25.2.13

LLUEVE

Dan las siete en el reloj de la torre. Mientras Duncan atraviesa la plaza, los chicos todavía juegan al fútbol. A pesar de que acaba de oír la hora, mira su reloj. Las siete y dos minutos. Se retrasa. Pasa a través de una calle estrecha, en la que hay una bombilla encima de un portal. Los adoquines sobresalen y la tenue luz de la bombilla alarga sus sombras. Duncan llega a un portal negro, cerrado, con la puerta pequeña. Una bombilla rota preside el frontispicio del portal. Son las siete y cuarto y Duncan mira insistentemente su reloj.
De pronto oye pasos, mira nerviosamente y ve una silueta que se desliza entre las sombras. Moviendo la cabeza, Duncan intenta ver la cara de la persona que se acerca lentamente. Se paran los pasos. Ya no se oye sino el maullar de un gato. Destacan en la oscuridad unos zapatos brillantes a los que llega el reflejo de una luz cercana. De súbito Duncan se vuelve y empieza a correr. Oye unos pasos apresurados que le persiguen. Al doblar una callejuela, Duncan se para, agazapado en la esquina. Ve pasar una figura rápidamente, y aunque es poca la visibilidad que da una bombilla cercana, distingue a un hombre con un arma en la mano. Duncan, una vez que han pasado unos momentos, sale corriendo en dirección opuesta. Después de correr un buen rato, llega a la avenida. Hay pocos coches y la cruza rápidamente.
Una vez que llega a su casa, saca una caja de su gabardina, dentro de la cual hay un diamante. Lo observa unos momentos y cierra la caja. Se sirve un coñac y se dirige al teléfono. Marca un número nerviosamente mientras enciende un cigarrillo. Nadie contesta. Mira su reloj.
-¡Las ocho! –exclama.
Vuelve a marcar.
-¡Maldita sea!
De un trago se bebe el coñac, al mismo tiempo que apaga el cigarrillo. Coge la gabardina y la caja. Mientras baja las escaleras, va poniéndose rápidamente la gabardina. Cuando llega al portal, coge la caja y se la mete en un bolsillo. Va a salir del portal y exclama:
-¡Diablos!
Sube precipitadamente las escaleras y abre la puerta del apartamento. A la derecha, en una mesa de cristal, hay unas llaves. Las coge y baja las escaleras a todo correr. Sale del portal y se choca con un hombre, que cae al suelo. Balbuceando una disculpa, Duncan le ayuda a levantarse; una vez que el hombre se ha alejado, saca las llaves del bolsillo y abre la puerta de su coche, un Ford Capri rojo. Arranca y se aleja rápidamente.
Después de pasar por la avenida y meterse en una calle, se detiene. La calle está oscura y Duncan mira su reloj: las ocho y veinte. Sale del coche y, mirando a ambos lados, pasa la calle rápidamente. Entra en un edificio viejo de apartamentos, y mientras cruza el umbral, lee: "APARTAMENTOS TURNER". A la izquierda está la conserjería. No hay nadie. Sube al segundo piso y recorre apresuradamente el pasillo. Se detiene frente a una puerta: la número 209. Duncan da tres golpes. Nadie contesta. De nuevo vuelve a llamar, esta vez pegando su oído a la puerta. Percibe un leve quejido y aporrea la puerta. En esta ocasión oye claramente una voz: "Duncan". De una patada tira la puerta. Allí, sobre la cama, está su viejo amigo, Keats, agonizando. Duncan se acerca y Keats le susurra:
-Ten cuidado. Ya están sobre aviso.
Duncan aprieta los puños.
-No te preocupes. Llamaré a una ambulancia. No pasará nada.
Sin embargo Keats le responde, negando con la cabeza:
-Nunca perdonan.
Duncan se ve impotente ante la agonía de su amigo.
-Vete, vete –le dice. –Y ten cuidado, por lo que más quieras.
Se oye el ruido de un coche. Duncan mira por la ventana. Un Cadillac negro acaba de aparecer abajo. Se oyen pasos en las escaleras; mientras, Duncan se dispone a bajar por la escalera de incendios. Antes de salir, mira por última vez al amigo de su juventud. Baja precipitadamente, llega a su coche y desaparece.
Son las siete de la mañana. La tenue luz del sol se filtra entre las cortinas de su habitación. Mientras desayuna, Duncan piensa en Keats, en el diamante… y recuerda las palabras de su amigo: "Ten cuidado. Ya están sobre aviso".
Sale a la calle y empieza a caminar. A pesar de que luce el sol, hace frío. Duncan recorre el mismo camino que el día anterior, y al llegar al portal en el que se tenía que haber encontrado con Keats, se queda parado, mirando fijamente al suelo, meditando. Oye pasos y se oculta, como lo hiciera la noche anterior. Ve pasar un hombre, le parece que es el mismo que llevaba el arma. Sin embargo, hoy va mirando el reloj, andando deprisa, como si llegase tarde a alguna parte. Duncan decide seguirle, y al llegar aun garaje cercano, el hombre entra por una pequeña puerta, que deja entreabierta. Duncan, desde el umbral, oye una voz que da unos datos a los asistentes de la misteriosa reunión:
-Id ahora mismo a casa de ese tipo, Duncan, a buscar la mercancía y deshaceros de él. Tenéis que estar aquí todos a las nueve, con el diamante.
Las manos de Duncan recorren sus bolsillos buscando algo que no encuentran:
-¡El diamante!
Duncan, sin esperar más, se marcha sigilosamente, y cuando considera que está a una distancia adecuada, corre todo lo que puede, raudo, hacia su apartamento. Se repite interiormente: "Tengo que llegar a tiempo".
Sube apresuradamente por las escaleras, abre la puerta, entra y empieza a buscar por toda la casa. Desesperado, se acerca a la percha, y cerca de allí, en el suelo, está la caja. La recoge y se la guarda en el bolsillo de su gabardina. Se dispone a marcharse, pero antes echa un vistazo por la ventana.
-¡Dios santo! –exclama.
Se acerca un Cadillac negro. Ahora no le ampara la oscuridad para bajar por la escalera de incendios, como lo hizo la noche anterior. Tiene que pensar algo rápidamente. En un rápido movimiento, se pone en la ventana. Con cuidado se agarra a la ventana contigua. Ya tiene una mano y un pie en cada ventana. Hace un brusco movimiento y coloca ambos pies y ambas manos en la ventana del apartamento de al lado, al mismo tiempo que oye un ruido.
Una vez dentro del apartamento ve con asombro que el ruido lo produjo la caída de una pequeña caja; mete las manos en sus bolsillos.
-¡No, no y mil veces no!
La caja ha quedado en la escalera de incendios. Oye jaleo en su apartamento. Ahora no puede arriesgarse a cogerla. Oye un ruido a sus espaldas. Se vuelve y ve a una mujer con una bandeja en las manos.
-¿Quiere un café? –le pregunta.
-No, gracias, ya he desayunado –contesta Duncan.
Ve cómo se aleja el Cadillac negro.
-Hasta la próxima, señora –dice Duncan.
-Adiós, vuelva cuando quiera.
Haciendo la operación anterior, Duncan vuelve a su apartamento. Con cuidado baja por la escalera de incendios y coge la caja. Cuando vuelve a su apartamento ve una nota en la mesa. Dice así:
"Duncan, vete a las cinco a la calle trasera del hotel Hillman con la mercancía para hacer un trato".
Mira el reloj: las diez. Tiene siete horas para pensar lo que va a hacer.
Durante toda la mañana está bastante ocupado: primero ordena el apartamento, después sale a hacer algunas compras, más tarde sale a pasear para evadirse un poco de su responsabilidad, y por último vuelve a casa a preparar la comida.
Una vez que la ha preparado, se dispone a comer mientras ve la televisión. Después de comer se tumba en la cama y descansa durante un rato antes de acudir a su cita.
Mientras descansa, piensa:
"Si no acudo estaré probablemente toda mi vida perseguido, en cambio si voy es probable que haya un acuerdo beneficioso para ambas partes. No merecía la pena que hubieran matado a Keats. Podría haberse arreglado todo amigablemente".
Mira el reloj: las cuatro y media. Se levanta, coge el diamante y se lo mete en el bolsillo. Se pone la gabardina y se dirige a su habitación. Una vez allí, abre el armario y coge la pistola. La guarda en el bolsillo de la gabardina y se va. Cierra la puerta. Baja lentamente las escaleras. Cuando sale del portal mira al cielo y piensa: "Va a llover".
Se sube el cuello de la gabardina. Mientras recorre la calle, mira los escaparates para escapar inconscientemente de lo que le aguarda. Pero ya ha tomado una decisión. Se detiene. Ante él aparece un rótulo luminoso apagado: HOTEL HILLMAN. Sigue adelante, y al llegar a la altura de una calle pequeña, tuerce a la izquierda. Continúa y tuerce a la izquierda otra vez. Ya está en la calle trasera del hotel Hillman. Mira su reloj: las cinco menos cinco. Llegarán de un momento a otro. Observa la callejuela. En la parte posterior del hotel se agolpan los cubos de basura. Ahora se fija en el edificio que hay enfrente. Dos ventanas viejas se ven únicamente en el edificio de dos plantas, probablemente deshabitado. Oye el ruido de un motor. Instintivamente se lleva la mano al bolsillo y agarra la pistola, al mismo tiempo que se oculta tras los cubos de basura. Un Cadillac negro asoma por la esquina su parte delantera. Se coloca en mitad de la calzada. Se abre una puerta trasera y aparece un hombre. Duncan sale de su escondite con la pistola en la mano
-Si nos das el diamante te dejaremos libre. Ese es el trato –dice un hombre embozado en un abrigo negro.
-¿Y mi parte? Yo quiero algo –contesta Duncan.
Salen dos hombres más del coche. Duncan va detrás de los cubos de basura. Cuando los dos hombres se disponen a disparar, Duncan dice:
-Si no me dais algo me tragaré el diamante.
Un disparo hace blanco en un cubo de basura, que cae al suelo estrepitosamente. Rápidamente, Duncan saca el diamante y se lo traga, o al menos eso intenta, porque su tamaño es desmesurado y se le atasca en la garganta. No puede respirar. Sale de detrás de los cubos de basura con la pistola en la mano, intentando pedir ayuda. Pero los dos hombres, ajenos a eso, disparan una, dos, tres veces sobre el cuerpo de Duncan, que queda tendido en el suelo, ensangrentado, inerte. Los dos hombres se acercan a él y se disponen a registrarle cuando oyen una sirena de policía a lo lejos. Montan rápidamente en el coche y desaparecen. La sirena de la policía se va oyendo cada vez más cerca. Probablemente algún ciudadano que conoce su deber cívico y lo ha visto todo, haya llamado a la policía.
La sirena se para. Se oyen pasos. Llueve.

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