Con Julia
Le hubiera gustado mucho estar en ese momento frente a la chimenea, sentado en un sillón de terciopelo verde y bebiendo una copa con hielo; le hubiera gustado más aún mirar los reflejos del fuego a través del vaso -que ya empezaría a estar húmedo- y jugar con las gotitas de agua formadas en su exterior. Invertir horas en esa tarea y sentirse bien: disfrutar del ocio, pensar en sus proyectos que -seguro- se cumplirían, porque la suerte siempre le había acompañado. Le hubiera gustado tanto todo eso... quizá su felicidad pudiera enarbolar un estandarte en el que estuviera dibujada esa situación.
Esto lo pensaba mientras se fumaba un cigarrillo en la habitación de la pensión; recordaba, al mirar desde la cama hacia la ventana y ver penetrar los débiles rayos de luz blanquecina, característica del otoño...
No había casi nadie en el tren, pero aquella chica entró en su compartimento distraídamente, al mismo tiempo que sonreía cariñosamente a un chico con el que estuvo hablando durante largo rato en la puerta del compartimento. Después le besó y el chico se fue. Quizá el habitáculo le recordara a ella algo agradable o quizá fuera simple casualidad. El trayecto que debía recorrer el tren no era muy largo, así que se consoló pensando que probablemente ni siquiera hablara con él aquella chica que lucía una minifalda muy a la moda (más bien lo que lucía eran las piernas, muy a la moda, porque la minifalda casi no se veía); siempre le resultaba difícil charlar, entablar una relación que seguramente sólo dure un rato. Creía que entre las personas las relaciones deben ser algo importante, la humanidad era una virtud que le atraía; comenzar una charla sólo porque sí, en cierto modo le resultaba desagradable. Además, pensó que siempre había sido un poco tímido.
Al rato de haberse puesto en marcha el tren, ella sacó un paquete de tabaco y muy cordialmente le ofreció un cigarrillo; él, mecánicamente, rechazó el ofrecimiento, sin darse cuenta de que en realidad sí tenía ganas de fumar. Pero llevaba un rato muy largo intentando pasar desapercibido, miraba al frente fijamente y no se movía más que lo indispensable, se dejaba llevar por el traqueteo. Ella había estado mirando por la ventanilla vivazmente, cambiando la mirada de sitio cada poco tiempo.
Él intentaba mentalmente convencerla de que no hablara, pero justo en ese momento ella le había ofrecido el cigarrillo. Su contestación fue formal, casi seca, cortante:
-No, gracias.
Pero nada más. Ni una sonrisa. Ni una mirada a los ojos. Nada. Sólo formal.
A partir de ese momento empezó lo peor. Él se dio cuenta de que tenía ganas de fumar, pero no podía hacerlo. Sólo hablando con ella y diciéndole que sí, por qué no, vamos a ver qué pasa con ese cigarro. Claro que sería ridículo; cuanto más lo pensaba, más tiempo pasaba y más difícil resultaba decidirse. Tampoco podía sacar su tabaco, porque sería una declaración de hostilidad: fumaba la misma marca que él y no quería ser hostil, sólo pasar desapercibido; si el viaje hubiera durado dos meses, habría hablado con ella y se habrían hecho muy buenos amigos, seguro, parecía una chica muy simpática, además él tenía una personalidad agradable. Pero una hora era muy poco tiempo. Mejor dejarlo así, que ella después dijera:
"Vine en el tren con un chico más callado..."
Y nada más.
Pero ahora quería fumar y no podía, así que necesitaba vengarse para tranquilizar así su conciencia; empezó a pensar, casi sin querer, que seguramente sería una chica de esas que son mayoría ahora: completamente insulsa, sin nada en la cabeza más que ideas vacías que cambian con el más mínimo viento, como los pájaros. Sin ambiciones que merecieran la pena, pensando sólo en diversiones baratas y tontas. Sí, seguramente, con esa minifalda no podía ser de otra forma. Y con una chaqueta de ese color verde asqueroso...
Pero no tenía por qué ser así (él lo sabía), así que empezó a darse cuenta de que era una tontería pensar eso sólo porque no podía fumar; consideró bastante mezquino quitarle valor a esa persona por algo tan nimio. Y se sintió peor todavía. Estaba deseando que terminara el viaje, la tortura que por eso mismo no acababa nunca. Tenía una sensación fangosa, todo el fango que él había fabricado...
Seguramente ella estuviese pensando que era un antipático; convencida de que fumaba y no quería hablar con ella porque la había visto con su novio. Teniendo novio ya no le interesaba. Si pensaba eso y mentalmente le estaba despreciando, tenía toda la razón al despreciarle, aunque él no actuara por esos motivos.
Cuando ella salió del compartimento y se fue del tren sin siquiera decirle adiós, él se quedó aliviado pero desconsolado; se sintió como un adorno de navidad en pleno mes de mayo, pero además puesto en una casa de caridad para pobres, como si fuera una burla, para que le despreciaran.
Se levantó de la cama y se dirigió hacia la ventana. Corrió las cortinas y miró hacia fuera, la calle gris:
-¡Mierda!
Seguía fumando, sin querer había recordado otra vez todo su malestar. No tenía ningún sentido torturarse y sin embargo era superior a sus fuerzas.
Dio un par de vueltas por la habitación y pensó que ya debía de ser la hora.
Recogió su portafolios negro de plástico. En el espejo pudo comprobar que no tenía el aspecto desenvuelto y seguro que se requería en estos casos; tampoco estaba seguro de nada así que... ¡qué más daba el aspecto! Dejó el macuto con sus cuatro cosas ya cerrado junto a la puerta. No creía que hubiera motivo para pasar una noche más en aquel áspero cuartucho, pero algo le decía que esa vez sería distinto. Algo le había dicho todas las demás veces que sería distinto, sin embargo nunca pasó nada… La puerta de madera marrón debía de haberse hinchado con la humedad, porque le resultó difícil cerrarla y cuando lo consiguió, bajó las escaleras con un sentimiento reprimido de rabia y asco. Le habría gustado destrozar algo o golpear a alguien brutalmente, pero la única persona que encontró al final de las grises escaleras fue aquella señora gorda que le había dado la llave la noche anterior. El recuerdo de su charla en el tren le vino a la memoria y sintió ganas de pasar desapercibido de nuevo. Le hubiese gustado tener la bolsa en la mano e irse de allí; pagar y marcharse. Pero no, no tenía su bolsa. Tuvo que explicarle que volvería a por sus cosas o, tal vez, a quedarse un día más, o dos... Tuvo que soportar las pequeñas gotas provenientes de aquella especie de ser, sus brazos cortos y carnosos se movían al mismo tiempo que aquella desdentada boca. Estaba comenzando a marearse. Pero no se atrevía a interrumpirla. No tenía por qué respetarla, ella no lo hacía con él, sin embargo no podía soportar las situaciones tensas.
Cuando por fin hubo un instante de calma en la lluvia que le envolvía, apresurado y seguro de que no resultaría creíble, le dijo que tenía prisa y sin mirarla soltó aquel amargo "buenos días" de los días que no eran buenos. Se precipitó a la calle y a los pocos pasos se detuvo; buscó aquel pañuelo que debía estar en la cazadora pero comprobó que no estaba. Lo habría perdido como tantas cosas en los últimos días. No pudo evitar un sentimiento de desamparo. Recordó con melancolía aquellos pañuelos blancos con los que le perseguía su madre, al salir tarde de casa para ir a la facultad.
Se secó la mejilla con la manga y comenzó a andar despacio por aquella calle llena de gente. No le gustaba esa sensación. Habría sido más fácil dejarse llevar por la prisa general, pero se sentía tan vulgar que de algún modo necesitaba considerarse diferente. Se acomodó a un paso amplio y lento. Aprisionó la carpeta entre el brazo y el costado derechos y se metió las manos en los bolsillos. Sabía que esto le hacía unas arrugas horribles en el pantalón pero no le importó.
La calle que había parecido tan larga y monótona fue pasando lenta pero uniformemente; a la misma velocidad sus pensamientos se fueron retardando y aclarando. Se sentía relajado, nuevo. Recordó a la chica del tren y los campos marrones pasando al otro lado del cristal. Le pareció tan bonito que comenzó a reír, no pudo evitar sonreír cuando sus ojos se encontraron con los de un señor calvo. Eran fríos y duros, sintió pena. Se sorprendió; hacía tanto tiempo que no se sentía así, que casi se le había olvidado.
Había experimentado esa misma sensación años atrás, mientras paseaba una noche por una calle mojada, con el calor somnoliento del alcohol en las venas, había oído una melodía desafinada que le sonaba polvorienta y amarilla. Estuvo mucho tiempo allí parado, escuchando, pero cuando cesó no supo identificar de dónde venía. Se sintió reconfortado, aunque fuera incapaz de reproducirla mentalmente. Esta vez era distinto: no se sintió reconfortado, simplemente se sorprendió y continuó caminando.
Repentinamente fue consciente de encontrarse ante aquel edificio gris acristalado. Le habría gustado que la calle fuera dos o tres veces más larga, pero allí estaba. Se situó delante de la puerta y levantó la cabeza. Notó cómo la parte inferior del cráneo le daba en la espalda y la sangre llegaba con dificultad a su cerebro. La gente pasaba esquivándole hábil y rápidamente; él se dio cuenta de que aquél no era su sitio. Bajó la cabeza un poco derrotado y comenzó a andar; iba pensando en el sentido de su vida... en cosas mil veces pensadas pero que nunca acabaría de pensar.
Poco a poco fue disminuyendo el número de personas con las que se cruzaba, las calles se fueron estrechando a ambos lados y cuando quiso darse cuenta el suelo no era de alquitrán y cemento, sino de piedras de colores formando extraños dibujos. Él seguía caminando. Podían haber pasado cinco o seis horas desde que había salido de la pensión, cuando un gruñido del estómago le devolvió a la realidad. Buscó su paquete de cigarrillos y comprobó que el último se lo había fumado en la cama. Le parecía como si hubiera pasado un siglo desde el último cigarrillo. Buscó, en la calle que ahora cruzaba, un estanco o un bar: pero sólo había puertas bajitas con cortinas de colores y tiestos. Se sintió fastidiado y sin saber por qué, volvió la cabeza hacia la oscuridad del callejón que había a su izquierda.
Se quedó allí como un imbécil -pensó después- casi cinco minutos mirando la oscuridad; un par de transeúntes le miraban extrañados desde el otro lado de la calle, mientras esperaban el autobús.
Mirar la oscuridad. Mirar lo que no se ve. Extraña tarea, ¿no? Decidió así, sin más, que no le daba la gana que su vida siguiera siendo mediocre, que ya valía de tanta idiotez, toda la vida haciendo idioteces; ese fue el rápido repaso que le dio a todo su pasado así, de un plumazo. Decidió que la mejor forma de acabar con ese tipo de vida era no volver a estar dentro de los esquemas clásicos, siempre tan aburridos. Decidió no volver a decidir, sólo dejar que todo fluyera, hacer en cada momento lo que le apeteciera, sin pensar en el futuro, ni en el pasado. En nada ni en nadie, pero no por egoísmo… puesto que no debía pensar ni en sí mismo. Quizá así cambiaran las cosas y todo fuera de otro color distinto a ese negro que estaba mirando.
Siguió andando, pero empezó a cojear. Porque sí. Sabía que no era fácil cambiar la manera de vivir. Tantas veces había hecho promesa de cambiar...
Y cojeando estuvo media hora larga, sin fumar, paseando.
Volvería a la pensión. Sí. Ya no quería hacer ninguna entrevista. Sólo ir a la estación y coger un tren, daba lo mismo el destino.
Pero llegó a la pensión y se tumbó en la cama, sin fumar. Mirando el techo, otra vez. Se puso boca abajo y lloró.
Romper el aire a bocados. ¿Quién no sabe hacerlo? Los peces en eso llevan siglos de ventaja al hombre. Ventanas, transeúntes como camaleones, siempre el desencanto.
Pero si se mira una postal de la Selva Negra, ya cambió el color del cerebro (los calvos son aquellos a quienes el pelo les crece hacia dentro). Saltar y nubes en los ojos.
Todas las piltrafitas que trabajan a diario, tan envidiables en su felicidad, nunca podrán degustar el agua de un estanque cenagoso a las cinco de la madrugada. El alcohol, pasaporte de eternidad y muerte.
Hay que volar, pisotear ministros y el día de mañana, cuando no haya más remedio, entonces sí: ser un honrado padre de familia, honesto y podridamente vacío. Pero ahora ¡no!, ahora meter la cabeza en la ensalada y sentir el frescor de la Selva Negra. Comer postales y echar una sandía en el buzón, rumbo al inconsciente.
Ni televisores ni siglas… sólo correr deprisa, como los niños, para no ir a ningún sitio, para escapar de la niñez de los adultos. Ser, ante todo, los dinosaurios del futuro.
"Y que los eunucos bufen".
Sin saber a qué obedecía su actitud, se afeitó completamente el sexo.
Ya no tenía nada. Parecía que una cortina gris se había descorrido en algún sitio, se sintió bien, decidió que... bueno, no decidió nada; simplemente se rapó la cabeza, los brazos, las axilas, todo él, no había un solo cabello en aquel ser. Se puso la gabardina con las solapas subidas: era color hueso, como él. Adquirió un aspecto espectral y maligno: se sentía malo, quería ser malo. Le volvieron a entrar náuseas al intentar cerrar la puerta dilatada por la humedad, pero no se reprimió. Bajó las escaleras de dos en dos, haciendo ruido, mucho ruido, ruido de rabia, de fuerza y de desesperación. Notaba la rabia bulléndole dentro, como esas marmitas de las brujas de cuento. Las burbujas flotaban y llegaban a su cerebro, al estallar le dolía, le dolía, le dolía...
La portera salió con los rulos puestos y un cigarro manchado de grasiento carmín. Él desató toda su violencia, su rabia de más de treinta años, de más de mil golpes recibidos en una bofetada magistral, sorda y fuerte, efectiva y letal, que desencajó los huesos de la nuca de aquello que ahora tenía a sus pies. Se sintió bien.
En la calle el chucho asqueroso de la joyería ladraba a los coches y a las personas. Comenzó a acariciarle y cuando se tumbó en el suelo le pisó la cabeza. Disfrutó del sonido de huesos rotos. Caminó por la acera y se acordó de la escena del tren: ¡qué lejos estaba de aquel imbécil! Ahora sí sabía lo qué quería.
Su gabardina aleteó un poco tras la espalda; bajó escaleras y más escaleras, sentía asco por esos tipos todos iguales de la fiambrera, de esas señoras todas iguales, pechugonas y menopáusicas, de esas niñas-mujeres de caras sucias... todo exhalaba muerte.
Se quedó parado, mirando fijamente a la vía. Y saltó.
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