29.4.11

EL ENCANTO DE LOS CHAMPIÑONES

Con Ángel Manuel
Noche cerrada. Luna nueva. La oscuridad es azul. Por el sendero de grava una sucesión de figuras. Muertos que buscan un lugar para pudrirse, como si dios fuera negro. Sólo desfilaban sin sentido. Había un río, ninguna otra evidencia. El cielo era metálico y ellos no tenían ojos. De fondo, un caserón sin derruir, viejo, deshabitado. Vagaban como emprendiendo una sangre dicente. En la casa, dos pisos.
En medio del campo. El terreno era llano, como una plaza; no era un cortijo. Se adivinaban antiguos ídolos en la era del desarrollo agrícola.
Desde luego, los muertos estaban en su sitio y yo había ido a cumplir una misión ¿contar muertos?: entre quince y sesenta mujeres tendidas en pobres lechos, todas morenas, todas rígidas, mas la piel la tenían blanca. Yo contaba como quien cuenta pétalos, con emoción.
Había una salida semioculta por la arena faraónica del piso alto: una trampilla. Ventanas no había. Al ver la trampilla comprendí el concepto: "¡Cadáver!" grité, putrefacción, podredumbre.
La trampilla ¿se estrechaba? ¿Era estrecha? ¿Cómo había logrado entrar? La angustia…
Señor doctor; en definitiva sólo puedo decir que me rodean los muertos. Usted huele a cadáver, señor doctor. Los muertos conviven conmigo.
Los contemplo y treinta años después están podridos. Algunos ni purifican la espera, en el mejor de los casos se pudren y deambulan.
Una de ellas no estaba muerta, pero no allí, sino en general. Se me ocurrió comprobar sus intersticios y he aquí que estaba viva, la muy puta.
[Solía buscar los bares apartados, pero no los arrabaleros (donde se resuelven las discusiones en reyertas que ven la luz al día siguiente en un periódico, bajo el nombre de "ajustes de cuentas"), sino los marginales, los malditos; ésos donde se reúnen los olvidados, y que son terreno abonado para encontrar mujeres. Esa noche le apeteció especialmente representar el papel de aristócrata desencantado, así que se vistió para la ocasión: un aire distinguido, pero sin llamar la atención en exceso. Unos toques de perfume caro harían el resto en el primer acercamiento a la mujer más apetecible del local.]
Su nombre era Félix Estival –"Festival, para los íntimos"-, algo que por desgracia pasará desapercibido a la bella histérica de la barra: abrigo de pieles, oro y hastío, mejillas de papel reciclado. Por inercia pidió cualquier cosa de un color pajizo, acaso la misma que bebía el amanerado de la izquierda, casi un complemento de la máquina de cigarrillos que reparte sus "gracias" con la voz de una mujer ya muerta. El "Calvix" no era un mal bar, lo bastante perdido y con un centenar de espejos para conjurar la soledad. Uno de esos locales donde hay dos o tres anillos por cada mano y camareros que no duermen. Se acercó a ella con diligencia y avisó de su llegada con un tintineo de hielos.
-¿Champiñones? –dijo.
-No, gracias –respondió ella, displicente.
[Unas gracias que parecían de Rubens, carnosas, exuberantes, prometedoras y sin embargo insulsas. Imaginó su tejido adiposo abriéndose paso hacia la luz gracias a un cuchillo bien afilado, pero enseguida abandonó la idea. No deseaba volver a los viejos tiempos. Uno de los errores clásicos de los artistas es no saber parar a tiempo, y tarde o temprano acaban teniendo éxito y siendo famosos. Él lo abandonó justo a tiempo. Ahora nadie conocería al autor. Aquellas obras serían anónimas. Ahora quería practicar otro tipo de arte, uno de salón, que sólo da satisfacciones carnales, no de eternidad. Donjuanesco, como esos pobres obreros que miran a las chicas jóvenes que pasan por la calle, imaginando que las tendrán a la noche en la cama, en lugar de su ojerosa y hastiada mujer oliendo a sudor.]
Olor a sudor y ese otro que se desprende de las botellas de cava vacías olor a Navidad, como decía Josemi días atrás. Se habían encontrado en la plaza de los Bandos: Félix más peatón que nunca, sin rumbo y sin sal; Josemi en una bicicleta flamante con un cesto cargado de ejemplares de "Motivos para escribir". Sobre ellos había un letrero a punto de ser iluminado: «Feliz Navidad». Ahora, sin embargo, sólo estaba la botella, la etiqueta deshilachada por las uñas de ella, rojas y afiladas en contraste con el tono alimonado de us manos y vestido. Félix acarició el lomo de la botella, miró la cosecha y bostezó, atrayendo al fin con esto la atención de la mujer. "Tierra prometida", pensó y se abandonó a las imágenes míticas que afluían. Estaba borracho, simplemente.

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