12.4.11

MIENTRAS EL ENEMIGO DUERMA...

A Delia
A Leonard Cohen

-¡Me voy a la carniceríaaaaaa!

Era mi madre, desde la puerta. Seguí tumbado sobre la alfombra, apoyado en los codos frente al rompecabezas gigante que me habían traído los reyes. Mi padre fumábase en la pipa, arrellanado en el sillón; contemplaba las infinitas motas de polvo cruzando ante la franja del débil sol invernal, invasor del salón. Las vacaciones tocaban a su fin, y eso hacía más cálido el fuego de la chimenea.

Al rato me harté de tanta pieza diminuta y empecé a estar inquieto; mi padre, adivinando la inminente rotura de algún objeto decorativo, me dio permiso para ir a la calle a tirar bolas de nieve a mis enemigos.

-O mejor, ve a la carnicería a buscar a tu madre.

¡Hala! Manoplas, verdugo... ¡y a correr! A esa edad yo aún o sabía fumar, ni hacer anillas con el humo; corría, sin saber aprovechar el aliento del invierno.

Llegué enseguida, porque me conocía todos los atajos. Jadeando, abrí la puerta ante algunas miradas. Saludé cortésmente y me contestaron; entré.

Era la primera vez que iba a la carnicería nueva; estaba brillantita. Paseé un poco observando la decoración; salió mi madre y nos fuimos (yo, dando saltitos para quitar el frío de los pies) a casa.

Cuando estábamos llegando me di cuenta: ¿dónde había estado mi madre mientras yo aguardaba? ¿Una carnicería con sala de espera? Le di vueltas al asunto, pero para la hora de la comida se me pasó esa reflexión. Sin embargo otro suceso esa misma semana haría que lo volviese a recordar.

Fue durante la cena; mi padre se encontraba especialmente contento y le dijo a mamá:

-Esta carne está buenísima, cariño.

Ella sonrió, con los ojos brillantes como yo nunca había visto antes, y tanto que me recordó el brillo de la carnicería. Me quedé un rato reflexionando sobre el vínculo entre ambas cosas.

Lo que convirtió el asunto en una obsesión fue la mañana siguiente; mientras estaba en la cocina desayunando mi colacao con galletas, la oí hablar con una vecina que pasaba por la calle:

-¿Vas a ir a la carnicería?

-Hoy no. Iré pasado mañana.

-Vale. Entonces hoy voy yo.

Era ya demasiada casualidad. Empecé a pensar en una conspiración con fines asesinos. Lo tomé como un reto personal y empecé a espiar a mi madre; dividí los asuntos que me pasaban a lo largo del día en dos grupos: los relacionados con la carnicería y los ajenos. No sé si ella se dio cuenta de mi persecución, o por el contrario fue una casualidad su invitación:

-¿Quieres venir esta tarde conmigo a comprar a la carnicería?

Casi di un respingo en la silla, y aunque la tele estaba muy alta oí perfectamente la frase desde el principio, como si hubiera estado esperando algo importante. Me hice el indiferente para disimular y al final accedí.

Nunca hubiera imaginado a mi madre actuando como lo hizo: llegamos y al poco de estar allí esperando, salió una señora con la compra y le dijo a mi madre:

-Pase.

Vi una mirada cómplice que no sé si realmente existió, y la voz de mi madre, diciéndome:

-Tú siéntate aquí, que salgo enseguida.

-Sí, mamá. -La contestación espontánea y obediente escondió mi sorpresa. Perfecto.

Mientras salía mi madre, yo pensaba. «¿Por qué me habrá dejado aquí fuera?».

Allí se estaba fraguando algo, no cabía duda. Ahora bien, ¿qué? Si mi  imaginación de ahora estuviera en la mente de aquel niño, le enrojecería las mejillas ante la mujer que esperaba la salida de mi madre. Dicho sea de paso, tardó poquísimo en salir; al menos eso me pareció a mí, intrigado y empeñado en construir una conspiración urdida entre un carnicero y varias amas de casa para derrocar al gobierno.

Nos fuimos. El tema me pareció idóneo para buscar la complicidad de mi padre, tan absorto siempre en sus nubes. No imaginaba las consecuencias de mi actitud para la vida familiar, a no ser por el aplomo de mi padre. No era exactamente aplomo, sino que mi padre estaba como un cencerro y entre los dos decidimos averiguar algo más siguiendo mis tácticas de guerrillas e infiltración en el bando enemigo.

Decidimos fingir que mi madre estaba enferma y nos acercamos a la carnicería. Toda la operación perfectamente cronometrada, por si había que tomar nota de los hechos. Llegamos sin previo aviso. Había una señora esperando, y entró poco después de llegar nosotros, coincidiendo con la salida de la clienta anterior. Se me subía el corazón a la garganta cada vez que intentaba tragar saliva, como queriendo impedírmelo. Miré a mi padre, un poco nervioso porque ya nos iba a tocar la vez.

Salió la señora. Siete minutos exactos, confirmó mi padre después, fue el tiempo que duró la espera.

Entramos estudiando el terreno. Nada anormal. El carnicero estaba solo, rodeado de sus piltrafas y manjares en bruto. Pedimos la carne, sin que pudiera sospechar nada.

-Hemos venido nosotros porque mi mujer se encuentra un poco indispuesta.

El risueño rostro del carnicero se oscureció.

-Nada serio. -Apostilló mi padre.

Yo contemplaba la escena desde el extremo de su brazo, con dos ojos como lagos andinos.

Todo volvió a la normalidad; el carnicero continuó haciendo bromas (era muy simpático) y me regaló un pastelillo riquísimo, cuyo sabor jamás he vuelto a ver igualado por un dulce. Realmente allí se estaba agusto, con aquel hombre cuyo rostro aún no he olvidado. Era guapo, ahora lo sé, bellísimo.

Nos fuimos sin mayor novedad. Yo le pregunté a mi padre. Le pregunté de todo, y él se limitó a explicarme que no pasaba nada. No había conspiración. Sólo una frase no olvidaré de aquella conversación, cuando mi padre me habló de la sabiduría del carnicero:

-Algún día envidiarás esa sencillez, ese arte de saberlo todo y ser capaz de resumirlo.

No entendí nada. Cada vez que volví con mi madre, nos tocó esperar la vez siete minutos exactos. Después yo me sentaba y al rato salía mi madre. Por miedo a parecer idiota ante sus ojos, no volví a hablar a mi padre del asunto, que pronto se me olvidó y nunca comprendí de verdad.

Ahora se me aparece la escena involuntariamente, y después el recuerdo del silencio; invadió el pueblo cuando se fue el carnicero.

Creo que le echaron, no estoy seguro.

Aquel silencio de muerte hace que cada vez le envidie más.

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