Con la colaboración estelar de: Vidal,
Ángel Manuel y Edorta
Flecha a la derecha. El coche se desplaza en susodicha dirección, girando lentamente sus ruedas delanteras. Antonio Augusto Amores Alvarez no conocía esa calle. Pero no siempre se camina por senderos ya explorados. A veces, muchas veces, la senda es ignota. Esta noche era una noche de largas luces de descenso artificial. Desplazándose lentamente el coche se detiene finalmente en el número 17 de la calle. No sabe Antonio Alvarez el nombre de la calle. Se detienen sus pasos frente a ese 17, y desciende del automóvil. El portal está abierto. Asciende hasta el primer piso siguiendo fielmente la oscuridad insinuante de las escaleras de mármol (desgastado en la parte central) hasta que el resuello le hace pensar en el tabaco.
MHH! MHH! MHH! Detenido en el tercer piso observa la puerta que a la derecha, impasible y clausurada espera el fin de la guerra del aislamiento.
Casi sorprendiéndose a sí mismo, llama.
—Bienvenido, Antonio. Te esperábamos, hermano.
Toda la perplejidad que se gesta en su mente proviene del hecho de no sentirse sorprendido. Avanza traspasando el umbral del piso, que se encuentra en penumbra, producto de la parca iluminación proporcionada por varias velas.
—Las tinieblas no tienen más habitantes que los renegados de la dulce soledad —profirió al entrar en la habitación principal. Él, A.A.A.A., que nunca había hablado con desconocidos, pronunció la fórmula ancestral ante rostros complacidos y completamente nuevos para él.
Eso era el sueño, la noche sin risa de espumas, su permanencia lenta negándose a sí misma. Antonio posó su mirada y el silencio forzado le dijo que nadie faltaba. Allí estaba Irene con sus ojos inservibles y su amor a la penumbra, Ernesto y su sombra delgada, Ramón, Alberto, Susana, el vampiro, las víboras amaestradas y, en el centro, las píldoras amontonadas y un tiempo infinito.
—Tú serás el primero —dijo alguien.
—Lo esperaba —contestó Antonio.
Y, después, desapareció la palabra, y las sonrisas eran inimaginables. Alberto tomó la primera píldora anaranjada y se hizo la luz.
Tomando del brazo a un árbol caminante logró entender la infinitud de un punto unísono. Caminó a través de días cortos y enormes desiertos de lugares deshabitados por criaturas externas y dementes. Logró que sus manos hirieran el rayo antiguo, cosa nunca antes conseguida. Las nubes del remoto chispazo le saludaron amablemente mientras entraba en una casa cuyas paredes parecían completamente indiferentes. Los ojos de Irene refulgían en su bolsillo derecho, verdes como la plata derecha. Actuando con naturalidad se acercó a la ventana más próxima y descubrió, al tropezar en el suelo con una baldosa semidiós y semidesgrasada, que los cristales de la ventana eran frágiles y extremeños. Al romperlos sintió la mirada chillona de los verdes Irene y entonces la realidad tomó de nuevo el brazo de A4, pero no logrando derivarlo ni integrarlo lo comprometió con una flor de acebo que residía en los altos bajos.
En los altos bajos: conspirando contra el imperio de la mandrágora:
CAPITULO II
:En el imperio de la mandrágora
Cada retazo de ceguera se hizo Ramón, y claro, entonces el resultado debía ser mandrágora, como era de anaranjar esperadamente; caminó siguiando, por laderas de incomprensión y Edipo. Dio una esquina a la vuelta de tuerca, y Maugham se hizo verdulero, Galdós imperaba en traición incomprensible.
Pisó el otro ojo. Ya no más pupilas, y para eso: imprescindible mandrágora en cada espejo, adiós Irene que sólo era ojos para Ramón.
Las "píldoras de la poesía" resultaron exitosas. Antonio, con sorpresa, descubrió el índice de su mano izquierda clavado en el sexo de Irene y a una Irene que jadeaba y repetía su nombre con agradable lentitud. El resto de los presentes callaba con respeto; el amanecer ponía sus pies tímidos en la persiana; Antonio se sintió cansado.
—Nos haremos ricos —dijo Ramón.
Susana se masturbaba en silencio.
Nueva punzada azul del ojo en el bolsillo de A4, que llamaremos por simplicidad Antonio bicuadrado. Cuando intentó llamarse a sí mismo de esta forma, se transformó en una rama de Cachemir. No era bonitamente despedazada, pero seguía bicuadrada en su esencia. Se acercó a la torre de los eunucos y preguntó si la conversión de masa en energía. Parecía que todavía no había llegado. Se dispuso a una quema pública de ciervos hasta que llegara. Aburrido por los setecientos se marchó hasta el azul, pero la energía era fuerte y se vistió su piel cachemir de una sensación amarga, así de nuevo entraba a la clave de sol. Mayor, eso sí. Bicuadrado, al que llamaremos bicua por simplificar la remesa de pamplina, se encendió un cigarrillo y el día atardeció tan irónicamente que al poder mirar la luz de las notas al margen se desprendió del cua, dejándonos Bi.
Bi va por ver la voz de raso pero la muy dieciséis kilohercios va y se ve en el rayo dulce de la noche.
Después de sentirse sorprendido de no estar sorprendido bajó la vista al empedrado, que mojado reflejaba las imágenes de un aquelarre en directo retransmitido por la segunda cadena de televisión.
—Qué insulsa programación —se dijo, y buscó con la vista a Alma que caminaba distraída delante de él. La agarró desde atrás y le palpó maquinalmente los senos. Laura continuaba andando mascullando: —hijoputa, hijoputa, te odio, te quiero, cabrón.
Salieron de la ciudad sin apercibirse de ello; caminaban por una carretera de pueblo rodeados de vacas, y en ese momento pasó un coche de Murcia.
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