A la memoria de mi hermano José Manuel
(todo potencia y único acto puro: el amor)
A Silverio Lanza
Se levantó a las 12 en punto, como todos los días, porque es la hora en la que los ángeles con alas de plomo suelen desperezar su inexistencia.
Lo primero que hizo fue acercarse al frigorífico buscando agua fresca -es el suburbio de los desposeídos-; cuando abrió la puerta de éste, vio un cartel, enmarcado como si fuera un cuadro de verdad o de Van Gogh, que rezaba:
Todo lo que hace el
hombre son dos cosas:
describir la vida o disfrutarla.
Recordó sin saber por qué la frase del filósofo más insigne: después de la séptima cerveza, las jarras parecen dedales. Y como era su pensamiento metafísico de la noche anterior -aparte de desear a la camarera- y además allí no había agua ni mujeres desnudas, cerró la puerta y abrió el buzón (el congelador) donde también rezaba un cartel:
¡Y tú, todavía te
dedicas a des-
(es)cribir!
La perplejidad no tenía nada que ver, y cogió un cangrejo del congelador; en ese momento apareció un funcionario y le susurró al oído: «No es surrealismo, es otra cosa». Por supuesto, le amenazó con el cangrejo de espantar funcionarios, al tiempo que calibraba la semejanza de vocablos joya/poya; decidió echarse la siesta a pesar de los amantes caducosarnosos y la infanta subnormal. Se sabe desde Paracelso: el mejor antídoto para el absurdo es la resaca. Cuando volvió en sí, las francesas apetecibles -pocas- ya estaban en la pecera; soñó, no obstante, que Shakespeare fue la fotocopia de Cervantes, su esquizofrenia; ¿o fue al revés? De todas formas un sueño aburrido que se fue con el humo del primer cáncer.
¡Armonía! Todo canta en plena noche.
Volvió al suelo (las andadas... baldosas) y comprobó el número de estúpidos: 1, 2, 3... ∞. Estaban todos.
Una maría.
Y sangrienta.
A estas horas...
Perfecta.
Se bebió los versos en el globo de los hermanos Montgolfierd -por cierto, fue el mismo que se pinchó con la torre Eiffel, no sé si ya lo he dicho-, y con ello archivó la posmodernidad al cabo de 100 años de no haber bebido, que ya está bien, creo.
Encontró, debajo de una «famosa» alcachofa la fórmula de la virginidad:
PV = C + D - √I
Donde:
PV = Precio de la Virginidad.
C = Corrupción.
D = Disfraz.
I = Inocencia.
√ = Esperanza.
Sustituyendo las variables constantes, el resultado era, evidentemente, la luna. Pero no la llena, como creen los poetas, sino la vacía, la nueva; toda virgen necesita algo nuevo para poder hacerse viejamente suya. ¡Ah!, el amor propio; el más gil de todos los monstruos nunca sabrá que Dios es el temor de no haber nacido, la poiesis precoz.
Recordó al sacarse un moco y pegarlo en la televisión el tiempo que estuvo en el último bar esperando a que le sirviesen: 20 minutos, lo cronometró; otra vez esa sensación de no existir, no ya por el camarero que fregaba vasos mientras canturreaba y tarareaba. Incluso un conocido que estaba dentro del lavavajillas, ni siquiera le saludó.
Mas al fin el alcohol reparador.
Volvió al presente de subjuntivo al cortarse el dedo en la freidora mientras licuaba la picadora (perdón, la naranja) con el ordenador. En otra ocasión se había cortado el dedo ortopédico cuando estaba en garantía; ahora había sido la nariz por culpa de la miopía que no le curó el oculista, pues cuando era niño le hacía leer muy de cerca el pedagogó (¡uy!) y por eso consultó al ministro que le recomendó un dedo ortopédico para leer en Morse -casi tan bueno como una calculadora-, y los círculos se cerraron en su nariz (quizás el «big bang» de otros tiempos). La sangre le hizo sentirse tan desnudo como una casa derrumbada en cuyos muros se conserva el papel pintado del dormitorio entre escombros (nadie lo vio nunca más que tú y yo, cariño), o la peluca del sesentón por los aires gracias a un torbellino... prueben a ver desnudo a un antepasado suyo; o apriétense el glande hasta el violeta gangrena; mejor aún, córtenle una oreja a su hijo y comprobarán esa sensación subiendo desde el bajo vientre (¿por qué precisamente desde ahí?) y aturde las meninges, prueben.
Una chica de 17 años, ni más ni menos, penetró en sus sueños de vigilia; la inocencia por perder en lo que luego será un mar de dudas...
Ideas como burbujitas -apariencia de verdad rellena de nada- le llenaron la mente al ver un perro defecando en las faldas de su dueña (en las paredes). Deseos de extravagancia la noche anterior, recordó -robar alcantarillas, o lápidas, o timbres- y hoy la reinserción por vía fisiológica: vida normal de un borracho. ¿Y el psicoanalista? En el espejo, otra vez. Barba, espinillas (obstáculos del arado) y muchas ojeras, 315 ó 792.
Al filo de las cinco, la humanidad había reventado. Daba igual, porque él y yo, desnudos -somos el mismo, ¿vale?- nos habíamos dormido a media masturbación, con la mujer perfecta entre las piernas/neuronas.
Al salir a la calle otra vez, doce horas después, pesadilla histórica; narro (pirandelliana-mente):
él (y yo) solo por la calle -fumando, claro- se encontró una multitudinaria manifestación de cinco o seis personas; al grito de «¡a por él!» se abalanzaron y tenía rota la mandíbula y las dos morales -pública y privada- cuando pudo preguntar:
-¿Qué queréis?
-Matarte.
-No me parece mal. Pero sólo dadme una razón.
-Lo nuestro no es la razón; tu muerte será irracional. ¡Viva la Muerte! ¡Viva la Nada!
-Si es así, dejad que me una a vuestra causa antes de morir.
-Sea, pero sabe que al nacer ya estás muerto. Ven.
Y la manifestación se hizo ingente, de seis o siete personas.
Estuvo gritando al vacío durante lustro y medio, lo justo para ser consciente; después pudo ser otro y escapar. Su estratagema fue la de la chaqueta (o sea, la mía).
Corrió como el que menos -como quien en el sueño corre al ser perseguido por un toro- hasta llegar a la inconsciencia de conducir un automóvil.
De hecho, aún sigue corriendo.
(CONTINUARÁ, PALABRA DE BOY-SCOUT)
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