10.4.11

GITANES

A la Maga

Hoy he vuelto a ir a ese café.

Había estado lloviendo durante todo el día, y el otoño siempre me trae tu recuerdo.

Me pasé la tarde entera mirando por la ventana, viendo caer la lluvia blandamente. No quería llorar, esa es la verdad, y sin embargo escuché en el tocadiscos al Brel melancólico —no al verbenero— una y otra vez mientras fumaba y miraba por la ventana.

Iba oscureciendo; yo pensaba en los pájaros y sus problemas cuando llueve. Recordé poco a poco tu rostro y tu risa. Entonces lloré.

La habitación se me iba haciendo más pequeña al cambiar la tonalidad del crepúsculo. Me prometí a mí mismo salir a la calle cuando la lluvia fuese de otro color; al poco rato cogí precipitadamente el sobretodo de la percha y dejé atrás el humo del Gitanes, agolpándose contra los cristales.

Al terminar las escaleras, el portal me escupió hacia la calle como queriendo hacerme un favor. Caminé despacio; la lluvia ahora era amarilla. Se veían muchos paraguas y muchas prisas. Me acordé de lo que decías siempre: la gente que corre cuando llueve, huye de la soledad. Y me dieron asco y envidia.

Enseguida les dejé y volví a pensar en ti, los dos caminando bajo esta misma lluvia y tu mano con la mía en el bolsillo de este mismo sobretodo. Me acerqué hasta tu parque favorito y allí, en el banco donde nos besamos por última vez —frente a la estatua de Hermes— encendí otro cigarrillo; estuve sentado imaginando ingenuamente razones por las que no me habías escrito nunca; pero no era un reproche. Sólo nostalgia, la razón de mi vida.

Me di cuenta de que me había levantado del banco cuando llegué al Barrio Latino, y mis pies buscaban ese café otra vez.

Cuando entré, el viejecito que limpiaba los vasos me miró como alegrándose de ver una cara conocida. Me senté en la mesa del rincón.

Enseguida llegó con la copa y la botella de absenta, las dejó sobre el mármol y se fue. Debió de darse cuenta de que había estado llorando, porque dudó un momento si saludarme, me miró a los ojos y se fue sin decir nada.

Siempre lo recuerdo; si nos veía juntos ponía primero el café y después traía la absenta. Pero sabe ya que desde que no estás no tomo café, porque quiero dormir. Dormir siempre, como quien desea que el tiempo no se note.

Miré el mármol mugriento un buen rato mientras bebía y fumaba, pensando sólo en tu rostro. Después, con la tercera copa, recordé algo que me dijo ese panadero tan raro que hay en el barrio —¿te acuerdas de él?, decían que había estudiado filosofía—:

—Lo cierto es que queremos a los que tenemos al lado porque nos ha tocado junto a ellos en la vida, pero nada más. Es una casualidad amar a quien se ama.

Coincidieron en mis manos la última copa de la botella y el último cigarrillo del paquete, como por azar.

Al pagar le dediqué una sonrisa al viejecito, que me correspondió. Pero al salir, en el espejo que hay junto a la puerta, vi cómo miraba hacia abajo y desaprobaba con la cabeza. El café estaba ya completamente vacío.

De vuelta a casa ya no llovía, y quise decidir decirle al panadero que te amo y no te he visto nunca, pero no me atreví. Ya sabes lo tímido que soy; además, seguro que me diría que quererte es como hacer el amor en blanco y negro. ¡Con lo pesados que se ponen los filósofos!

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