10.4.11

Elegimos casi...

A Julia

Elegimos casi descuidadamente un lugar donde ir y, sin excesivos preparativos, partimos hacia el descanso. Alegres como los niños en excursión, igual de irresponsables, como si alguien delante de nosotros lo hubiera preparado todo para que saliera perfecto.

Llevábamos ya unos días disfrutando del clima, gris y apacible, propicio para todo tipo de proyectos. Nos acercamos al pueblo, para hacer algunas compras. Entramos en una tienda de "ultramarinos" decididos a cargarnos de provisiones. Yo hablaba como bien podía con el dependiente, un hombre de unos cincuenta años que parecía amable, pero un poco hosco.

—Quiero también una lata de aquéllas —señalé.

En la última estantería. El dependiente se dio la vuelta para intentar alcanzarla. A mi lado, Andrés cogió un paquete de galletas y me habló:

—¿Qué te parece si lo compramos también?

Yo lo cogí de su mano para mirarlo. En ese momento se abrió la puerta de la tienda y entró una chica, al oir el ruido, el dueño se volvió de súbito y pudiera haber parecido que sus miradas se cruzaron justo en nosotros, y en ese cruce estuvo el crimen. Todo nos acusaba: estábamos robando las galletas, y así lo hizo notar el hombre con un par de gritos. De inmediato, la chica salió de la  tienda mientras el hombre nos ahogaba de improperios en una lengua extraña. Andrés quedó paralizado, pero yo comprendí que sólo el testimonio de la chica podría salvarnos, y por eso salí corriendo y la alcancé en el centro de una calle que ya estaba llena de gente que había acudido a los gritos del dependiente. Ella iba de espaldas. La tomé por el brazo y le di la vuelta para que me mirase a la cara. Sus ojos azabache se clavaron en mí, tiñendo de suciedad el contacto de mi mano con su brazo, y con todo el furor del odio juvenil, pronunció una frase categórica que aún no se ha borrado de mi mente. Desde sus veinte años, casi escupió las sílabas en mi cara para que pudiera oirlas todo el pueblo:

—Xan-qui-pa-te-be-nas.

De fondo oí numerosas expresiones de asombro y escándalo que al principio no interpreté, pero después, cuando nos reunieron a todos en el centro de la plaza, comprendí que la acusación no era de robo, sino que era el crimen del que no puede defenderse un hombre si una mujer así lo ha decidido. No hay sino aceptarse culpable.

Durante algún tiempo reconocimos el rechazo hacia nosotros, plasmado, sin que supiéramos muy bien por qué, en una frase: «Muerte al Lacio», que repetían por doquier así nos veían. Se nos hizo una especie de juicio popular en el que arreció más el grito, y se nos condenó, según la costumbre, a ser golpeados cada uno una vez por todos los habitantes del pueblo. Fuimos pues encerrados hasta que al día siguiente se cumpliera la sentencia. Durante la tarde habíamos estado planeando la huida, y al caer la noche, aunque sabíamos que no teníamos muchas posibilidades, pensábamos intentarlo. Justo antes de que llegara la hora convenida, y aprovechando la oscuridad incipiente, se acercó a nuestra celda un hombre, que nos dijo al oido:

—No tengáis miedo. Todo el mundo sabe que sois inocentes, pero se os ha condenado por mantener el buen nombre de todos. Yo soy el alcalde y os puedo asegurar que la mayor parte de la gente no os golpeará, sino que pondrá la mano sobre vosotros sin haceros daño. Puede haber algún exaltado que os pegue, pero serán muy pocos, creedme. Ya habéis visto que es todo una tradición de nuestros antepasados, pero no tenéis nada que temer.  Mañana quedaréis libres.

Después de mucho pensarlo decidimos que lo más prudente, puesto que no era fácil escapar, sería seguir la formalidad. Aquel hombrecillo irradiaba confianza y parecía razonable.

Por la mañana nos sacaron de la celda y fuimos atados cada uno a un tótem. El pueblo, como un solo hombre, ya estaba aguardando. El primer individuo nos golpeó salvajemente; el segundo también, y nos miramos extrañados. Lo mismo el tercero, y entre la multitud pude ver la sonrisa del alcalde, complacido y felicitado por el éxito de su estrategia. A su lado, un individuo se deleitaba y le decía con saña, golpeándose con el puño la otra mano:

—Muerte al Lacio.

Comprendí entonces que estábamos perdidos.

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