13.4.11

LA IMPOSIBILIDAD DEL ORDEN

A Yugoslavia

Aunque es peligroso parece la única solución. El puente es altísimo, y yo tengo vértigo. Pero hay otras cosas que también me lo producen, no sólo la altura. Despertar con sobresalto entre la noche, o mirar el amanecer temblando de frío y miedo, sin saber si será el último. Mi compañero y yo nos contemplamos los ojos, como realimentando un valor que ni siquiera es cierto que exista. «Vamos», me digo. Cada segundo puede ser precioso.

-Vamos- le digo.

-Sí, vamos.

Comenzamos a descolgarnos con la cuerda y algunos instrumentos que aún conserva de sus tiempos de escalador deportivo. ¡Cuántas veces he atravesado andando este mismo puente! Y no parecía tan largo como ahora. El objetivo es bastante simple: llegar al otro lado. Quizá hace unas semanas no habría sido tan difícil, pero había que apurar el tiempo, seguir apegados a la tierra de nuestra infancia. A este lado del puente dejamos tantas cosas...

-Ten cuidado con ese saliente- me dice, y me descubro ya pendiendo en el vacío, y prefiero no pensarlo.

«La flor de la vida», me parece un lujo pensar en esa expresión aquí y ahora, que la vida es tan precaria. Vamos a buscar algo, no sé qué, al otro lado del puente. Cariño, comida, ayuda... ahora mismo no sé de qué lado está mi temerosa mujercita (en realidad tengo más miedo que ella), y acompañándola mis entrañas convertidas ya en seres pequeños.

Una ráfaga de ametralladora me devuelve al aquí y ahora. Me aprieto contra el pilar del puente, abrazando en él mi apego a la vida, aunque no la entienda.

Nos miramos otra vez, y en sus ojos contemplo cómo se le va la vida, muy poquito a poco, como si estuviese herido y de no curarle tardara tres o cuatro años en morir. A mí me pasa lo mismo, esta guerra es la herida misma. ¡Guerra! ¿Qué guerra? ¿Hay guerra?

...

Me levanto, como si tuviera una misión importantísima. Me dirijo al salón, donde hay gente cuyas caras me resultan extrañas, pero su sola visión me hace saltar las lágrimas de emoción. Me miran sorprendidos, con ojos desmesurados, y quedan inmóviles, esperando mi actitud. Yo les beso, a todos. Les abrazo. Lloro mucho, y les digo:

-Ahora me acuerdo. Ahora lo sé todo.

Me acarician mucho las manos, regalándoles ternura a unas arrugas que desconozco, fraguadas durante un sueño forzado por mi cerebro para no morir de dolor. Ahora soy el dolor, y no me importa ya morir cualquier día. Una pequeña rama del gran árbol de mi vida, es lo que ha quedado. Mi hija. La abrazo, y ahí veo a su madre con los ojos muertos; no se puede llorar más, lo sé, pero lo intento.

-El abuelo se ha curado- oigo que dice la voz.

Desfila ante mí una vida transparente y vacía, como una bola de cristal o una lágrima congelada. Si pudiera matar a quien nos ha hecho esto...

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