozco los hechos, y voy a hablar aunque nadie me escuche, aunque me cueste la vida.
El texto forma parte de una serie de artículos publicados en la prensa local, cuya intención era desenmascarar la sucia trama de corrupciones y sobornos que el cacique de la gabardina engordaba cada día. Desde hacía siglos había sido así, sin importancia ni trascendencia. Simplemente le gustaba y a nadie le importó nunca.
Hay algo imperdonable: la pureza de ella, sinceridad, su dulce voz; la blancura de sus pensamientos, sus intenciones acariciadas en limpia mente, y unos ojos azules que sólo tenían amor para su novio. No era valiente, se refugiaba en él para poder luchar contra el mundo, y sólo yo conozco su ternura. Tenían un cachorrillo que ella salvó entre las manos de una muerte segura. La luz del trabajo caía sobre sus noches, aunque no hubiera respiro para su alegría.
Se sabe de lo sórdido cuando aparece su opuesto y se contrastan. Así surgió el escándalo. Yo no digo que haya un bigote cruzando labios lampiños cada noche, ni quiero interponerme en los dos placeres que así se encuentran. No hablo de delitos o moral, sólo digo cómo son las cosas, si hay quien no tenga cauterizados los oídos.
La lluvia resuena en la provincia, rebota en balconadas herrumbrosas, cristales rotos y trabajos cotidianos. No hay justicia que valga, o dolor cuyos alaridos penetren las fallebas; esa vez el mecanismo funcionó, un yunque para romper la albura. No se sabe quién fue. Tan oscuro era todo que ni el verdugo veía su propio rostro: no hay culpable.
Sólo se sabe la boca.
Hay conciencia: hubo violación.
Todo volvió a su cauce, porque desaparecieron los contrarios. Si no hay playa todo es mar. Aquel día evaporó un color, aquella noche hizo imposible ya cualquier amanecer, incluso una luna llena.
Como ciegos, los habitantes volvimos a poblar la noche perpetua. Si alguna vez murió el cacique de gabardina y bigote, ya nadie lo recuerda. Nadie se lo recuerda al cruzársele en la calle. Sólo está la reverencia (un atavismo) como esas costumbres ancestrales que conducen millones de labios puros a contaminar un fetiche, mojándose así de microbios sin dueño.
No hay comentarios:
Publicar un comentario