A Gilo
A Macedonio Fernández
Paco era un chico tonto, para qué vamos a negarlo; aunque de hecho en su clase era considerado de los más inteligentes y entre sus amigos se le tenía por el líder, lo cierto es que era tonto de capirote.
Sin embargo, su labor a lo largo de toda la vida ─17 años─ tuvo como objetivo ése: parecer inteligente. Se puede argüir que es bastante inteligente darse cuenta de la propia estulticia, pero en el caso de Paco no tiene lugar esa reflexión, porque era tan tonto que ni siquiera lo sabía. Una especie de instinto de supervivencia le había hecho evolucionar de esa manera, pero sin
ningún componente reflexivo, ni tan siquiera emocional; a ello contribuyeron circunstancias favorables, es cierto, pero decir eso no es decir nada, porque en toda personalidad yacen circunstancias del pasado que han favorecido que sea como es.
Poco a poco Paco fue perfeccionando animalmente sus virtudes, y a la edad que nos ocupa los profesores creían que Paco era muy inteligente, pero vago (es decir, lo más inteligente posible) y le calificaban de acuerdo a esa opinión, con lo cual ni Paco estudiaba ni tenía por qué hacerlo, aparte de que no supiese.
En casa de sus padres le veían con mucha frecuencia ensimismado —o sea, sumido en su propia tontería— y pensaban en las profundas reflexiones que debían de pasar por su cabeza, sin saber que tales no existían. De cualquier modo, le trataban como a un genio, mientras suspiraban: «Si no fuera tan vago...»
Con los amigos era diferente. Curiosamente uno de los elementos favorables que tenía entre ellos era su inteligencia, porque todos contaban con ella y sabían que no la explotaba, pasando así al grupo de los-que-no-quieren-ser-empollones, y siendo considerado un desertor de los "malos" se le apreciaba más en el grupo. A eso se añadían sus dotes para salir airoso de cualquier situación, requiriera dicha salida la fuerza —porque la tienen todos los tontos— o la inteligencia. Con todo, reunía los requsitos del líder, y como tal ejercía.
Pero esta historia no trata de todo lo anteriormente dicho, tan común y tan conocido, sino del amor. Además, no podría tratar de otra cosa, puesto que sólo existen dos cosas en el mundo: el amor y su ausencia. Cuando se habla de ésta, se está hablando también del amor.
Ella se llamaba Felipa, y es que por lo general los nombres bonitos, protagonistas de las historias "románticas", no son más que ficciones. La realidad es fea —eso no lo quieren admitir los literatos— pero el mérito de la realidad está ahí: en que de lo feo surja lo bello y lo "romántico", no en que éstos sean los presupuestos de la vida.
Además de llamarse Felipa, era morena, casi rayando en el negro azabache, pero de piel muy blanca. Tenía una belleza extraña; no de esas bellezas que al principio no se notan y se van descubriendo, no; era una belleza que se ocultaba a sí misma casi sin querer. Precisamente por eso no tenía entre sus compañeros el típico éxito de la belleza de los 17, aunque tampoco pasaba desapercibida. Alegre y muy inteligente, su vida era envidiable. Sin embargo nadie la había comprendido, y ella empezó a buscar fuera de su círculo habitual —los empollones— algo que no sabía muy bien lo que era pero lo quería fervientemente, lo deseaba a toda costa aun sin poder nombrarlo ni objetivarlo.
Y se fijó, claro, en Paco, tan atractivo para los ojos de Felipa, quien antes de que pudiese darse cuenta se había enamorado de él; en realidad se había enamorado de la idea que tenía de él, aunque ella no lo sabía, y al fin qué mas da si esas cosas sólo se descubren tras el matrimonio (antes todo se interpreta desde el paradigma ideal que se tiene del otro).
Para sus ojos Paco lo tenía todo: era inteligente pero sabía vivir; era vago pero solventaba la papeleta sin tener que pagar el abrurrimiento como precio de la recompensa; prefería la diversión al sacrificio; tenía éxito entre sus amigos y en conjunto era una promesa de algo completamente nuevo. Cada vez que Felipa pensaba en él, ese cosquilleo tan típico, "el emisario del amor" que promete las campanas de los besos.
Por su parte Paco notó enseguida la actitud de Felipa para con él y obró en consecuencia; es sabido que la actitud del macho carece de iniciativa y es meramente pasiva en lo que a esta cuestión se refiere. Y acabó enamorándose de ella como no podía ser de otra forma; con pocos encantos que posea la hembra, bien utilizados dan con los huesos del macho en el nicho preparado por ella. En el caso de Felipa, además de ser muchos, contaba con el más importante: la inteligencia. Con ella sabía ya que la espera convierte en víctima al esperante, y no dejó transcurrir el tiempo. Además, Paco era tonto y acabó enamorándose de Felipa, porque se necesita ser tonto para enamorarse de alguien inteligente.
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