8.4.11

NUEVA VERSIÓN DEL MITO DE TESEO DESDE UN PUNTO DE VISTA ESTRICTAMENTE FILOSÓFICO

A Esther

¿ Quién recuerda ahora el momento crucial en que decidió, consciente o inconscientemente, comenzar el largo peregrinaje de la sabiduría? Pero Parménides está ya tan lejano en el tiempo como en certeza. Privar a las Helíades de su velo no es el último paso ni el más importante. Es la puerta de la sabiduría, como en el poema del griego, pero también es la puerta del laberinto.

Muchos componentes de la secta desearían que existiera la máquina del tiempo sólo para tener la posibilidad de retornar al umbral. Desde ese instante han ocurrido tantas cosas, hemos buscado detrás de tantas esquinas inútiles, buscado (¿es esta la palabra correcta? «Me he buscado a mí mismo», dijo Heráclito) en recovecos con apariencia de verdad (pero si la verdad existe, entonces todo es verdad o no lo es nada, que no es lo mismo pero es igual; firmado los Sofistas) y no hemos salido de los pañales filosóficos.

Hay quienes dicen que la entrada en el grupo de los elegidos es irreversible (como la circuncisión judía), también los hay con la opinión de que los elegidos se caracterizan por llevar en la frente «el estigma de caín», otros opinan que no son elegidos sino simplemente marginados, nada de élites. De cualquier forma, hay una cosa en la que todos coincidimos: nada es igual desde el momento en que se traspasa el umbral. Esto no significa que necesariamente hayan cambiado las cosas, más bien quiere decir que la visión de las mismas
es diferente.

Sopesando todo lo que hay en juego, se toma una decisión, más tarde o más temprano; si se concluye que no compensan el sufrimiento vital las satisfacciones que —dudosamente— otorga el saber, o mejor, el ansia de saber, entonces la decisión es abandonar el laberinto de la sabiduría por voluntad propia, y para siempre; si se intuye que un poco más allá, detrás de un muro cualquiera, puede haber algo que dé finalmente sentido a la vida propia (que de suyo no lo tiene) se decidirá continuar un poco más en la peregrinación hacia el centro del laberinto. Ninguna de las decisiones es fácil, pero en ambas hay una característica común: la conciencia de estar ya dentro del laberinto.

Si la decisión tomada es la primera, no bastará con decidir abandonarlo; habrá que abandonarlo de hecho, y como hace veinticinco siglos se necesitará un hilo que guíe hacia la salida, uno no es autosuficiente cuando se está sumido en la dinámica del saber. Se precisa una Ariadna que guíe al pobre guerrero, al demacrado y renegado filósofo, ya que él mismo por sí solo no es capaz de desandar todo el camino. Muchas veces el Teseo desertor tardará años larguísimos en encontrar a su Ariadna, pero aún así habrá tenido suerte, porque la mayor parte de los que toman esta decisión consumen el resto de su vida en las trampas laberínticas, destinadas a hacer que quien regresa con las manos vacías no pueda recuperar la ignorancia original, la gran dicha perdida.

En cambio, si se toma la segunda decisión, el suceso que tarde o temprano espera al viajero del saber es el encuentro con el temido Minotauro. Pero no todo se resuelve con la feliz crueldad con la que se resolvía en Grecia. Teseo, en aquel entonces, debía matar al Minotauro para poder acceder al amor de la hija de Minos, Ariadna, que era quien le facilitaba la huída del laberinto gracias al hilo. Ya no es posible que las cosas sucedan así, porque el Teseo de nuestros días encuentra en el centro del laberinto lo más inesperado: el actual Minotauro es el Amor, mitad bestia, mitad hombre. Entonces tiene lugar la paradoja: el filósofo debe matar al Amor, la forma de hacerlo es cuestión aparte. Y si mata al Minoeros, ¿qué posibilidad le quedará después de salir del laberinto, si es por amor por lo que Ariadna le va a salvar? Y si no lo mata, ¿cómo seguir el hilo dándole la espalda al peligro acechante que puede acabar con Teseo en cualquier momento? Si no aniquila al Minoeros, este Teseo es tan desertor como el de la primera decisión por volver (o al menos intentar volver) con las manos vacías.

Muerto el Amor, ¿de qué sirve la sabiduría?

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