"La vida es eterna en cinco minutos"
Víctor Jara
A mis padres
No comprendo la distancia; conozco su doloroso funcionamiento, sí, pero se me escapa la razón de su existencia. Cotidianamente pierdo pensamientos en las grietas de la madera tan ajada; hago girar una rueda invisible para evitar la demencia. Sé que sólo puedo hurtarme al tiempo si hago pervivir una ilusión imposible. A mi alrededor batallas, colores de sangre y una infinita lista de metales. Sé mi destino; sé lo que busco; conozco a quien amo.
Sería una epopeya, su amor infinito y diario entre una India en llamas, si alrededor no estuviesen todos empeñados en hacer de la muerte la protagonista cotidiana.
La inverosímil conjunción astral, el juego del tiempo, ríos metálicos y artificiales yendo a encontrarse con sus afluentes. Hay que buscar, rastrear en el caos la posibilidad de un encuentro. Cada día más difícil, esquivando el odio a los amantes: la vida sonríe sádica, insatisfecha, inventando trampas. Es una hipócrita condolencia cuando desaparecen; vida y amor se odian: no es de otra forma.
Ella corría a la salida del trabajo, corría con la boca abierta para llegar antes; y porque era el único sol que podía tomar su corazón. Después, ya en el tren, intentaba rastrear entre las telarañas del sueño imposible: su primer encuentro, su primer beso. Imaginaba la silueta de su amado: vestido de blanco, barba y turbante en el equilibrio de su rostro. Estaría sentado, con las piernas cruzadas ante él, agarrando las sandalias: mirando al infinito, buceando la silueta de ella entre todas las siluetas, buscando su amor entre los amores, gozando su recuerdo entre todos los recuerdos.
Él no puede moverse en su busca, algo lo impide; ella no puede quedarse con él, sólo ir a abrazarle y volver. Así todos los días. Son ocho horas de trenes que coinciden o no, de transbordos aleatorios entre bandidos, soldados, asesinos. Ella lleva su amor guardado entre las manos, como un tesoro: cuando se ven rompen a llorar, ella lo descubre y les ilumina el tiempo justo del abrazo, un abrazo tan corto que funde el alborozo del encuentro con la trágica despedida. Por eso las lágrimas de los amantes son agridulces; no saben cómo ser: para ellos encuentro y despedida son lo mismo, como amor y ausencia. Su amor son cinco minutos al día zozobrando entre horarios de violencia; alrededor la muerte les cerca, impotente, sabiendo que ella tiene las manos llenas.
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