9.4.11

ECUADOR

Sentías resonar el clic–clac rítmico de tus tacones, la sala estaba vacía y caminabas despreocupadamente. Luego recordaste, un par de meses después de ese día, que al pasar por el corredor, antes de llegar, habías tenido un presentimiento. Pero eso son bobadas; ahora has creado ese presentimiento porque tu mundo ha cambiado. Como si hubieras entrado en una cueva o en un auditorio, todo se te hizo confuso al llegar a la sala. Levantaste la mirada del papel y se clavó en mí. Dijiste burocráticamente mi nombre, y luego:
–Sígame.
Caminabas delante de mí oliendo a natillas; ibas así pasando por los pasillos, mientras sentías en tu cuerpo mi mirada como un leve roce, sólo eso, un leve roce que después, al abandonar tu ropa de trabajo, identificaste como algo acartonado y viste la tarjeta. Sonreíste pensando en mi descaro y tus ganas de volver a verme. Tu mirada perdida en la soledad de la habitación me calificaba, como tú, de medio obseso, o grosero, o atrayente, o peligroso.
Te fijaste en la lámpara, sin saber por qué, y comenzaste a excitarte. Te debatías entre seguir adelante o tan sólo acariciarte un poquito, porque después... siempre te entra ese desasosiego, te empiezas a preguntar por qué, qué necesidad tienes de buscar placer tú sola; a veces lloras mientras fumas un cigarrillo.
Pero la suavidad de tu muslo impidió la decisión de dejarlo. Demasiado tarde, pensabas mientras te entregaste ya sin ningún obstáculo y entonces empezó el ritual. Respiraste profundamente, decidida a descubrir nuevos pliegues en tu cuerpo; tumbada en la cama, distraídamente, te quitaste los zapatos y los dejaste caer al suelo. Suave también el contacto de tus medias con la colcha, frotaste los pies unas cuantas veces mientras tus manos ascendían hasta las rodillas, empujando la falda, que te cubrió un poco la camisa. La mano derecha se empeñó en servir de puente entre los dos muslos, mientras la izquierda, molesta por la falda, desabrochaba unos botones y buscaba el pecho con mucha delicadeza, pero arañando levemente el escote. Abajo empezó el volcán, porque tu liguero se oponía a que la mano penetrara bajo la media, pero era imprescindible. Al principio lo era. Después olvidó el muslo y un índice perverso abrió paso y dejó que el corazón empezara a latir fuertemente, mientras otro corazón, allá abajo, se humedecía arrancándote un leve gemido. Quizá la dureza del pezón no fuera obra de la uña, sino de tu excitación, pero te gustó tanto que aceleraste el tiempo de penetración y tu dedo casi te hizo gritar de placer, mientras el pulgar de la misma mano acariciaba el vello crespo de tu pubis, que casi te pareció irreal; tan delicioso era el roce que tu mano provocaba en el clítoris. El ritmo creció y ambos corazones se acompasaban, al unísono. Te relamiste, durante una décima de segundo todo tu cuerpo se detuvo, para después, con más avidez, buscar ese placer a galope de colchón; te estremeciste pensando que pudieras ser otro que te estaba penetrando, que pudieras ser yo; en un gemido final anhelaste la eyaculación de tu dedo, que no llegó.
Durante un par de días te debatiste entre las dos ideas más tontas que siempre atormentan al ser humano, pero sólo se presentan ante una elección: seguir acomodada en una vida, en una forma de vida conseguida con esfuerzo o arriesgar la estabilidad por el atractivo de romper la monotonía.
Pensaste cómo sería yo, qué te diría si me llamabas, cuántas tarjetas habría repartido desde que recibiste la tuya. Por aquellos días estabas a medio pelear con tu "novio de toda la vida" –como a vosotros os gusta decir– que, la verdad, nunca ha sido gran cosa; y lo sabes, pero por tener a alguien cerca... Así que con el cosquilleo típico (el que también te entraba de pequeña, al besar a los chicos en los juegos de siempre), cogiste el teléfono medio dudando; si no sería una tarjeta falsa, o yo te había gastado una broma; salió otra vez tu complejo de fea, a punto ya de colgar, cuando oíste mi voz al otro lado del aparato:
–¿Dígame?
–Sí, por favor. ¿Está Ernesto?
–Soy yo.
–... Hola.
–¿Quién eres?
–Soy Sonia, no me conoces.
–Sí te conozco. Nos vimos anteayer, ¿no?
–¿Te acuerdas de mí? –sorprendida de la sorpresa.
–Claro, tu voz es inconfundible, muy dulce.
Te sentías tan adulada que no supiste qué decirme.
–...
–Bueno, Sonia, ¿te parece bien que nos veamos y tomemos algo?
–Sí, vale –contestaste al fin. Total, no te comprometía a nada quedar conmigo; siempre podrías no presentarte a la cita. “¡Pero qué tonta! “te decías; “¿cómo no ibas a ir, después de haber hecho lo más difícil?” Y, bien pensado, te apetecía verme.
Te encontraste conmigo, pensabas: el amor es un objeto fugaz –en ocasiones fungible– que a veces se disfraza de persona. Yo colecciono amor... no lo poseo, lo persigo y cuando lo atrapo (es una mariposa) pongo cuidado ante todo en no romperle las alas o marchitar sus colores. Voy por la calle y sonrío sola, jamás lo entenderéis... significa que sé dónde está y voy a su encuentro, no lo poseo: jugamos al escondite.
Mientras transcurría la tarde, el sol nos guiñaba nubes desde más allá de nuestros diálogos; más allá de las risas y las ocurrencias ensimismadas. Había dos planos, sin duda. Por un lado, lo que estaba sucediendo era sencillo y claro: una velada divertida, compartiendo agradables sensaciones. Por otro lado, el interior de nuestras cabezas (casi despreocupadas), maquinando el futuro, decidiendo acontecimientos y entregas.
El afán del orgasmo… se te mete en el cuerpo como un veneno. Sólo inspira, como el alcohol o el recuerdo, pero trasciende… su propio cedro.
En el ambiente olor a incienso: tan erótico como envolvente. Te impregna hasta la última célula, igual que el deseo y después la entrega: sucumbir, dejarse llevar ¡por qué no! hasta el último extremo de todo: del incienso, del deseo… sin pensar en ningún precio, no llegar hasta ese extremo. Como en una alfombra voladora, levitar sobre la materia… ¿acaso no es eso un orgasmo? Sentirse sólo espíritu, lejos de la esclavitud que significa estar atado a la materia. Puede que la necesidad del orgasmo sea ésta: alejarse de lo palpable, llegar a un cielo indescriptible, lejos de la materia; en el mundo de los sueños. Habitar el mundo como si no fuera el hilo de una telaraña, de un sueño.
Nuestras cómplices miradas albergaban una intención que nos delataba. Mi abstinencia de ti, el porqué de tu abstinencia... era casi un misterio desvelado, dos placas tectónicas chocando fue nuestro primer beso. Y después, todo por añadidura, para unas defensas tan bajas. Huir de la Humanidad sólo era el corolario de nuestro encuentro; nos necesitábamos tan solos, pero sin prisa, que todo fue sobre ruedas. Alrededor nadie sospechaba de nuestras intenciones: dejarles solos. O sí, porque se nos escapaban por los ojos.
Comimos juntos, en mi casa y después: mi semen más tu flujo, de postre con galletas de vainilla.
Traspasada ya la frontera, te entregaste sin recato. A tareas que satisfacen más a quien las realiza que a quien las recibe, si cabe.
Esto no puede ser, no está pasando... (pensaba mientras me la chupabas) esto pertenece al mundo de la fantasía, no es real...
Y recordaba aquel rato, en cuclillas y desnudo, imaginando que deslizabas tu cabeza entre mis piernas y comenzabas a engullir el miembro mientras me dabas enormes lametones en el esfínter, llenando mente, cuerpo, mundo... el Universo entero, de la misma sensación que ahora estaba sintiendo en el mundo material... ¿pero cómo habría podido imaginar aquello sin haber vivido antes esto? ¿acaso el universo era algo circular y cíclico, no lineal? ¿y a quién le importaba eso si me tenías a tu merced, entre sus labios? ¿a quién le importa el Universo cuando está a punto de correrse?
Aquella tarde estábamos en el ecuador del sexo, ardía la ciudad por ser verano y de nuestros cuerpos surgía además un fuego de esos que nunca se apagan, de los que sólo se apaciguan levemente gracias a los orgasmos. Tú escuchaste una frase inquietante, saliendo de mi boca:
–Voy a hacerte algo que jamás te han hecho... algo que no podrás olvidar...
Inmediatamente viste cómo el miembro pétreo se deslizaba hacia el exterior de tu sexo. Desde donde te hallabas no pudiste contemplar la bella imagen que el volcán les regaló a mis ojos: una polla tiesa y húmeda abandonando la cueva sonrosada de tu coño, esa boca abierta pidiendo a gritos más y más placer. Sin poderme reprimir, buceé golosamente con mi boca babeante, explorando con la lengua los pliegues de tus labios, la entrada de tu vagina tierna y bella, jugando con los dientes a rebotar tu clítoris entre mis labios.
–Esto me lo han hecho ya muchas veces... –tus palabras se oyeron entre jadeos y suspiros, entre tus ojos entreabiertos, entre tus muslos tensando unos músculos apetitosos.
Me retiré inmediatamente de esa tentación infinita, degustando tu sabor entre lo liso.
–Tienes razón, no me concentro, me dejo llevar y no era esto...
Me marché de tu lado contemplando graciosamente tu mohín confuso de orgasmo venido a menos; tú contemplabas mi perfil enhiesto alejándome hacia el baño.
–¿Pero por qué te vas? ¡No me dejes así!
Volví de inmediato, cargado con el instrumental. Cuando viste en mis manos la maquinilla, añadiste:
–Eso también me lo han hecho... –y una sonrisa ladina jugó con la boca de mi estómago, que le respondió con la misma incertidumbre de mis palabras.
–Así no, seguro...
Sin necesidad de más, volviste a ofrecerme tus muslos apetitosos. En el centro de aquel cielo se mezclaban el sudor neutro del calor recién nacido y el zumo de tus entrañas: el cóctel sabía a hidromiel o sutileza ¡qué sé yo! Dejé de lamer aquella reliquia porque anulaba mi voluntad y hacía desaparecer el tiempo; me puse a la faena: cogí el aerosol de nata y deposité sobre tu flor otra más blanca y dulce, que ocupaba todo el vello de tu bello sexo. Con una caricia exterior, la recoloqué sobre ese misterioso triángulo... al tiempo que con mi corazón acariciaba tu interior en el misterio de tus jadeos. Permanecías tumbada sobre la cama, totalmente desnuda y a mi merced, con la cabeza llena de mil colores indescriptibles.
Cogí la maquinilla de afeitar y empecé a rasurarte despacio, disfrutando del momento y de la espuma. Cuando las hojillas estuvieron llenas, mis dedos –siempre a favor del filo– se deslizaron por él y la mezcla de pelo y nata fue mi postre una vez tras otra. Tus gemidos de placer se acrecentaban desde el misterio, porque no me mirabas: sólo sentías cómo paulatinamente tu sexo quedaba al aire y mi boca lo llenaba de un soplo de aire fresco. Te sentías cada vez más desnuda, doblemente entre tus piernas. Me miraste de hito en hito y contemplaste cómo me estaba comiendo también el exterior de tu sexo; no pudiste reprimir una risa entre extrañada y sorprendida.
–¡¡¡Te lo estás comiendo!!!
–Y ahora que ya está todo liso, también seré tu bálsamo para después del afeitado.
Dicho esto, aparté la maquinilla y coloqué otro rosetón de nata justo en la entrada de la catedral de tu sexo. Me lo comí sin sonrojo, la nata me inundaba la nariz y los ojos: tú me inundabas el cerebro y el corazón. Mi lengua consiguió llegar hasta lo más profundo de ti (después me contaste que sentiste su punta en tu corazón bienherido) y cuando parecía que todo estaba a punto de acabar... te demostré que aún tenía un as en la manga; un as que no podía contenerse, que no aguantaba más. Clavar la punta de mi organismo en el centro de la habitación fue como dejarse llevar por un agujero negro: tú y yo arrastrados en la vorágine irredenta de mil posturas, gritando desesperados como quien pide auxilio en medio de un mar de flujos. Uno de esos polvos que no se acaba, que nos trae siempre la imaginación de otra variante y nos incita a no terminar nunca... sudando entre la dulzura de un verano con nata, nuestros cuerpos magnéticamente atraídos, frotándose en los efluvios de todos sus poros. Nuestros cuerpos y su lubricante natural: el sexo.
–No es justo, yo también quiero nata... –sollozabas en falsete. Cogí el spray y coloqué el extremo entre tus labios. Apreté el botón y tu boca se llenó de nata mientras tu sexo estaba lleno del mío. Ambas eyaculaciones fueron simultáneas, llenaron tu cuerpo de mí, porque mientras tanto mi corazón izquierdo había ocupado tu esfínter. El orgasmo fue bestial, de los que no se miden con palabras. Te ahogabas por dentro y por fuera, mientras yo no podía detener mis embestidas. Cuando por fin todo pasó y quedó sólo un mundo fláccido y sudoroso sobre aquel lecho, empezamos a planificar el futuro.
–No me has dejado ni un poquito de mi sexo –sonreías entre pícaras artimañas.
–Si lo que deseas es recuperar el pelo perdido, has de saber que la queratina no puede digerirse; hay otro bote de nata esperando tu atrevimiento, cuando llegue la ocasión... pero ahora, podemos terminar éste –dije mientras introducía suavemente la cánula en tu ano.
–Aprieta sin miedo, te estoy esperando –fueron tus inocentes palabras.
El día comenzaba a declinar, pero el calor no desaparecía; pasaron las horas. Habité la habitación en silencio; en su centro era un vigía. Allí, como un dios que no quiere la cosa, te miraba el coño mientras dormías.

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