11.4.11

DANDY

A Antonio di Benedetto. In memoriam


Entre sueños comenzó a ver el leve movimiento de las cortinas, suave promesa de primavera; el sol, aún algo bajo, dibujaba un rectángulo de luz en el ocre suave de la pared, largo y estrecho.

Respiró profundamente, se volvió en la cama y boca arriba miró al techo, deteniendo su mirada en la lámpara y los reflejos multicolor que los cristalitos derrochaban para su vista. Tras reflexionar durante unos minutos acerca del olor que penetraba por la ventana, intentando adivinar a qué flor podría pertenecer, se volvió un poco hacia la derecha y conectó el aparato de radio. Un Chopin muy pausado invadió todos los rincones del cuarto.

Sin dejar de sentirse transportado por todo el ambiente, se levantó. Ya en pie, se acercó a la ventana, retiró la cortina y llenó sus pulmones de sol y aire puro.

Vagó un rato por toda la casa, aún en pijama, deteniéndose en este cuadro o aquel florero, aunque ya los conocía de memoria. Sentir la realidad mullida bajo sus pies —aunque una alfombra no es la hierba del bosque— le transportaba a unos pensamientos cálidos. En la cocina se preparó un café al estilo cubano, lo sirvió en su taza favorita y le añadió a la bandeja el azucarero, una cuchara y algunas galletas. Se dirigió con todo al salón; al llegar allí, decidió que no, mejor desayunaría en la cama. Y así lo hizo. Al terminar, cogió la bandeja y la llevó a la cocina. Una vez en ella depositó cada cosa en el sitio correspondiente y, sin dejar de escuchar la fragancia de la música, fue al baño.

Tras lavarse la cara se afeitó cuidadosamente, tarea en la que empleó casi media hora, porque lo hacía siempre a la antigua usanza, con brocha y navaja, cuidándose de que el rostro fuese uniforme, ni un solo pelo olvidado.

El baño, siempre reparador, en esta ocasión le resultó si cabe más placentero, porque al aroma que se respiraba en el mundo él añadió el de unas sales de baño, regalo de un amigo de la infancia con el que tras tantos años no había roto las buenas relaciones. Cuando finalizó el secado de su cuerpo, se perfumó como era su costumbre, antes de vestirse.

Después de hacer cuidadosamente la cama, se puso ante el armario, las manos en el bolsillo del batín, para elegir la indumentaria del día. La ropa interior, blanca, sin duda. Una camisa lila y el traje negro podrían ser un atuendo adecuado; o quizá no. Mejor una camisa color hueso y el traje ocre. ¿O camisa blanca y traje azul marino? Cuando empezó a pensar en el resto de los complementos, no le quedó duda. El traje blanco sería perfecto, perfecto con la camisa violeta; los botines negros y blancos, el pañuelo al cuello, negro a juego con los botines; y el sombrero blanco con la cinta violeta; el bastón negro, contrapunto ideal.

Esa era su indumentaria, y cuando ya estaba completamente vestido se dirigió al pasillo. En un pequeño escritorio de madera se encontraba el teléfono. Se sentó en la silla que había junto a él y marcó un número. Contempló pausadamente el relieve marfileño del centro del disco, semejante a un camafeo. Esperó largo rato sin respuesta, en vista de lo cual decidió ir a dar un paseo al parque para disfrutar de la soleada mañana.

Caminó lentamente por la avenida, cuajada de árboles en flor, hasta llegar al parque, saludando a su paso a numerosos viandantes con un gesto de inclinación de cabeza y una leve reverencia con el sombrero, que era levantado por su mano derecha.

Ya en el parque, su paseo fue un completo disfrute del entorno, y perdió la cuenta de las veces que había pasado por delante de la misma estatua, arrullada por el levísimo murmullo de las hojas, apenas mecidas ligeramente.

Sentose y, ceremoniosamente, sacó del bolsillo un libro de Proust que comenzó a leer.

Al rato, cuando finalizó, se levantó y fue hasta un bar cercano al parque, donde pidió su consumición:

—Camarero; un vermouth, por favor.

El camarero le sirvió y él le dio un pequeño sorbo, al tiempo que comenzaba a escrutar desde detrás de las lentes a la gente que le rodeaba.

Entre ellos estaba yo. Le observé largo rato; parecía que buscaba a alguien con la mirada, pero nadie se apercibió de ello. Me acerqué a él:

—Buenos días.

—Buenos días —me contestó— ¿Qué se le ofrece?

—Simplemente, me gustaría invitarle a usted a ese vermouth que está tomando, si no le importa.

—Muy amable. ¿Pero puedo saber cuál es la razón?

—Es sencilla. Soy un experto en moda, y me ha llamado la atención el cuidado de su indumentaria entre tanto mal gusto imperante.

—Gracias. Usted tampoco viste con mal gusto, debo reconocerlo, aunque su estilo y el mio no sean afines.

—Ahora debo irme. Me sentiría muy honrado con su visita, si usted viene a tomar café esta tarde a mi casa —le dije, alargándole una de mis tarjetas.

—Buenos días.

—Buenos días —y me fui.

A la hora del café llamaron a la puerta. Era él, que había aceptado mi invitación. Le hice pasar y durante un buen rato estuvimos departiendo en una conversación sin tensiones, en la que, exultante, me transmitió sus opiniones de una manera natural, confesándome su dandismo, que —estaba plenamente convencido— era la salvación de los que aún tenían clase. No sólo eso. Hablamos sobre tantas y tantas cosas...

Ahora, posiblemente, mi memoria haya agrandado y mitificado esa conversación, la única que tuvimos.

Al día siguiente por la mañana me llamó la policía. Fui hasta la comisaría y me explicaron lo sucedido. Le habían encontrado muerto, y en sus bolsillos sólo estaban mi tarjeta y la dirección del sitio en que él vivía. Tras revisar su domicilio, resultó que solamente a mí podían comunicar su muerte.

En el depósito, cuando le reconocí, aún llevaba el traje con el que el día anterior me había llamado tanto la atención. Solicité permiso para visitar su apartamento, y me fue concedido.

Una habitación en la que una cama, un lavabo y una cocina de dos fuegos era todo el mobiliario; un armario empotrado en el que sólo había una percha, guardaba todas sus pertenencias: un libro carcomido por los años de lectura. La percha estaba vacía.

Era completamente pobre: no había pagado la habitación desde hacía muchos meses y casi seguro no había comido desde hacía varios días.

Cuando le encontraron en el parque, aquella mañana de invierno, probablemente la llamada de la muerte a él le llegó en forma de beso desde aquella estatua que, convertida en mujer, hizo posible la felicidad del último instante.

Sólo su fe transformaba en elegancia lo que en realidad era un traje desgastado por el tiempo, y así se me presentó ante los ojos; porque era su identidad, y desde él pudo convertir inviernos en primaveras. ¿Cómo se puede transformar lo material desde el espíritu? No lo sé. Pero la última mañana de su vida es, seguro, como yo la he narrado, no como todos la imaginan: la sordidez del hacinamiento entre un aire gris de humo y de ausencia de cariño en el barrio más pobre de la ciudad; la soledad y el hambre. No. Ese beso me da la razón.
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Esta es la última aportación a nuestro periódico del experto en moda R... S..., colaborador habitual. No es exagerado decir que si ha segado su vida ha sido, seguramente, para poder reunirse con ese nuevo amigo que le ha hecho recordar el dolor que constituye la existencia humana.

Baste como prueba póstuma de la pureza de su espíritu lo que se encontró en la papelera de su despacho y que sin duda iba a ser el prólogo del artículo, la confesión que su grandeza de alma no se atrevió a regalarnos; quizá nunca lo merezcamos.
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Si empiezo diciendo que la sociedad es injusta, a nadie se le escapa que me estoy excediendo de la tarea que se me ha asignado. Esto no debe ser, no puede ser (por imperativos conocidos) más que una crónica de relleno en un periódico de un día de diario; sin más pretensiones que las de sobra sabidas, entretener informando. Máxime si de lo que tengo que hablar es de moda. Sin embargo, a menudo las cosas se complican, porque yo no era un experto en moda hasta hace poco. Me explicaré: hay determinadas cosas que son injusticias sobre las que no cabe discusión; por ejemplo, que un niño llore, porque los niños y el llanto son dos mundos que nada tienen que ver, y mezclarlos es provocar sufrimiento. Algún día se comprenderá, quizá, que es una injusticia el sufrimiento para el hombre. Así me he hecho experto en moda, abandonando mi vocación para poder vivir. Cuando hay que elegir entre vivir o ser uno mismo, el resultado —sea cual sea— es como desgarrar el alma de una virgen o apuñalar la ilusión que nos hace sonreír mientras dormimos.

No quisiera hablar de mí, que como cobarde que soy sigo viviendo sin ser yo mismo pero, eso sí, tengo fama y dinero.

Quiero recordar algo que nunca he vivido y sin embargo llevo en el alma.

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