Con el bourbon se me alteran considerablemente las percepciones, pero de una forma muy curiosa. Lo constaté el viernes último en la habitación de un hotel de lujo, porque era una de las pocas ocasiones en las que me da por pensar sobre mi pensamiento, o como se quiera decir. Oh, my God!, qué difícil es explicarlo. Bueno, el hecho es que allí, encima de la moqueta, contemplaba yo el cuerpo de aquellas dos jovencitas, entre las que no tendrían tantos años como yo. Lo sorprendente fue que me sorprendiera de que fueran hermosas, porque bueno, aunque mi pasado es de dominio público, alguna chica guapa sí que me fumé un cigarrillo después, aunque la mayoría fueran feas. ¿Por dónde iba? Ah, sí, eso y entonces me digo, pero Pedro, si son guapas, y me sorprendo. Hasta ahí bien, pero luego me sorprendí por haberme sorprendido, así que miro alrededor y con el bourbon que tenía encima, todo lo veía distorsionado. Y la morenita me dice «vamos, cariño» y en ese momento ¡zas! me doy cuenta de que estamos los tres desnudos encima de la moqueta y la morenita tiene en la mano una especie de mechero bunsen con una forma muy freudiana y se supone que algo así como una vela de olor pero de alcohol, porque el instrumento era de cristal transparente y el líquido de dentro debía de ser colonia porque cuando la morenita le quitó la mecha que había en la punta (con perdón) me saltó una gota al ojo y salió a relucir mi faceta copernicana. Me consolaron tan amablemente que ni me preocupé de la tarifa vigente en ojos de cristal; con el ojo bueno le estaba mirando el ombligo de cerca a la morenita y al rato decidí hacerme lama (a condición de que tengan experiencias místicas unas cuantas veces diarias), porque aquella chica era una divinidad y con unas caderas así cualquiera se resiste al nirvana. Pero la cosa no termina ahí; porque justo cuando me estoy retirando del ombligo de la morenita, que me mira con carita de pilla, le hace un gesto a su amiga y aparece otra vez el mechero o lo que sea; lo cierto es que se había metamorfoseado, o sería el hermano gemelo, porque éste era sólo cristal, sin mechas ni colonia (merde!) y la morenita me invitaba a que hábilmente depositara mi aliento de bourbon sobre el instrumento, a lo que me negué con reiteración, aunque ya vencido a unos encantos que me estaban haciendo subir el tono de voz (serían los pentagramas de la amiga, porque no la oía aplaudir), accedí a condición de que la morenita me dejara una foto. Lo curioso fue que una vez terminada mi labor -psicoanalizable al cien por cien- y con el vidrio caprichoso y húmedo entre las manos, la amiguita me quitó el sitio y la morenita y ella tuvieron unos intercambios hartamente interesantes -desde el punto de vista filológico- con el cristal soplado aquel. A mí, la verdad, me aburrió un poco hacer de espectador pasivo, así que el bourbon optó por dormirme.
Cuando desperté, las muy canallas ya se habían ido y allí estaban sonriéndome desde la foto, cada una con el trofeo de cristal en la mano (y yo dormido al fondo). Lo cierto es que el bourbon me altera las percepciones, pero la morenita cada día me parece más guapa y su amiga también, ¡si la cámara no tenía disparador automático! ¿Quién haría la foto?
BRAIS
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