¡Hola!
Si todo ha salido según mis planes (que lo hará) cuando leas estas líneas no sabrás quién soy. Han pasado tantos años… de clarividencia mantenida para mí, en cambio para ti sólo han sido paladas de tierra que han ido cayendo sobre la memoria. Escucharé esta misma canción que hoy me acompaña (emblemática de nuestros tiempos, casi habitada de telarañas y sabor a licores viejos como la absenta), lo haré tantas veces… y una de ellas será ahora, mientras tus ojos levitan sobre mis palabras.
Hace un rato me has dejado sentada en el bar en el que (tú aún no lo sabes) nos hemos despedido para siempre… o casi. Para ti sólo se ha tratado de un adiós más entre nosotros, ajeno como estás a la verdadera realidad de tu vida; a la cual yo –no me preguntes por qué- tengo un acceso privilegiado que me hace temblar, aunque no me estremezca. Para ti has marchado entre el devenir de tus días, aunque en realidad hayas comenzado así el inicio de olvidarme.
Ahora, un rato después de que tú hayas abandonado el bar, para mí es esta declaración de finales. Al traspasar el umbral del acogedor local que nos ha visto sonreírnos a los ojos recientemente, me abrazó un aire cálido y cargado de luz: traía en su interior este vapor que aún me deslumbra. Gracias a él he podido –como en un destello- saber que estoy enamorada de ti, pero esto sólo es posible gracias a tu olvido y todos los años que tienen que transcurrir hasta el ahora que será inventado por el contacto de tus ojos y mi escrito.
Desde hoy que te escribo, hoy que podría alcanzarte sencillamente para cubrirte de besos y declararte mi rendición… no serviría de nada, porque tú eres sordo a mis palabras, ciego selectivo para mi figura de bailarina. Desde hoy te amo, durante todos estos años inútil y estérilmente, con la única finalidad de que en ti nazca el amor por única vez en tu vida (que sea a mí a quien amas, no a otra, ni antes ni después). ¿Acaso es inútil y vacío todo lo que te cuento ahora? ¿Acaso es un sacrificio?
Entre tanto, mientras he desaparecido (no sólo de tu vida, también del mundo entero) para hibernar sólo aquí, en estas palabras… mientras tanto tú has hecho una vida entera –o al menos lo has intentado- llena de acontecimientos que conozco antes de que ocurran… que cuando leas a continuación, dejarán perplejos a tus ojos cansados de desencanto.
A los veintiocho años descubriste el amor (mejor dicho, querías creer estar enamorado temiendo que se te pasara la edad) con una pasión que nunca habías imaginado poseer. Yo, desde este limbo que sólo es espíritu, te intuí utilizado ya entonces por la que ha sido tu esposa a lo largo de doce años. En ellos has sido el instrumento de sus objetivos (sin maldad, sin planificación, sólo improntas bio-educacionales), simples como humanas que son: tres hijos, una vida dulce y plana, comodidad y vacaciones para ser eslabones en la cadena histórica del anonimato.
¿Qué más da todo esto? ¿No resulta indiferente que te sorprendiera el dolor al separaros? ¿Qué tú mismo pensaras que era imposible que doliera la nada, que el vacío puede tener el nombre de cinco seres humanos?
Cuando ella murió, ocho años después, tú ya estabas poblado de anestesias que te permitían sobrevivir a todas las frustraciones, que te privilegiaban el pasaporte de los 50 en esa insensibilidad que otorga el absurdo.
Lo cierto es que tu soledad no era una, estaba siendo muchas desde hacía tiempo. Yo soy un leve recuerdo de adolescencia que no ha sobrevivido en tu memoria a la erosión de tus vivencias; desgastada o hecha añicos, he desaparecido hace mucho de ti… Pero tú, ¿acaso estás en todo lo que has ido trampeando durante tantos años? ¿se te puede rastrear un ápice de ti en el trabajo, las costumbres o las instituciones? Ahí no estás ni en reflejo ni en copia. Pero tampoco te reconocerías en las lágrimas no derramadas o el sueño alternado con el alcohol; no estás en lo que eres, pero tampoco en lo prestado.
Que desde entonces las arrugas hayan venido –como la fuerza de gravedad que son- a firmar o rubricar el documento de tu piel… es algo que sólo sirve para darme la razón.
Los esfuerzos que ahora estás haciendo para apartar las apolilladas cortinas de tu memoria hasta encontrar mi rostro, son inútiles. Simultáneamente a desaparecer me he diluido, atomizada pero integrándome en ti.
Te preguntas también cómo ha podido ser que este escrito haya llegado a tus manos… ¿cómo sé tanto de ti en este conocimiento intemporal y mágico? ¿ha estado agazapada la carta entre tus cosas todos estos años? ¿qué habría ocurrido, entonces, si la hubieras encontrado antes de tiempo? Concluyes que no puede ser, imaginas las artimañas con las que alguien, aprovechándose de tu vejez, pretende hacerte esta extraña jugarreta…
Presientes, sin embargo, que anida una verdad tan grande en todo esto… una verdad tremenda que quizá de otra manera no podrías entender. Que el amor sólo es posible si es imposible, que la vida y la muerte se dan la mano y tienen mi rostro, que de nada sirven las lágrimas que no se derraman… o que mi declaración de amor es como un beso de Judas, son ideas extrañas que pasan por tu mente en este instante extremo de clarividencia.
Porque en nada habría cambiado tu vida si yo hace un rato, en el bar, te hubiera dicho cuánto te amo. Quizás habríamos sido amantes, novios o matrimonio, durante un tiempo. Pero ¿y después? La maltrecha convivencia con quien no me ama, sólo me habría servido para contaminar de realidad mi amor. En cambio así, ha permanecido puro e inexistente, inmaterial. Que esto haya significado mi desaparición sólo es una minucia, al menos comparándola con ese conocimiento mítico que se dé en este tu instante, en el umbral de la luz.
Es más importante que tú puedas comprender esta otra realidad que durante toda tu vida te ha sido ajena.
Al menos tu corazón podrá estar en paz hoy, al menos tu gesto lívido transmitirá serenidad a quien lo contemple e intente averiguar qué pasó por tu cabeza en el instante, hoy, de tu muerte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario