14.4.11

DESMANIFIESTO JA.JA EN 1994

Soy arbitrario y me regodeo en ello; adjudico a quienes me rodean -alternativa y aleatoriamente los insultos o piropos que mejor me suenan en cada momento, sin pararme a pensar siquiera si son o no adecuados a su persona. Cuando circulo por la ciudad dentro de un automóvil encuentro un placer indescriptible en el solo pensamiento de atropellar transeúntes que únicamente sirven para interrumpir el tráfico; en cambio, si como peatón me veo alterado en el ritmo por la circulación de los vehículos, mi mente se ve ocupada por el deseo vehemente de tirotear a conductores cuya prepotencia se me antoja insoportable, como si de blancos de feria se tratase. Sé que no es justo, pero me es igual; soy el único juez que merece la realidad que me rodea, y a cada instante voy inventando las leyes que más apetecibles me resultan, sin tener que rendir cuentas a nadie, pues mi existencia se resuelve en mi propio ser. ¿A alguien le parece mal? Posiblemente no sea sino envidia por haber llegado a la más alta cota de moral que se pueda concebir. Soy el Anticristo y Dios Padre al mismo tiempo; soy una lechuga y el aceite que la ahoga y donde se baña: hasta el punto de no reconocer autoridad ni potestades, vomito sobre las jerarquías y abomino de marginalidades. Sólo me falta, lo sé, un ápice de dedicación para alcanzar la cima de mis aspiraciones: ser un psicópata de mediocres, asesino de quienes nutren las encuestas.

Lo interesante, sin embargo, no es mi personalidad actual: nadie la entendería, soys demasyado lerdos. Me complace por el contrario saltarme las leyes de la sociología sin haber sido nunca un conocedor de las mismas; darles en las narices a todos los científicos y el resto de quienes creen conocer un mundo siempre tan lejano para ellos... por efecto de la distancia lo ven pequeño cuando no lo es, sin percatarse de que se trata de un defecto de su vista y de su vida. Yo, en cambio, estoy sumido en ella continuamente, me embriago con sus efluvios de perfume y cloaca, siento en mis carnes la sensación favorita: transportado sin moverme del sitio, buscando caricias materiales o espirituales incomprensibles para quien no sea yo o quien me las proporciona.

Hay quien nunca ha sentido un placer más elevado que otro, también hay ciudadanos de cuarta categoría, y niñas de terciopelo y nada dando saltitos en una sociedad que sólo busca la forma de violarlas en su ignorancia, y lo consigue. A mí, en cambio, me encontraréis retratado en el amargo sabor del último sorbo guardado en la copa de un vino excepcional: mi rostro será el reflejo del final del vaso, compartido por un placer que se degusta y un anticipo de ausencia, pérdida de ese paraíso. Así tengo conciencia de ser, pues cuando llego a un sitio ya estoy amenazando con mi partida. Se me añora en todos los círculos, mas cuando llego no se me agasaja; lo impide el temor a verme subido a una parra que no cultivo por exceso de facilidad; me aburre pensar en mí como el ser superior del universo, y sin embargo aún no he sido capaz de encontrar a nadie que se me asemeje: lo más parecido eres tú, pero sólo por leer mis confesiones. Ahora puedes estar sintiendo un regusto ácido en tu estómago, por no soportar el discurso avasallador, pero has de reconocer -a pesar de todo- que has seguido leyendo: he ganado.

No será tarde cuando puedas identificarme, pues me ves a diario sin reconocerme; me revisto con disfraces imperfectos, que por eso mismo pasan desapercibidos. O sea, superan en un grado la perfección que soys capaces de concebir. El mundo no está hecho a mi medida, y por eso con el paso del tiempo he optado por licuarme y adaptarme al continente; o convertirme en un gas capaz de dejarse comprimir hasta límites insospechados, pero conservando en la esencia esa posibilidad de dinamitar en pedazos cualquier superestructura; un gas cuya alma (negra como los ojos tizones de mujeres increíbles) es el germen de explosiones capaces de crear mundos mayores que la imaginación, o arrasar todos los universos posibles. Mi condición camaleónica resulta indispensable para poder sobrevivir en este estéril desierto sin poetas, y así quizá sin saberlo, todos me amáis. Posiblemente renegando de mí o vomitando en mi forma de vida; tal vez poniéndoos de rodillas ante mi desprecio o buscando la forma de admirarme sin palabras serviles. Soy capaz de postrar a mis pies ejércitos de locos, y ese mérito puede tener consecuencias nefastas para los cuerdos; también la masa que me aclame puede ser de cuerdos, y eso es peor: significa que no existen patrones de referencia para mantener los manicomios en pie.

La autoterapia que practico (sin la cadencia monótona de las sesiones médicas) se resuelve en obras, instrumentos de tortura para conciencias e inexistencias; esto forma parte de ella, y confesarlo es desbaratar ese andamiaje que un día de vino sin rosas hizo posibles las reuniones de arrepentidos: una fauna insoportable que vaga por los caminos proyectando sus pestilentes bandurrias, máximas aprendidas como los pájaros tropicales de cien colores y ningún cerebro; ajusticiados por su propia tendencia al masoquismo, yo establezco ahora una sentencia: «quien no supere esa prueba, el acceso a la angustia, nunca será capaz de conocer su propia personalidad». El asco me impide seguir,

(...)

¡Hola! Soy yo y os llamo desde la playa, hace un día espléndido de gatos y amenazas de cobre; paseo repetidas veces por la misma andadura, y a fuerza de verme en el espejo de piel del mar no hay quien me distinga de los turistas. El mar está helado, sin colores de buzo o razón de barcas de amor.
Hace tango tiempo que no sé nada de vosotros...

No quiero comenzar a soltar tropelías y condumios, pero debéis conocer este disimulo, las ganas de Séneca o repartir semillas por surcos bien guardados gracias a la moral tradicional. Rujo y meneo la cola para evitar vuestro aburrimiento por puras agujetas mentales, ésas que os impiden ahora mismo levantaros a apagar las plantas de pies ajenos, o nubecitas de un algodón os bulle en el recuerdo de esa infancia que nunca disfrutaréis; los niños se os han convertido en tallos espinosos que os impiden llegar a la meta. Es una carrera ideada con un fin: olvidar la esencia del perfume; el abogado del diablo se transforma en la conciencia, se identifican en simas hasta ese momento ignotas. «La tentación del abismo al borde del barranco»: ésa es la cúspide, el culmen de las emociones fuertes; ya ni se sabe dónde encontrar una circunvolución a tiempo, un triunfo. Las lobotomías dominan vuestros paisajes mentales inexistentes. ¡Bah!, me aburrýs.

Un tiro de piedra es la excesiva distancia que media entre lo cotidiano y lo excepcional; sin embargo el plomizo aire se resiste a atravesarla, se niega a ser respirado porque incluso él desprecia pulmones ya conquistados por nicotinas enajenantes y enderezadas.

Enhiestas como enebros, las huestes caben por oquedades, orfandades de venas en flor y sinsabor.

desmanifiesto ja.ja, en 1994

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