Era Nochebuena, y se encontraba solo en su casa. Más que la tristeza, lo que le invadía era la lástima. No tenía ningún familiar cerca en aquellos momentos, en los que tradicionalmente se celebran reuniones, principalmente entre padres e hijos. Y todo porque veía la Navidad de forma diferente a los que habían convivido con él.
De siempre sabía que a ellos les disgustaba compartir con él esas fiestas especialmente navideñas.
Pero no le importaba. A los demás les parecía mal que él criticara el culto a las grandes cenas, y las veladas insulsas sólo animadas por el vino y el champán.
A pesar de que él intentaba hacérselo notar, no se daban cuenta de que "eso" no era la Navidad, que eso sólo era alegría fingida, vacía, esa alegría a la que se recurre cuando no se tiene la genuina alegría navideña. Pero nada, todo era inútil. Hizo un gesto de lástima pensando en esto y en todos ellos.
Se sentía alegre, aunque no tuviera ninguna persona junto a él. A pesar de su soledad, sabía que nunca llegaría a estar solo de verdad.
Aún así apuró su copa de champán y se sonrió.
-¿Quieres un poco más?
-Sí, por favor –contestó el espíritu de la Navidad.
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