Ayer soñé que existía la justicia. Quizá fuera Salomón o algún mítico hombre sabio quien la impartía. Llegó ante él un caso ciertamente curioso. Se trataba de una persona acusada de asesinato: el típico hombre pusilánime que nunca había roto un plato, y un buen día agarró su herramienta de trabajo y la transmutó en arma.
Llevado por la euforia del momento, este hombre humilde -honrado trabajador para sacar a sus hijos adelante- había asesinado a sangre fría al dueño de la fábrica en la que moría todos los días un poco. Cuando llegó la hora del juicio, el hombre fue tajante:
-Fue en legítima defensa, señor juez. Este verdugo, con su fábrica arrasadora de árboles y contaminadora de ríos, estaba matando a mis hijos. No ya a mí, que voluntariamente dejaba todos los días una parte de mi vida a cambio de sus limosnas. Pero quitarles a mis hijos el aire, el sol... ¡LA VIDA!, eso no se lo aguanto a nadie. Señor juez, sé que es un crimen, pero si tuviera que volver a hacerlo, no lo dudaría: mataría al empresario que se enriquece a costa de matarnos a todos, al político que se lo permite y le da facilidades, o al político que él mismo también se ocupa de matarnos, y si llegara el caso mataría al juez que mintiera diciendo que los crímenes ecológicos se pueden arreglar con dinero: si llegara el caso, señor juez, le mataría a usted.
Sin cambiar siquiera de postura, sin retirarse a deliberar, tan sólo reflexionando unos minutos en su asiento en el centro de un silencio impresionante, el juez formuló la siguiente contestación:
-Con el Código Penal en la mano, sin vehemencias y con justicia, le digo que está usted libre. No es que le absuelva, porque no soy un confesor. Según la legislación vigente, la figura de la "legítima defensa" pide una adecuación entre el crimen que se pretende evitar y el que se deja impune; en este caso la muerte del empresario hace posible que la vida de miles de seres no se ponga en peligro. Por tanto, hay legítima defensa. No soy partidario de la pena de muerte, y a través de la institución judicial me parecería aberrante condenar a muerte a nadie: sea especulador, enfermo de piromanía o asesino. Pero ¿cómo decirle a un padre que ve a un insensible estrangulando a su hijo que no le arranque la cabeza? ¿cómo no darse cuenta de que la única disuasión para quienes juegan con vidas ajenas es ver en juego la propia vida? Vaya usted, buen hombre, con la conciencia tranquila. Y si alguien le dice que usted es un asesino, contéstele que quizá sí lo sea, pero con el atenuante de "crimen pasional". No hay belleza comparable a la de la naturaleza, y el amor que despierta es el más respetable, pues es el amor a la humanidad. Si para que todos podamos sobrevivir hay que ajusticiar gentes que no merecen la atención de nadie -pues con los votos está comprobado que no se les puede enmendar-, bienvenida sea la pasión por lo nuestro, por nosotros mismos, por los demás. Una hectárea de savia bullente vale más que un ser humano sin sangre, conciencia ni sentimientos, porque tiene más vida. Queda usted en libertad.
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