13.4.11

Estoy tumbadita...

A los buenos tiempos

Estoy tumbadita en la cama, pero no me aburro. Sólo me he tirado un poco, a pensar, vestida. Ya va mediado el fin de semana y se me amontonan las cosas que hacer. Algunas veces hasta me mareo de lo deprisa que va todo. ¿Será así siempre? No siempre, porque eso sólo me pasa a ratos, otros, como ahora, la calma me invade y me acurruco, sólo conmigo. Quizá con el paso de los años una ya se cansa, se mete en casa y no quiere saber nada de novedades, porque lo tiene todo. ¿Pero se puede tener todo? Me imagino teniendo lo que quiero o lo que querré, pero seguro que entonces se me ocurre algo distinto, como estar perdida en una selva amazónica y tener miedo a que llegue la noche; seguro que me atraería. No se puede tener todo.

-Oye, Lina, ¿te vienes a una fiesta?

-¿Dónde?

-A casa de Ronald, me ha dicho que te lo dijera.

-¿Cuándo?

-Hemos quedado dentro de un rato, a las diez.

-Vale, me arreglo y nos vamos.

Por el camino compramos una botella de vino, por si acaso. Al llegar nos abre Ronald, con la cara de siempre, de tímida amabilidad.

-¿Cómo están? Adelante.

Dos besos y adentro. Le damos las cazadoras y se va a guardarlas. Yo me quedo con el vino y paso al salón. Una mirada rápida y veo a unos cuantos conocidos. No parece que haya mucha marcha. Llega Paco y bromea, me quita la botella, me pongo a hablar con Manolo; un poco después, no sé cómo, la botella está en manos de un chico a quien no conozco. Me mira y me la devuelve. Me gusta.

Vuelve Ronald, hablando con Isabel. Me pongo a charlar con ellos. Al rato, mientras estoy cogiendo un vaso de sangría, oigo al chico hablando con una pareja:

-La patria es un concepto caduco, decimonónico.

Se cruzan nuestras miradas y yo no sé qué cara poner. Él tampoco, porque hay un momento de duda, como si los dos quisiéramos volver atrás para no pasar por ese trance. Me voy y hago como si nada, pero ya sé que le gusto. Ahora ya es difícil que hablemos; ¡vaya tontería! Con eso tenemos algo en común, pero yo estoy con Isabel y las demás, y él con esa pareja que ahora se está besando. Se ponen a bailar, la pareja. Y más gente. Él no, se queda a un lado, sin hacer nada. No bebe. No come. No habla. Sólo mira y de vez en cuando fuma. Cree que no le veo porque estoy de espaldas, pero siento en mi nuca el peso de su mirada. Y un poco después me mira los zapatos. Seguro que está construyendo alguna teoría sobre las chicas que dejan al descubierto sus tobillos, porque también ha mirado los pies de otras chicas y mis pantalones son cortos, tobilleros. Con la excusa de las idas y venidas a las mesas, le miro sin que me vea. ¿Se aburre? Seguro que si bebiera dentro de poco se pondría a hablar conmigo. Pero tiene cara de pensar demasiado, y si no me dice nada es para que yo no crea que es como todos. Noto el magnetismo: nos atraemos. Y eso que es mayor, aunque no mucho. A ver si bebe y deja de pensar. Han apagado la luz y han puesto una indirecta. Casi no le veo, así que me siento en el suelo, al otro extremo del salón y le miro cuando coincide que no se interpone nadie. Ya ha pasado mucho rato y la fiesta se ha animado un poco. Carlos anda haciendo el bobo y parece que eso distiende las cosas. He hablado con bastante gente, pero no con él, que sigue parado y sólo fuma. ¿Cómo se llamará? Pues me quedaré sin saberlo, porque se van los tres, la pareja y él. Al pasar a mi lado no me mira, pero siento sus ojos (y más) en mí.

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