9.4.11

El ABC del sexo

A veces los espíritus indómitos se revuelven entre lo cotidiano, como el amante del amor que busca siempre a su favorita entre las desconocidas; casi como un rito, un tic o un atavismo. A lo largo y ancho del mundo de los sueños suele ocurrir eso, lejos de voluntad o remordimientos.

Bajo la techumbre de un garaje posmoderno en este caso, un taller especializado en motocicletas, se desatan instintos. Basta una excusa nimia, un destello.

Cerca de una moto de diseño, tan rosa como el interior de las adolescentes, charlan en armonía. Chico y chicas entre guiños de coquetería, entre seducciones tan fáciles como tentadoras.

¿Dónde se esconde la chispa de la mecha cuando explota la dinamita? Digamos que entre los pliegues menores de las hormonas incipientes...

Es media tarde, bajo el pantalón bullen los más ardientes deseos... también bajo las faldas y entre motores. Escuchar su rugido –sin duda–  hace que el corazón se acelere.

Filtrando las miradas, lleno de arrojo el carmín de la iniciativa, una de ellas se le acerca. Finge inocencia, pero su boca entreabierta delata intenciones.

Gatuna la mirada, felinos los movimientos. Gira su cuello hacia sus dos conocidos, como ampliando la invitación que ya le ha hecho al extraño: complicidad y guiños a todo trapo.

Hay que decir que él aparenta recelo, escepticismo y distancia... pero su interior se derrite. Hoy no quiere negarse nada a sí mismo: bastante nos niega el mundo cada día.

Incitándole a unirse al grupo, toma su mano y le lleva hasta los demás. Incluso las caricias se le diluyen a él en un horizonte de apetitoso futuro.

Juegan los cuatro como si no supieran cuál es la meta real de aquel itinerario: como un desafío en grupo o una aventura. Juegan a jugar cada un@ consigo mism@.

Kilómetros de sistemas nerviosos que caben en un solo cuerpo, multiplicados por cuatro. Kilos y litros de adrenalina galopando dentro de la conversación, que ya desemboca en actos.

Le otorga plácidamente su consentimiento el macho del grupo, con la misma naturalidad con que aquella guarrilla adolescente le muestra su sexo sin bragas (la falda arremangada) montando a horcajadas sobre la moto mientras le mira. Lo hace con una lujuria inesperada, que a él le desarma sin remedio... porque a veces...

Momentos en que el orgasmo da sentido a una vida, olvidando los riesgos o el pasado: él se rinde a la evidencia: sería capaz de perderlo todo en ese instante. Mucho más que eso: capaz de perderse.

No se ponen límites y a pesar de ello los traspasan, pues entre aquellas paredes tienen lugar carreras sobre una moto que no se mueve del sitio. Nínfulas abrazando húmedas la prolongación de todas sus fantasías; también el machito que juega (pero casi pierde la importancia, casi desaparece entre el paisaje de vulvas) con el incomprensible código del equívoco; inundar los ojos será el corolario: de sudor lujurioso y humedades de sexo.

Ñoñerías aparte, aquello le resultó una lección difícilmente olvidable; un hito, un lugar al que regresar con recuerdos en los días de interminable tedio. Ñandús corriendo libremente por una estepa desierta-infinita: era la imagen que evocaba su mente al final de esa tormenta de placeres indescriptibles.

Obviamente le costó despedirse; no bien hubo alcanzado la calle ya estaba pensando en volver: el planificado regreso al paraíso. “Otro día buscaré una excusa” –se dijo; “esto no puede quedar así, pero... ¿a qué había venido yo?”

Paseaba casi automáticamente y se iba alejando de la tienda sin apercibirse. Puede que nunca vuelva, pero todavía no lo sabe... aún han de ocurrir otras cosas.

¿Quién ha dicho que no pueden contagiarse hongos en un sueño erótico? Que la distancia onírica no es impune –la posibilidad en ellos de una ETS– os lo puede asegurar ese protagonista, para quien ahora comienza el calvario.

Resulta un amargo equilibrio pagar semejante precio, pero tras el sufrimiento se esconde una reflexión aún más dolorosa; conformarse porque podría haber sido peor (una sentencia de muerte) es un pobre consuelo. Rabiando por el dolor, los picores y escozores (pero más aún por la humillación de sentirse tan ingenuo ante sus propios ojos y su propio juicio, ahora inquisidor); rabiando, se juró a sí mismo no volver jamás al antro infernal origen de aquellos inaguantables dolores.

Si hubiera que resumir aquellos acontecimientos en pocas palabras, habría que traer también a colación la contradicción. Se debatía entre la utopía del tiempo imposible, en el que todo ocurría casi igual... pero de otra manera, sin consecuencias... y la rabia de ese imposible, porque se veía obligado a aceptar que las cosas habían sido así y no de cualquier otra forma.

Tantas veces pensó sobre ello, tanto tiempo dedicó al asunto que parecía haberse convertido en el eje central de su vida; algo así como una religión o una catástrofe de índole universal. Temía que el futuro sólo fuese una vida girando alrededor de aquello: infierno y paraíso.

Una tarde semejante a la de autos, al fin se decidió a terminar con aquello; se encaminó al taller convencido, esperando poder afrontar su destino (fuese cual fuese) al menos con dignidad y decisión. Unida a la resolución de aquella cuestión sexual convertida en metafísica, consideró ligado para siempre su futuro; un punto de inflexión.

Vemos ahora cómo nuestro héroe se acerca a la puerta del taller, pareciera que han pasado años desde aquel día (por el peso que ha adquirido en su cabeza) pero entra decidido. Va directo al dependiente y comprueba que no es el mismo; mientras las explicaciones del traspaso de la tienda llegan blandamente hasta su cerebro, pues tiene el pensamiento en otro sitio: aquel lugar huele tan distinto, su luz es tan ordinaria y lúgubre...

Whisky tras whisky acaba comprendiendo que sólo hay paraísos perdidos; casi llora imaginando la cantidad de noches que le esperan atisbando la posibilidad de un reencuentro en la gran ciudad. “WC” dice la puerta; tras ella, se deja llevar y vomita con una insistencia casi enfermiza; entre sollozos.

Xilófonos en la cabeza, galopes en el pecho y un desierto en la boca; éstos son los frutos del día siguiente. Xilografías del alma que a su paso van dejando horas incomprensibles, gracias al dolor del corazón bienherido... son la cruz que da la cara ante la primera luz de la mañana; es el arte hecho vida: desde el abismo de la desesperación, puede llegar a inmortalizarse la herida.

Ya no se trata de elegir entre la resignación del olvido y el combate de la batalla perdida; más bien es una lección que nos da la vida: que cuestan de asimilar, pero nos sirven para crecer sin medida... madurar, en definitiva. Y no hay reproche que valga, a ningun@ de l@s tres les guarda rencor disfrazado de melancolía; poco a poco acepta que aquella tarde fue un destello que le cegó como castigo, por acercarse tanto a un sol que le tentara para ser dios.

Zumban los oídos mientras pasan los días, pues vamos –como él– envejeciendo entre sueños, sin aceptar del todo que el resto de nuestra vida es sólo un ensayo que pretende emular aquel día... Zombis entre sombras proyectadas, nada más que eso somos... añorando el ideal vestido de utopía, la juventud eterna que anhelamos como motor para cambiar el mundo.

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