13.4.11

ABRIGOS DE PIEL

Al Ministerio de Educación y Ciencia

«Cuando salí de Cuba dejé mi vida, dejé mi amor, cuando salí de Cuba dejé enterrado mi corazón », cantaba Felipe al tiempo que se ajustaba la pajarita en su cuello, recién afeitado. Se miró al espejo.

-Vamos, date prisa, que llegamos tarde -le dijo su esposa. -Luego siempre decís que somos las mujeres quienes perdemos el tiempo.

-Ya he terminado. ¡Ale... hop! -y tiró de ambos extremos de la corbata.

-Vámonos, cariño.

Salieron, despidiéndose oportunamente de la canguro y llegaron al garaje. Sin problemas, alcanzaron la calle. Algún semáforo del trayecto hasta el restaurante parecía querer hacerse notar como contratiempo, pero Felipe aparcó con éxito (casi junto a la puerta) y alegremente se dirigieron al interior. Fuera abrigos y a la mesa, donde esperaban algo impacientes Jesús y su mujer.

-Vamos, ya iba siendo horita -dijo el primero.

-Ya sabes, imprevistos -se excusó Felipe.

Pidieron la cena, bastante copiosa, y después charlaron amablemente. Durante la sobremesa salió a relucir el final de mes, las ocurrencias de los niños, la corrupción de la vida pública y otras cuantas majaderías del mismo calibre. Poco después la música ambiental desapareció y se oyó la voz a través del sistema de megafonía:

-A continuación, señores, como es nuestra costumbre, vamos a realizar una pequeña sesión de ilusionismo. Les ruego un poco de silencio -recitó el individuo que había en el escenario. Disminuyó tenuemente la iluminación (salvo en las tablas) y siguieron algunos numeritos típicos, ejecutados con maestría, entretenidos.

Al poco rato volvió a hablar el hombre:

-Seguidamente, necesitaré un voluntario de entre el público para realizar mi último número.

Nadie se decidía a salir, y a Jesús se le ocurrió:

-Venga, Felipe, sal tú.

-Eso, eso, sal tú -apostilló la mujer de Jesús.

Felipe miró a la suya, que aprobó con la mirada, sonriente. Se levantó mientras la gente aplaudía y el mago se lo agradecía públicamente.

-Túmbese aquí -y le ató manos y pies en una camilla semejante a las de los hospitales psiquiátricos.

El mago sabía lo que se hacía; comenzó por el cuello, manchando levemente la pajarita, pero con delicadeza. La función resultó coser y cantar, estaba claro que era el mejor numero de la sesión, bien reservado para el final. Se sucedían los aplausos entrecortados, acallados por un chisteo que solicitaba silencio para la concentración del artista.

Sólo al final, con todas las vísceras ya a la vista del público, éste prorrumpió en un sonoro aplauso.

Se encendieron las luces y todo el mundo se fue. Al poco rato llegó la encargada de la limpieza, quejándose.

-Ya podían tener más cuidado. Lo ponen todo hecho un asco.

Entró el «maitre».

-No protestes, anda, que el día menos pensado te va a dar una úlcera de estómago.

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