A Vicente
Correr por el campo era una de sus aficiones favoritas, y siempre que podía se dedicaba a ello: disfrutaba con el sol, tumbarse en la hierba o beber agua cristalina. Era, por naturaleza, despreocupado, y le gustaba abandonarse siempre a lo que hacía, no pensar nunca en la medida que no fuera imprescindible.Pero ahora era diferente, con el secuestro sin sentido al que le habían sometido desde hacía tiempo, sólo podía pensar. Y sobre todo se preguntaba por qué. ¿Qué sentido tenía que aquéllos que durante tanto tiempo le habían cuidado y mimado, quienes le rodeaban siempre, ahora le tuvieran encerrado? Y no sólo eso, porque periódicamente, desde que estaba encerrado, le sometían a torturas extrañas sin la menor explicación.
Así que últimamente recordaba más que nunca esa libertad del campo, sin fronteras, tan diferente de las paredes que ahora le ahogaban.
Quienes le trataban de esa forma se le presentaban por tanto raros, incluso físicamente, y les imaginaba diferentes a ellos mismos, porque de hecho lo eran.
Todas sus tribulaciones terminaron de repente, porque se vio empujado hacia un lado y luego hacia el otro; más tarde sintió un agudo dolor en la espalda y en la oscuridad que le rodeaba atisbó la luz: una salida. ¿Le dejaban libre otra vez? Corrió hacia ella con todas sus energías.
Sin embargo, aquello no era el campo, como él hubiera deseado. Al entrar en aquel recinto circular todo se le apareció al mismo tiempo desorbitado y extrañamente familiar. Unos cuantos animales ataviados de manera inusual y todo el graderío atestado, con la atención puesta en él. Recordó algunas pesadillas de antaño, vagamente vaporosas, imaginando el mundo al revés, y soñó poco después con la venganza de un mundo en el que fueran los hombres quienes toreasen, y no los toros los que hombreasen. Justo cuando expiraba, volvió a recordar, ya sin rencor, el campo.
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