«Dios no existe: son los padres»
Bernardo Vergara
A Yali
¡Qué viento enloquecedor! El zumbido me atonta, y luego, que se me llenan las cosas de ojos. Ahora está rebotando un brillo en el centro de la noche, como regalo para un inhóspito ermitaño que duerme en lugar de contemplarlo.
Pero es día cerrado, lleno de las pestañas del sol, sin una piedad del clima; sigo agazapándome para que no me encuentre esa rama, yo soy esa rama. Nunca me importaron las multitudes o sus consecuencias, y el peso de mi cabeza hoy me atormenta: contra mi voluntad. Aúllo como un loco buscando el oráculo, por Dios... ¡que alguien me mande matar a una piedra!
Puedo, podría, podré. Descubrir mil tareas que me distraigan de la complicidad, y sirvan como excusa de una parálisis tentadora. Pero mil veces volvería la imagen, retornando eternamente: la criminal inocencia. Espectador único en medio de una mole de ciegos, quizá sea el sentido de mi vida, el sinsentido de mi vida, el sentido de mi sinvida. Si me ajusticiasen matarían a un muerto. Pero ¡cómo hierven las ideas de este cadáver! En la inmensidad pantanosa de mi memoria, ahora, se yergue un faro negro que priva de luz a cualquier recuerdo. ¿Puede ser imaginado, o soñado, un crimen sin nombre, que nos hable al mismo tiempo de la nada del hombre, la muerte de Dios y la podredumbre de cualquier esperanza? Vivo así, con esa caverna en mi mente, pues no supe arrancarme los ojos a tiempo.
Imposible ya rastrear un amor que me salve de mí mismo: llevo el germen abominable del animal que soy. Lo pasearé oculto sobre la faz de la tierra, sembrando la soledad a mi paso: una estela cruel, un mensaje, una proclama. Buscad la muerte antes que sea tarde; inventado el destello, malditos los pueblos que no han sabido morir a tiempo. Una peste de ideas, la búsqueda de un grado más de crueldad gratuita, es el primer síntoma. Inmovilizados por el terror, llegaréis a asistir a espectáculos infernales: admirados al inicio, con regocijo al avanzar en la escala. Es el momento de poner fin a todo, ahora. Creedme. Quizá por apurar un minuto más de este suero insulso, lleguéis a ser monstruos inconcebibles.
Hay quien cree en el ser humano. Os digo que no. ¿Qué salvaríais?
-La sonrisa de un niño- dijeron al unísono.
¡Bellacos! ¡No os refugiéis! ¡Mirad!
Y les mostré el cadáver sonriente de un niño.
-¡Vivo!
Arrastré hasta el pavimento a otro niño sonriente, cuya mirada brillaba más que la Historia. Estaba empapado, y aún blandía en su mano la daga de sangre caliente con la que acababa de asesinar a su hermano.
Mis aplausos resuenan aún, los devuelve el eco de cuando en cuando. Somos ya los únicos habitantes. No hay otro diálogo, pues todo se encuentra deshabitado. No queda nadie. Sólo yo, para aplaudir a todo aquel que malgaste su sonoridad en el matrimonio. Hay nombres reservados a mejor suerte, no hazañas, pero al menos una actitud poética.
Matar es un arte, no cabe duda; pero ya no hay quien pueda condecorarme. Estoy solo.
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