A los poetas anónimos, y a Emma Suárez
La maté. Es cierto, y cualquiera que sepa lo que hice se apresurará a condenar mi actitud, pero más que las cosas que se hacen importa por qué se hacen. Si yo explicara por qué la maté, a buen seguro cabrían dos soluciones: darme por loco o comprenderme.
Pero yo no estoy loco, qué va. Recuerdo incluso los preparativos en casa de Maxi. Maxi y yo somos amigos desde hace unos años, aunque nuestras obligaciones respectivas nos mantengan separados durante largas temporadas. De cualquier modo, cuando nos conocimos tuvimos la oportunidad de compartir algunos meses de afable y calmada conversación; también compartimos alguna que otra borrachera y conversaciones no tan calmadas... sobre todo las que llevaban jirones de sentimientos en cada frase. Eso solía ocurrir cuando hablábamos de mujeres y en especial de una de ellas, que también tuvimos oportunidad de compartir.
Nos dimos cuenta después de aquello de que nos gustaban las mismas mujeres; yendo por la calle, de vez en cuando nos preguntábamos para cerciorarnos, y afloraba una sonrisa cómplice porque seguíamos coincidiendo en los gustos femeninos.
Por todo eso nació entre nosotros un vínculo indescriptible, mezcla de amistad y camaradería; compartir las mejores cosas de la vida nunca es en vano.
Así que cuando le llamé y le propuse que nos fuéramos unos cuantos días a la costa, se mostró muy eufórico, porque al aliciente del mar se le unía el de volver a vernos, otra vez charlar después de tantos meses, al calor de un cigarrillo, con música y una copa en la mano. No sólo eso, lo sabíamos los dos, porque cualquier situación entre nosotros —por muy nimia que parezca— siempre se convierte en algo excepcional.
En su casa estuvimos haciendo los planes al mismo tiempo que el equipaje; nos imaginábamos ya el mar, la tranquilidad de la noche, el calor, el descanso, las tertulias y... ¡cómo no! las mujeres. Incluso nos imaginábamos cómo sería la casa, hacíamos cábalas sobre las paredes, la fachada, el color de la pintura... Meras conjeturas porque al llegar allí nada fue igual, ya se sabe que uno puede imaginar una situación futura, porque cree conocer sus propias reacciones, pero imaginar paisajes y cosas... ¡es tan difícil acertar!
Lo que más nos sorprendió fue que la casa tuviese sólo una planta por encima del suelo y otra fuera planta sótano o casi (un ventanuco por habitación las comunicaba con el exterior). Después nos contaron que era así debido al clima, al parecer muy extraño. En verano mucho calor y se vivía en el piso principal, se dormía en el jardín o en el porche. Pero en invierno el frío era seco y muy duro, así que se dormía en el sótano y la vida se hacía en el principal, para calentar desde arriba las habitaciones durante el día. Lo más sorprendente, no obstante, era que a pesar de que no llovía nunca y el clima era extremo, el jardín sobreviviese y la vegetación no fuera desértica.
Así que en el sótano había cuatro habitaciones que después nos distribuimos, porque además de Maxi y yo vino otro chico, un amigo común, que tiene la virtud de pasar desapercibido, y del que nadie sabe nada porque da lo mismo. Una habitación cada uno y la otra estuvo libre hasta que llegó ella.
Se dice así y parece tan fácil... «llegó ella». Habíamos estado viviendo acordes con la imaginación, y aún no llegó el hastío cuando una mañana nos decidimos a madrugar —cosa rara— para pescar en una parte de la costa poco frecuentada. Los tres, alegremente, retozábamos en la arena deleitándonos con la tarea de la pesca, sin reparar en el resultado. A lo lejos Maxi vio una figura femenina que se acercaba y me dijo al oído:
—Por ahí viene el futuro.
Después se acercó a nuestro amigo común y le dijo algo al oído, no sé qué, porque yo estaba extasiado por la belleza del futuro. Una chica de unos 17 años se acercaba a nosotros de forma prometedora-provocadora. Era ella. ¿Su nombre? Eso es lo de menos; pronunciarlo sería delimitarla, y no se puede. Ella no tiene límites.
Cuando llegó hasta nosotros, se sentó en la arena levemente, como las plumas suaves. Nos preguntó:
—¿Habéis pescado mucho?
—Nada —contestó Maxi— Pero ya es bastante.
No se piense por eso que los tres nos deshacíamos en atenciones con ella. Nuestro trato en esa situación fue delicado, el mismo que se tiene hacia la rosa de cristal, que si se la mima demasiado se rompe por coquetería. Alegremente terminamos la mañana pescando y para la hora de comer ya teníamos suficiente, así que nos fuimos los cuatro playa adelante.
—Te invitamos a comer.
—Vale.
Así de simple, se vino a comer; aquella criatura desarrollaba su vida con una sencillez envidiable.
Camino a casa, yo estuve reflexionando sobre la locuacidad de que hacía gala Maxi con ella, y no eran celos, porque yo también hice mis pinitos... decidí olvidar esas tonterías de competición, posesión y exclusividad, y me puse a disfrutar de la situación.
Durante la comida, y casi sin querer, estuve estudiándola, pero no científicamente, sino con la ilusión de quien lo desconoce todo. Comprendí dulcemente que ella era única; pero fue la única conclusión que saqué. Se movía entre nosotros como si nos conociera desde siempre, y le dedicaba a cada uno la sonrisa justa, la mirada oportuna, y todo se convertía en una sensación nueva.
La comida fue espléndida. Y sin embargo sólo fue el preludio de algo más grande, inmenso.
Sin más, le adjudicamos la habitación que estaba vacía, y se quedó a vivir con nosotros.
Muchas veces, entre bromas y veras, intentamos que nos contara sus orígenes, su procedencia, pero nada. Bueno sí, nos decía cosas, pero dejaban esa sensación de haber desvelado un misterio al tiempo de abrir muchos más. Ella era así, es así, nunca se sabe si dice lo que está diciendo o lo contrario, y no se pierde el misterio, pero tampoco la emoción ni el interés.
A pesar de que todos los días y todas las noches hacíamos algo, nunca se agotaban las posibilidades, ni se entraba en la monotonía o el hábito. No es que ella lo hiciese todo; simplemente su aparición supuso una reacción en cadena, provocaba creatividad, irradiaba fuerza, y eso se resolvía a su vez en que la fuerza la provocaba a ella. Las situaciones eran inagotables.
Todos nos acostábamos al mismo tiempo, igual al levantarse, éramos ya inseparables. Muchas veces yo tuve conversaciones de miradas con Maxi en presencia de los otros dos, y Maxi me decía lo mismo que yo ya pensaba: aquello era increíble, era la felicidad.
Y así fue siempre, siempre, hasta que me di cuenta de que todos nos habíamos enamorado. Lo supe cuando en una de las excursiones a un pueblo, entramos en la Iglesia —yo que siempre fui un ateo convencido— y comulgamos. Pero sin malicia, sin herejía, con una limpieza increíble. Me di cuenta entonces: esa comunión, los juegos de cartas, los paseos por la playa, aquel cuento que escribimos juntos, nadar hasta llegar al horizonte, adivinar los pensamientos, inventar poemas... todo lo que habíamos hecho y lo que podíamos hacer juntos era la expresión del amor. Nos habíamos enamorado de ella, y ella de nosotros. Pensé inmediatamente que era imposible.
Muchas veces me había jurado a mí mismo que no volvería a enamorarme. Pero si uno se imagina juntas todas las mujeres a las que ha querido (y que ha tenido que dejar de querer por lo que fuera) y las encuentra en una sola, los juramentos se difuminan en afán de besos. Pero no era un amor físico, lo sabíamos todos, aunque tarde o temprano acabaría siéndolo también.
Esa idea empezó a atraerme increíblemente, al tiempo que la rechazaba: estaba, pues, enamorado de verdad.
Pensar que había llegado lo que siempre se espera aunque nunca pueda llegar —o precisamente por eso— y que ahora podía terminar, me abrasaba las manos, no sabía qué hacer. Algo semejante les debía de pasar a los demás, porque ella comenzó a verse con cada uno por separado. Pero no por eso se convirtió en tensión aquel ambiente de felicidad. Mientras ella estaba con uno, los otros dos, cada uno por su parte, iba fraguando pensamientos que serían su futura conversación con ella. Todo seguía igual, menos mi cabeza.
Pensé que si aquello acababa, mi vida ya no tendría sentido.
Una tarde estuvimos ella y yo solos paseando, y le enseñé mis poemas. Me miró con una comprensión plena; le dije con la mirada que ella era lo único que yo deseaba contemplar, o tener, o disfrutar, o conocer en este mundo. Y ella me correspondió, me miró y estuvo todo de sobra.
Le gustaron mucho mis poemas; eso me hizo comprender que nos amábamos, pero ¿qué? Reducir nuestro amor a nosotros dos era perder amor de los demás. Cierto.
Disfruté aquella situación, aquellas vacaciones, como nadie puede imaginar. El día anterior a la partida compartimos los cuatro una velada inolvidable. Para la noche, yo ya lo había planeado todo. Sabía que la íbamos a perder para siempre, los tres, y ella a nosotros. Cuando nos acostamos, estuve repasando el plan. Primero la mataría a ella y después a ellos dos. Huiría a rumiar mi desgracia, fugitivo por el mundo —la gran estepa, como lo llamaba ella— y recordando la felicidad de aquellos días tendría la dicha que otorga la nostalgia. No podría, eso sí, soportar el peso de la mirada de Maxi, el dulce reproche de la muerte de ella durante toda la vida. Por eso también les mataría a ellos, para otorgarles la felicidad de la inexistencia.
Silencio.
Me acerqué a su habitación, ella estaba tumbada en el lecho, con los ojos abiertos, y se puso en pie cuando me vio entrar con el garrote. Al mismo tiempo que le asesté el golpe en la frente, ella me miró perdonándome infinitamente, sabiendo lo que iba a hacer. Ella sabía tantas cosas; pero esa sabiduría sin petulancia que poseen quienes saben que de nada sirve saber. Y supo también decir en ese momento muy dulcemente:
—¿Por qué?
Cayó muy lentamente en la cama, y depositando un beso en su frente, en el mismo sitio donde brotaba la sangre, la dejé allí para siempre.
No me atreví a matarles a ellos —eso ya lo sabía cuando lo planeé todo— y me fui a descansar, pero no pude dormir en toda la noche.
Cuando oí ruidos por la mañana, me acerqué a ver quién de los dos era, y si había descubierto mi crimen. Estaba seguro de que sí. Cuando abrí la puerta de la cocina, Maxi estaba haciendo punto y me miró muy duramente. Le quité la aguja de la mano distraídamente (con la intención de utilizarla en su cuello) al tiempo que le preguntaba:
—¿Habéis llamado ya a la policía?
No me contestó. Siguió mirándome mientras me quitaba la aguja de la mano.
Casi no me sorprendió verla en el pasillo, mirándome con infinita tristeza, y un algo de irreversible. Todo estaba perdido. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? No podía matarla, el amor nunca mata.
Como despedida, ella y yo nos fuimos a bucear, y gracias a un hallazgo muy oportuno, le pedí perdón en forma de drusa de cuarzo. Al mismo tiempo ella me hizo ver cómo las drusas eran el alimento de unos hombres que viven en el agua, como los besugos, y a los que ella llamaba "garbanceros"; me reí al recordar a Valle-Inclán; el día fue totalmente triste. Nos despedimos todos sin palabras.
No volvimos a verla nunca.
Maxi me perdonó, porque «al fin y al cabo alguien tenía que terminar con la felicidad».
No hay comentarios:
Publicar un comentario