A José Miguel
Gòmez siempre había sido un empleado ejemplar, no había dado muestras de que estuviera descontento con el empleo, antes bien, siempre dio la impresión de que le hubiera gustado ascender a algún puesto mejor en la empresa.
Eso pensaba el Director mientras paseaba por su flamante Despacho de Director.
¿Y entonces por qué esto? No acababa de entenderlo.
Durante la última semana, Gómez había faltado reiteradamente al trabajo —horario de 9 a 14 horas, para ser más exactos— y por la tarde, todos los días, había llamado por teléfono —una falta de respeto, ni siquiera disculparse en persona— para decir que aquello no volvería a repetirse, pero al día siguiente la misma operación: faltó por la mañana y por la tarde llamó nuevamente para disculparse. Asi ocurrió lunes, martes, miércoles y jueves.
El Director decidió que debía despedir a Gómez, pero antes quería hablar con él. Así, hoy viernes, el Director pasea por su flamante Despacho de Director con su Puro de Director esperando que suene el teléfono: Gómez no ha venido a trabajar esta mañana.
Quizás, piensa el Director, Gómez haya encontrado una empresa mejor, en la que le paguen más. Pero debería haberlo dicho, y podríamos haber pensado en subirle el sueldo. O quizá su lealtad y su ejemplaridad fuesen fingidas y en realidad no quiere a esta empresa, y ha decidido hacérnoslo ver.
Suena el teléfono.
—Dígame.
—Buenas tardes, soy Gómez. Llamo porque...
—Buenas tardes, Gómez. Soy el Director.
Silencio al otro lado del auricular.
—¿Está usted ahí, Gómez?
—Sí, señor.
—¿Qué ocurre? ¿Le pasa algo?
—No, señor.
—¿Tiene usted alguna razón por la que no ha podido venir a trabajar en toda la semana?
—Pues, verá...
Silencio absoluto.
—Entiendo.
Gómez, inexplicablemente, pero de forma evidente, había estado forzando su despido.
—Gómez, atiéndame un momento. No sé a qué obedece su actitud. Si usted deseaba abandonar la empresa, no tenía más que decirlo, y nuestras relaciones, aunque comercialmente hubieran terminado, personalmente podían haber seguido siendo óptimas. Es más, podría decirle que de hecho no necesita ninguna excusa para abandonarnos. Pero créame, me duele que después de tanto tiempo de relaciones cordiales y amistosas, tengamos que terminar así, sin ninguna razón. No me queda más remedio que despedirle.
Continuaba el silencio al otro lado del teléfono, y cuando unos segundos después, sin decir palabra, Gómez colgó, el Director se sintió francamente desconsolado, y por primera vez en mucho tiempo tuvo ganas de llorar.
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