Al Muro de Berlín, hecho (de) añicos
Nos conocemos desde niños, pero ya se sabe: las cosas se van complicando y la vida separa a la gente. Así que me pasó lo que tantas veces y con tantas personas, que yo había olvidado su existencia. Me le encontré de frente, y la situación no dejaba de ser curiosa.
Eran las cinco de la madrugada, mis condiciones físico-químicas en ese momento, y el hecho de que la calle fuese pequeña, hacían que yo fuera midiéndola a lo ancho. Cuando, en uno de los bandazos, apareció la esquina y detrás de ella, como un regalo, Ramón. No sé con qué cara le miré, pero le reconocí, a pesar del paso de los años y mi lucidez etílica. Daba la impresión de ser una aparición, un fantasma sin castillo que pululaba por las calles-mazmorras de la ciudad.
Yo nunca habría sabido, quizá, que le había vuelto a ver si no hubiera sido porque a la mañana siguiente, al hurgar en el bolsillo de la chaqueta para sacar el paquete de tabaco e inaugurar con un cigarrillo el enésimo día de resaca (que a mis años ya se van haciendo cuesta arriba, dicho sea de paso), sentí que un pícaro papel se deslizaba del forro plástico del paquete. Al desdoblarlo comenzó el ritual: leer, no saber, cigarrillo-en-boca, releer, pensar, encender cigarrillo, intentar recordar, nada, tumbarse-en-la-cama...
¡Pero claro! ¡Ramón! Era su teléfono. La memoria suele funcionar como un ovillo de lana, se encuentra un cabo, se empieza a tirar, y al principio todo va bien, el hilo cada vez es más grande; pero después, cuando se intenta deshacer toda la madeja (=recordar todos los detalles) acaba siendo todo una maraña, nudo gordiano que se evapora con la siesta.
De todas formas, al despertarme las cosas no estaban muy bien: ¿tarde de resaca, llamar a un viejo amigo? No, nunca. Otro día.
Y así fui dejándolo hasta que me volví a encontrar el papel al ir a limpiar un cenicero que ya rebosaba. De hoy no pasa. Y le llamé para tomar un café.
¿Que por qué lo cuento? Ya se entenderá después. El caso es que estuvimos la tarde entera deambulando. Ramón me decía:
—¡Cómo han cambiado las cosas! ¿Te acuerdas de lo bien que lo pasamos juntos de críos?
Y yo:
—Vaya que sí. Y ahora aquí estamos, que casi ni nos conocemos. Parecía que nunca nos íbamos a separar, que era imposible que hubiera otra gente.
Así toda la tarde, normal, bien, vamos, sin nada del otro mundo, hasta que me dijo:
—En los ratos libres me dedico a coleccionar piedras.
Me sorprendió, claro, pero luego creí entender:
—¡Ah! Minerales.
—Sí, claro, todas las piedras son minerales, ¿no? Bueno, eso a mí me da igual. Yo lo que quiero son piedras, me da igual todo, el color, el tamaño, el caso es que cuantas más tenga mejor. Tienes que venirte un día a mi casa, a ver la colección.
Yo no acababa de entenderlo, pero tampoco me importaba mucho. Ahora, cuando otro día quedamos en su casa, yo ya ni me acordaba de la tontería. Pero en cuanto me abrió la puerta y vi aquello...
¿Se puede imaginar alguien un caos semejante? El pasillo, las habitaciones, la cocina, todo estaba lleno de piedras. Yo le miré como quien mira un acuario lleno de peces exóticos.
—Pasa, pasa. Perdona el desorden, pero es que tengo más piedras de las que me da tiempo a colocar.
—No, tranquilo.
Meses después, convencido yo de que Ramón estaba completamente loco, y en uno de mis arrebatos de buen humor, le mandé una piedra por correo. Mi sorpresa fue ¡cómo no iba a sorprenderme! que me mandó a mí una nota dándome las gracias y con ella quince cajas con compartimentos de distintos tamaños, para que en lo sucesivo, si encontraba más piedras, se las mandara clasificadas y ordenadas de antemano.
Días después me llamó para que fuera con él al campo. Algún "amigo" le había dicho que el campo está lleno de piedras, y me dijo:
—Como sé que compartes mi afición, aunque sólo sea un poco, te he llamado para que me acompañes. Por lo visto hay un sitio en el campo que está lleno de piedras.
Y cogimos el coche y ¡hala, al campo! Por supuesto, llenamos el coche. Ramón, con los ojos desorbitados, cogía todas las piedras que podía. Tenía las manos machacadas. Yo, por seguirle la corriente, mostraba entusiasmo, y eso.
Le dejé en casa, eufórico, pletórico, y con una ilusión que no me atrevía a quitarle.
Yo imaginaba; bueno, Ramón, con unas piedritas en el bolsillo debía estar gracioso, ¿no? Cuando empezó la colección, agachándose por la calle, y esas cosas. Pero esto ya era demasiado, aunque confié en que se le pasara pronto.
¡Ja! Al día siguiente me llamó otra vez:
—Oye, ¿tienes dinero? He pensado que podíamos alquilar un camión y volver al campo.
Yo tenía el auricular en la mano y miraba por la ventana a mi vecina, que colgaba ropa interior; no fui capaz de articular palabra, porque vi claramante la que se me venía encima.
Colgué, y mientras pensaba, mantuve el teléfono ocupado para que Ramón no me volviera a llamar. Cuando encontré la solución, hice un paquete y se lo mandé. En el paquete le regalé un martillo y un cincel, con una nota:
«Ramón: cuando te des cuenta de que cada piedra son infinitas piedras, llámame.»
No he vuelto a tener noticias suyas, pero la otra noche, cuando volvía borracho a casa, me pareció oir en la calle el tintineo como de alguien que estuviera esculpiendo el futuro con el duro presente y mucha voluntad. Por si acaso, desde entonces tengo por costumbre esquivar las esquinas. No por Ramón, sino porque con el pasado nunca se sabe...
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