A Vidal
A Beatricce
Corría como un endemoniado, y bien podría haber sido invierno.
No veía a nadie, poco me importaban los demás y sus pequeños problemas; ningún conocido podría haberme ayudado. El dolor de las pantorrillas subía raudo hasta mi cerebro, donde se mezclaba con el de la boca. Imposible olvidarlo: a cada momento las encías me lo recordaban, sin piedad.
Corrí más aprisa aún, si cabe. Eran casi las siete y todavía me faltaban muchas calles para llegar a mi destino; además era cuestión de vida o muerte. Jeremías, como siempre, me lo había advertido:
-Mañana a las siete. Nos jugamos la piel y lo de dentro.
Y Jeremías no bromea nunca. Dos o tres semanas antes, una tal Verónica -a quien yo sólo conocía de las reuniones- había desaparecido dejando tras ella como único rastro dos zanahorias y la llave de un apartado de correos. No sé cuál fue su falta, pero una suma errónea en voz alta o un guiño nervioso eran considerados menos graves que un retraso.
El castigo siempre era impuesto por quien incurría en el agravio. Tengo que decir que soy bastante cruel por naturaleza, y temía no contarlo si llegaba tarde. Más aún sabiendo que mi retraso lo había provocado yo mismo (dueño de mi vida y de mi tiempo) que injustamente había antepuesto cualquier nimiedad (quizá de manera inconsciente) a la cita con Jeremías, lo que más me importaba en el mundo.
Comenzó a llover y mis pies chapoteaban despreocupados en atractivos charcos de limón, mientras mi cabeza deseaba escupir cuanto antes aquel trozo de encía que seguía ardiendo. Odié siempre ese momento y allí estaba, justo durante mi carrera hacia el futuro: quizás un amor trágico y absurdo miraba el reloj insistentemente en el local de Jeremías mientras la muela del juicio y su significado social llamaban a mi encía.
Esbocé una irónica sonrisa al darme cuenta de que iba tan tarde que no tenía tiempo ni de mirar el reloj. Amargamente tragué saliva e hice un alto para morder la zanahoria de Verónica.
Sin recobrar el resuello inicié la carrera de los últimos minutos hasta llegar al frontispicio, llamando con tal insistencia que la puerta no daba abasto para repicar.
-Vamos, hijo. Ya ha venido hasta Juan Pablo- dijo Pedro condescendiente y paternalista.
-Si mi vida siempre hubiera sido fácil y en sillas, tendría tanta añoranza de esta angustia que siento ganas de llorar- contesté.
Desde dentro surgió una voz camaleónica:
-Más vale que vayas haciendo méritos, porque hoy sí que has metido bien la pata.
No reconocí a su autor, pero la débil iluminación me indicó que habría ceremonia, y que seguramente ya la habían inaugurado.
Antes de nada, bebí sin mesura el licor azul que lleva mi nombre en la etiqueta.
-¿Por qué número vas?- era Mortymer.
-Por el cuatrocientos dieciséis.
-¿Y?
-Nada.
Chasqueó la lengua:
-Mal negocio.
Es culpa mía por haber elegido la facilidad de los correlativos, pero no quiero admitirlo en público; si renunciara a mis debilidades me convertiría en un pelele.
-¿Qué haremos hoy con la muerte?
-Un sorteo- me contestó Jeremías -A quien le toque podrá hacer con ella lo que quiera: poseerla, regalarla, matarla o adjudicársela a su mejor amigo.
Introdujeron todos sus llaves en la ensaladera, y yo hice lo propio. Considero que denostar el domicilio, o la patria, es imprescindible para poder vivir sin hipotecas.
Cuando Alba sacó las mías yo ya había abandonado el local, pasado una noche a la intemperie y abierto el apartado número 417 con éxito.
Allí estaba el tesoro, reluciente en el espejo de mis ojos: pensaba en Alba tibia en mi lecho mientras gozábamos del privilegio de una distancia lujuriosa. Recogí el revólver y me encaminé raudo hacia la peor zona de la ciudad: las bolsas de basura se amontonaban a la puerta del local de Jeremías, y al apretar el gatillo me di cuenta: me estaba saliendo la muela del juicio final.
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